Superman: Troya. (versión "El costo de la esperanza")

CAPITULO 1. Testamento de sol y sombras

PARTE UNO: REENCUENTRO.

En una modesta casa, levantada a las afueras de Axiopolis, un hombre caminó hacia las ruinas de una antigua ágora.

La naturaleza había reclamado aquel lugar hacía mucho tiempo. La hierba crecía entre las grietas del mármol y las enredaderas abrazaban las viejas columnas dóricas, derribadas por guerras que ya nadie parecía recordar.

El hombre se detuvo frente a una de ellas. Como tantas otras veces, la usó como asiento.

A sus pies descansaba una desgastada bolsa de cuero. La abrió con calma y extrajo un pergamino amarillento, tan antiguo que cada movimiento parecía arrancarle un poco más de vida.

Lo desenrolló con extrema delicadeza.

Sus ojos recorrieron aquellas líneas con la familiaridad de quien las había leído incontables veces. Aun así, sonrió. En el encabezado podía leerse:

Canto de la Llanura.

Recopilado por Yim Olson, escriba de la Biblioteca Pública Oráculo de Argós.

Conocía cada palabra.Precisamente por eso volvió a enrollarlo. No era aquel el manuscrito que buscaba.

Revolvió lentamente entre los pocos pergaminos que aún conservaba hasta encontrar otro, mucho más castigado por el fuego. Sus bordes estaban ennegrecidos y varias líneas habían desaparecido para siempre bajo las cenizas.

Lo sostuvo unos instantes entre las manos. Como si saludara a un viejo amigo. Entonces lo abrió.

THALASSIA

Tercer día desde la llegada de Kal-El.

Recapitulación por Yim Olson, escriba de la Biblioteca Pública Oráculo de Argós.

El escriba entornó los ojos. Respiró hondo. Y comenzó a leer.

Tres días desde nuestra llegada a Thalassia.

Thalassia había sido, durante generaciones, una de las mayores potencias marítimas de Grecia. Sus puertos recibían embarcaciones procedentes de casi todas las polis; sus pescadores conocían las corrientes mejor que cualquier cartógrafo y sus astilleros construían naves capaces de atravesar el Egeo incluso en invierno.

Todo aquello había desaparecido.

Años atrás, la guerra expansionista de Ilión dejó algo peor que ciudades conquistadas. Cuando sus ejércitos se retiraron, abandonaron tras de sí criaturas nacidas de la magia, artefactos de guerra y capitanes que jamás regresaron a su patria. Todos creímos que Ilión buscaba territorio. Solo al terminar la guerra comprendimos que su verdadero objetivo era sembrar la desesperación.

Thalassia no escapó a aquel destino.

Las bestias hicieron del mar su hogar. Los barcos dejaron de regresar. Los puertos comenzaron a vaciarse y, con los años, también lo hicieron las esperanzas de sus habitantes.

Como si aquello no bastara, Atlárion reclamaba las aguas que durante siglos pertenecieron a Thalassia, mientras los piratas de Xebelia interceptaban cuanto barco mercante aún se atrevía a navegar por aquellas rutas.

El rey Atör Kurrios gobernaba un reino rodeado de mar... incapaz de vivir de él.

Aquella noche fuimos recibidos en el palacio.

Atör Kurrios nos ofreció pan, vino y pescado seco. Ninguno de nosotros ignoraba que aquella mesa era más generosa de lo que el reino podía permitirse.

Kal-El agradeció la hospitalidad, pero apenas probó los alimentos.

Escuchó. Escuchó hablar del hambre. De las incursiones piratas. De los pescadores devorados por criaturas que nadie sabía nombrar.

Del miedo. Cuando el rey terminó, el silencio se adueñó del salón.

Finalmente habló.

—Muchos hombres han venido antes que ustedes. Traían palabras de consuelo, promesas y juramentos. Permanecían dos o tres días... hasta comprender la magnitud de nuestra desgracia.

Bajó lentamente la copa.

—Después partían.

No había amargura en su voz. Solo cansancio. Kal-El permaneció pensativo unos instantes.

—¿Dónde se encuentra la costa más dañada?

Atör frunció el ceño.

—¿La costa?

—Sí.

—¿Para qué?

Kal-El respondió con absoluta naturalidad.

—Quiero verla mañana al amanecer.

El rey pareció desconcertado. Esperaba estrategias militares. Promesas. Tal vez una demostración de fuerza. No aquella sencilla petición.

—Como desees —respondió finalmente.

A la mañana siguiente, el Hijo del Sol dejó la célebre armadura mirmidona sobre su lecho.

Vistió únicamente una sencilla túnica color crema. Ató la capa roja sobre los hombros y abandonó el palacio antes de que la ciudad despertara.

Caminó en silencio por las calles de Thalassia. Los habitantes apenas levantaban la vista al verlo pasar. No era desprecio. Era costumbre.

Habían aprendido que los extranjeros siempre terminaban marchándose. Kal-El preguntó a un anciano cuál era el camino hacia la playa más cercana. El hombre señaló en silencio.

Cuando llegó a la costa, contempló durante varios minutos los restos de embarcaciones, los antiguos astilleros reducidos a ruinas y la basura que el mar devolvía cada día a la arena.

No dijo una palabra. Se inclinó. Tomó el primer tablón caído. Y comenzó a trabajar. Los días transcurrieron con una monotonía que solo Kal-El parecía disfrutar.

Al amanecer abandonaba el palacio. Al caer el sol regresaba cubierto de arena, sal y polvo. Nunca pidió más herramientas. Nunca pidió soldados. Nunca pidió recompensa. Simplemente volvía a la costa al día siguiente.

Ya era nuestro séptimo día en Thalassia.

Aquella mañana, Kon-El fue enviado al mercado para comprar pan, frutas y algunas vendas para las manos de Kal-El. Aunque su padre rara vez se lastimaba, la madera astillada no distinguía entre hombres y leyendas.

Mientras el joven elegía los alimentos, la ayudante del viejo mercader observó el contenido de la cesta.

—¿Todo eso es para el extranjero?

Kon-El sonrió.

—Sí.

—¿Sigue en la costa?

—Desde el primer día.



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En el texto hay: mitologia griega, batman, superman

Editado: 02.08.2026

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