PARTE UNO: PRELUDIOS.
En la ciudad de Axiopolis vivía un muchacho llamado Baris Allenos. No era torpe ni desobediente, pero tenía un defecto que todos en el barrio conocían:
Baris siempre se detenía a mirar el mundo.
Un día, su madre, Nora de Allenos, le encargó algunas compras en el mercado.
Aceite, harina y un pequeño trozo de carne salada.
—No tardes —le dijo antes de que saliera.
Baris asintió, pero el mercado de Axiopolis era un lugar lleno de distracciones:
vendedores de telas brillantes, pescadores gritando el precio del día, un músico que hacía bailar a los niños alrededor de una fuente.
Baris caminaba, miraba, se detenía…y el tiempo pasaba sin que él lo notara. Cuando por fin regresó, el sol ya empezaba a inclinarse hacia el oeste. Al doblar la última calle que llevaba a su casa, vio algo extraño.
Un hombre delgado, de cabellos rubios, caminaba con calma hacia la puerta.
Baris lo observó desde lejos, sin sospecha.
El hombre entró.
Baris siguió avanzando, todavía cargando el cesto del mercado.
Entonces el hombre salió.
En la puerta se detuvo apenas un instante, como si recordara algo.
Se agachó, recogió una daga que había quedado en el suelo y la guardó con tranquilidad. Después se marchó por la calle sin mirar atrás.
Baris lo vio alejarse. No corrió. No gritó. Solo siguió caminando. Cuando entró en la casa, el cesto cayó de sus manos.
Su madre estaba en el suelo.La sangre se había extendido como una sombra oscura sobre las baldosas. Habían abierto los cofres y algunas riquezas habían desaparecido. El asesinato parecía obra de un ladrón. El padre de Baris fue acusado. Lo arrastraron fuera de la casa entre gritos y protestas. Baris habló. Contó del hombre rubio. Contó de la daga. Pero nadie creyó en la historia de un niño que había visto al asesino y no había hecho nada.
La daga tampoco estaba allí. Si Baris la hubiera recogido, los guardias habrían podido rastrear al forjador que la hizo… y quizá encontrar a su dueño.
Pero Baris no la tocó. Porque Baris siempre llegaba tarde. Aquella noche, mientras su padre era llevado lejos entre cadenas, el muchacho se quedó sentado en el suelo junto al cuerpo de Nora. Y por primera vez entendió el peso de su lentitud.
Susurró, con la voz quebrada:
—Madre…Padre… Si tan solo no hubiera tardado.
Desde aquel día, Baris Allenos cambió. Si su lentitud había condenado a su padre, entonces dedicaría su vida a lo contrario:
mirar con atención, seguir rastros, encontrar la verdad antes de que llegara demasiado tarde.
Aprendió a observar detalles que otros ignoraban:
el desgaste de una sandalia, el tipo de metal en una daga, el olor de una tinta extranjera en un pergamino. Con el tiempo, ese talento lo llevó a algo mayor.
Baris se unió a la red de espías de Timandra. No buscaba gloria ni poder.
Solo quería impedir que otros inocentes fueran arrastrados por acusaciones falsas, como le ocurrió a su padre. Fue durante esos años cuando escuchó un rumor inquietante.
En la ciudad de Eratheia, dos botánicos habían desarrollado extrañas preparaciones:
fórmulas capaces de provocar miedo, sumisión, e incluso —según algunos— una infusión que obligaba a quien la bebía a decir la verdad.
Los nombres de aquellos alquimistas se repetían en susurros:
Phobokratys y Paméla Isléa.
Baris decidió viajar a Eratheia.Si aquella fórmula existía, podría limpiar el nombre de su padre.Pero, como tantas veces en su vida… Baris llegó tarde. Los dos botánicos habían desaparecido. Nadie sabía a dónde habían ido.
Sus talleres estaban vacíos, y las pocas notas que quedaban eran fragmentos incomprensibles.
Baris regresó a Axiopolis con la frustración clavada en el pecho.Aun así, no abandonó la idea.Si no podía encontrar la fórmula de la verdad, intentaría recrearla.
En lo alto de una casa antigua —un pequeño santuario olvidado por los sacerdotes— improvisó un laboratorio:
frascos de vidrio, morteros de piedra, hierbas secándose al viento.
Noche tras noche intentó comprender lo que Phobokratys e Isléa habían descubierto. Sin éxito. Hasta que llegó la tormenta.El cielo se abrió con un estruendo que sacudió la ciudad.La lluvia golpeaba los tejados cuando un relámpago cayó directamente sobre el santuario.
El rayo atravesó el techo. Golpeó el laboratorio. Golpeó a Baris. La descarga atravesó los frascos, mezclando vapores y líquidos que nadie había probado juntos. La luz lo envolvió como una explosión silenciosa. Cuando despertó, el mundo se sentía… distinto. Más lento.
Al principio creyó que era confusión. Pero pronto descubrió la verdad.Podía moverse más rápido que un leopardo.Más ágil que una mosca que esquiva una mano.
El tiempo parecía abrirse delante de él como un camino despejado.Baris entendió entonces que el muchacho que siempre había llegado tarde… ya no tendría esa excusa. Abandonó su antiguo nombre. Y tomó uno nuevo:
Velómenes.
Lo hizo en honor a un hombre casi olvidado de las crónicas:
un guerrero que llevaba un casco alado semejante al del dios Hermes y que, según los relatos antiguos, se movía más rápido que el viento.
Ese hombre había formado parte de un grupo legendario llamado la Sociedad de la Justicia, quienes en tiempos antiguos ayudaron a fundar el consejo que hoy gobernaba Timandra.
En su vejez, aquel héroe había reunido a la ciudad y, ante todos, anunció su retiro. Y por primera vez reveló su verdadero nombre:
Iâk Garrikos.
Velómenes nunca lo conoció. Pero cada vez que corría, recordaba la razón por la que había tomado ese nombre. Para que nunca más una verdad llegara demasiado tarde.
Con el paso de los años, Velómenes encontró su lugar dentro del mundo.
Los Susurradores, que en otro tiempo habían sido apenas un pequeño grupo de espías dispersos, comenzaron a cambiar cuando él se unió a ellos.
Su velocidad permitía que los mensajes viajaran entre ciudades antes de que las noticias se enfriaran. Pero la red no habría crecido sin otra mente. Una joven recién llegada a . Cléa de Eratheia.
Se movía en una silla de ruedas de madera reforzada y bronce.
Su cuerpo era frágil, pero su mente era exacta como un mapa.
Donde Velómenes veía caminos, Cléa veía sistemas.
Entre ambos, lo que antes era un grupo de informantes se convirtió en una verdadera red. Velómenes corría. Cléa organizaba.
Los Susurradores comenzaron a extenderse por puertos, mercados y templos olvidados. Y con los años, Velómenes se volvió la columna vertebral de la red. No solo llevaba información. También reclutaba y entrenaba a nuevos miembros. Fue entonces cuando llegó una propuesta inesperada.
Un joven gobernante de Metropolus solicitaba los servicios de los Susurradores. Su nombre era Lexandros Luthor.
Ofrecía un pago generoso y algo aún más interesante:
acceso a ciertos artefactos extraños que en Metropolus llamaban tecnología.
El encargo parecía sencillo. Investigar, corroborar…
e incluso descubrir la identidad de una figura que estaba sembrando terror en la ciudad natal de Cléa: Eratheia.
Los rumores hablaban de un murciélago gigante.
Una criatura que emergía de los callejones solo cuando caía la noche. Los criminales lo temían. Los comerciantes lo odiaban.
Y nadie parecía saber si era un hombre, un espíritu… o algo peor.
Velómenes aceptó el encargo.
Editado: 02.06.2026