PARTE UNO: ACERO.
EL Prometeion avanzaba con lentitud sobre un mar inusualmente tranquilo.
En la cubierta, un hombre permanecía inmóvil frente al horizonte.
La armadura de bronce envolvía su cuerpo como una segunda piel. Sus placas conservaban la elegancia imposible del diseño kryptoniano, pero entre ellas asomaban remaches, bisagras y refuerzos que ningún ingeniero de Krypton habría empleado jamás. Era una obra nacida de dos mundos.
Un leve chirrido rompió el silencio.
Yrons volvió la cabeza.
Kara Zor-El avanzaba lentamente por la cubierta en su silla de ruedas. Un marinero la había ayudado a subir desde el camarote y ahora se retiraba discretamente. Ella impulsó las ruedas con calma hasta situarse junto a la borda.
Durante unos segundos contempló la armadura. No dijo una palabra. Su mano recorrió el aire, como si quisiera tocar un recuerdo que permanecía fuera de su alcance. Finalmente sonrió.
—Mi tío habría querido verla.
Yrons guardó silencio.
—No pensé que lograrías terminarla. Tan rápido.
Él bajó la vista hacia el peto de la armadura. Sobre el metal brillaba el símbolo solar de la casa de El.
—Tampoco él pudo terminarla.
Kara negó lentamente.
—No tuvo tiempo.
Su voz sonó serena, aunque cargada de una nostalgia antigua.
—La diseñó para Kal. Si la camara de crecimiento fallaba... si jamás desarrollaba las capacidades de un kryptoniano inoculado ... esta armadura sería su fuerza.
El viento agitó algunos mechones rubios sobre su frente.
—Cuando me envió lejos de Krypton, la desmontó y la guardó dentro de mi nave. También me entregó los planos... los cristales energéticos... y me pidió que, algún día, la terminara.
Yrons observó sus propias manos. Manos ennegrecidas durante media vida por el carbón y el hierro.
—Ese alguien nunca fui yo.
Kara dejó escapar una pequeña risa.
—No.
Hizo una pausa.
—Tú fuiste quien la hizo mejor.
El herrero negó con humildad.
—No. Yo sólo aprendí a escuchar lo que Jor-El había empezado a decir.
Kara sonrió de nuevo. No discutió. Porque sabía que era mentira. Sin Yrons, aquella armadura habría permanecido eternamente incompleta. El herrero apoyó una mano sobre el peto de Ajax. Sus dedos siguieron las uniones del metal. Como si recorrieran cicatrices.
—Aunque... para entender cómo llegué hasta aquí...
levantó la vista hacia el horizonte.
—...tendría que hablarte de alguien que conoció el fuego mucho antes que yo.
Cerró los ojos. El olor del mar desapareció. Fue reemplazado por el carbón. Por el hierro al rojo vivo y por recuerdos del sonido rítmico de un martillo golpeando un yunque.
Cerca de Metropolus, donde las grandes avenidas de mármol blanco cedían su lugar a senderos de tierra y viejas construcciones de madera y roca, se levantaba un pequeño poblado de artesanos. Allí no había templos cubiertos de oro ni columnas capaces de desafiar al tiempo. El humo de las fraguas ennegrecía los tejados, el olor a carbón impregnaba las calles y el incesante golpear de los martillos marcaba el ritmo de la vida.
En una de aquellas herrerías, un hombre terminó por fin la jornada.
Telamón dejó el martillo sobre el yunque y estiró la espalda con un leve gesto de cansancio. Tomó un paño de lana para limpiarse las manos, ennegrecidas por el hollín y cubiertas de diminutas limaduras de hierro.
Entonces ocurrió algo extraño. Al frotar sus dedos contra la lana, una breve lluvia de chispas azuladas saltó entre su piel y el tejido. Telamón retiró las manos por puro reflejo. Observó el paño. Después sus dedos.
Frunció el ceño. Repitió el movimiento con mayor cuidado. Las chispas volvieron a aparecer, pequeñas, efímeras, danzando apenas un instante antes de extinguirse en el aire. El herrero permaneció inmóvil.
No era fuego. No quemaba. No despedía humo. Y, sin embargo... sonrió como sólo sonríen los hombres que acaban de descubrir una pregunta nueva.
Telamón no tardó en compartir su hallazgo con los demás habitantes del poblado. Algunos observaron las diminutas chispas con la fascinación de un niño que presencia un truco imposible. Otros retrocedieron de inmediato, murmurando plegarias. Para la mayoría, aquello no era un descubrimiento, sino una insolencia.
Los rayos pertenecían a Zeus. Así lo habían aprendido desde la infancia. Sólo el soberano del Olimpo podía dominar el fuego del cielo, y únicamente ciertos elegidos eran dignos de invocar una fracción de aquel poder. Que un simple herrero hiciera brotar chispas de sus propias manos sólo podía significar una cosa: estaba tentando a los dioses.
Las críticas no hicieron más que alimentar la curiosidad de Telamón. Desde aquel día comenzó a dedicar cada instante libre a comprender aquel fenómeno. Estaba convencido de que los mortales no necesitaban favores divinos para alcanzar prodigios semejantes. Bastaba con observar la naturaleza, descubrir sus leyes y aprender a reproducirlas.
Cuando alguien intentaba ridiculizarlo, respondía encendiendo un manojo de paja con dos pedernales.
—Si Prometeo nos entregó el fuego una sola vez... ¿por qué podemos crearlo todos los días?
Aquella pregunta escandalizaba aún más a sus vecinos.
Desde niños les habían enseñado que el fuego era un regalo arrebatado a los dioses por el titán Prometeo, condenado a un tormento eterno por desafiar la voluntad del Olimpo. Dudar de aquel relato era casi tan grave como negar la existencia de los propios dioses.
Pero Telamón nunca buscó desafiar los mitos. Quería comprenderlos.
Con el paso de las semanas comenzó a construir un extraño mecanismo junto a la herrería. Clavó firmemente en el suelo una estructura de madera sobre la que instaló una rueda de gran tamaño. Mediante cuerdas y ejes la conectó con otra mucho más pequeña, recubierta de lana y distintos materiales que cambiaba una y otra vez. Cada modificación respondía a una nueva idea; cada fracaso lo obligaba a empezar de nuevo.
Editado: 24.08.2026