Superstes

Prologo

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Prólogo

En un mundo donde la persecución de la virtud había sido abandonada por incómoda y la supervivencia sustituida por comodidad, la realidad no desapareció.

Se cubrió.

Primero de máscaras.

Después de fantasmas.

Llegó un tiempo en que discernir fue tenido por sospechoso; recordar, por enfermedad; y escuchar a los muertos, por una costumbre indigna de los vivos.

Entonces nació un niño.

Arzipe, Nueva España. Año 2000.
Nacimiento

No hubo prodigios.

Ninguna estrella cambió de lugar.

Ningún animal habló.

No se partió el cielo ni tembló la tierra.

Un niño nació y lloró como lloran todos los niños: sin saber dónde había caído ni qué nombre iban a ponerle al mundo.

Porque nadie nace siendo especial.

Nacer lo es.

El nacido, todavía no.

Alejandro tuvo que crecer antes de ser Alejandro. Pelayo no nació en Covadonga. Cervantes no vino al mundo sabiendo que un loco podía decir más verdad que cien hombres razonables.

También aquel niño tuvo primero una casa.

Una madre.

Un padre.

Hambre.

Sueño.

Fiebres.

Caídas.

Juegos.

Una infancia tan corriente que nadie habría sabido señalar en ella el comienzo de nada.

Creció con sus derechos y sin demasiados privilegios.

Y durante diecinueve años el mundo consiguió convencerlo de que era uno más.

Hasta que un día dejó de poder hacerlo.

I

No veía nada extraordinario.

Eso es lo primero que recuerdo de aquel día.

Mujeres caminando por la calle. Hombres que fingían no mirarlas y las miraban. Coches. Ventanas abiertas. Un perro tumbado junto a una persiana. Dos viejos ocupando una mesa como si llevasen allí desde la fundación de Arzipe.

Nada del otro mundo.

Mi madre quería hacer flan.

Y yo tenía que comprar pan y leche.

Aquello era, en ese momento, la empresa más urgente de mi existencia.

La tienda de Fernando estaba cruzando la calle. Fernando era buen hombre. Nos había ayudado mucho cuando en casa las cosas iban peor y, aunque jamás hablaba de ello, yo no lo había olvidado.

Vi a la señora Gabán antes de llegar al paso de peatones.

Parecía encontrarse mejor.

Hay personas a quienes la enfermedad les cambia primero el rostro y luego el cuerpo. A ella le había ocurrido al contrario: llevaba meses arrastrando el cuerpo, pero aquella mañana sonreía otra vez.

Entonces un coche se acercó por mi espalda.

No lo vi.

Simplemente me aparté.

El coche pasó junto a mí demasiado deprisa y alguien tocó el claxon.

Me detuve.

La señora Gabán también.

—¿Acaso tú eres una araña? —preguntó.

La miré.

—Sí. Una de las grandes.

—No te burles de mí. Ese coche venía por detrás.

—Las arañas tenemos recursos.

Me miró el pelo y torció la boca.

—Cuánto tiempo, Iroas. Tienes los cabellos demasiado largos. Deberías cortártelos. A las mozas no les gusta eso.

Sabía perfectamente por qué lo decía.

—Me gusta almacenar las presas en las telarañas que usted toma por pelo.

—¡Jesús, qué muchacho!

Sonreí.

—¿Cómo está Ángela?

La expresión de la señora Gabán cambió con una rapidez casi cómica.

—¿Mi hija?

—No conozco otra Ángela suya.

—Muy bien. Está muy bien.

—Me alegro. De veras que tengo ganas de verla.

—Pues deberías venir algún día por casa.

Seguimos hablando unos minutos.

Nada importante.

El tiempo.

Su salud.

Ángela.

Mi madre.

La panadería.

Cosas normales.

Quizá por eso recuerdo tanto aquella conversación.

Porque durante mucho tiempo pensé que había sido la última cosa completamente normal que me había ocurrido.

Compré el pan y la leche y regresé a casa.

La televisión estaba encendida.

Mi padre ocupaba su sitio habitual. Mi madre iba y venía entre la cocina y el salón. En la pantalla discutían varios hombres alrededor de una mesa.

No recuerdo de qué hablaban.

Política, dinero, seguridad, libertad.

Las palabras acostumbradas.

Lo que sí recuerdo es la facilidad con que todos parecían repetir las palabras del hombre que tenía delante una gráfica más grande.

Me senté con mi familia.

No me interesaba el debate.

Me interesaba observar cómo una idea podía entrar en una casa sin llamar a la puerta.

El presentador hablaba.

Un invitado asentía.

Otro fingía indignarse.

Mis padres comentaban.

Yo pensaba.

Quizá ése era mi problema.

Pensaba demasiado.

Vivimos mirando al suelo o al frente. Rara vez miramos aquello que no nos han dicho que debe mirarse.

La libertad, por ejemplo.

Todo el mundo habla de ella como si fuese una posesión: algo que se tiene o que se pierde.

Pero nadie puede ordenarte ser libre.

Pueden ordenarte trabajar.

Pueden decirte dónde estar mañana a las ocho.

Pueden fijar lo que debes, lo que pagas, lo que compras, lo que dices.

Todo eso entra con facilidad en la conciencia porque tiene forma.

La libertad no.

La libertad es demasiado grande para caber dentro de una orden.

Al día siguiente continuaba pensando en aquello cuando vi a la mujer.

Caminaba por la calle Pedro de Alvarado, al otro lado de la intersección con Francisco Pizarro.

La conocía de vista.

Todo Arzipe la conocía de vista.

Se llamaba Ana.

Tenía una pierna malformada desde niña y caminaba con un movimiento tan peculiar que podía reconocérsela desde lejos: el cuerpo parecía adelantarse y la pierna llegar después, como si ambos hubieran aprendido a vivir juntos sin llegar nunca a ponerse de acuerdo.




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