Superstes

Capitulo I: Ἡμεῖς (Nosotros)

La diosa desaparece.

Y, sin embargo, deja más ruido que antes de aparecer.

No porque haya hecho ruido al marcharse. No lo ha hecho. Es peor: ahora todo cuanto hay en mi habitación parece empeñado en demostrarme que continúa existiendo. El roce de las sábanas. Una tubería detrás de la pared. Algún motor perdido en la calle. Mi propia respiración.

Y mi locura, que hasta hace unas horas todavía podía permitirme llamar locura, va en aumento.

Intento acostarme.

No puedo.

Miro el techo.

Peor.

Después de lo que acabo de ver, quedarme aquí, metido en la cama como si mañana pudiera despertarme y encontrar cada cosa nuevamente en su sitio, me parece cobardía.

Necesito salir.

Pensar.

O dejar de pensar un rato, que quizá sea todavía mejor.

Cojo las llaves procurando que no suenen. Si mi madre me oye salir, preguntará adónde voy, y sinceramente no sabría qué decirle.

¿Que una diosa griega acaba de aparecerse en mi habitación?

Seguro que le encanta.

Me escabullo.

Necesito alejarme de aquí. De las casas. De los coches. De los ruidos de polis. De cualquiera que pueda detenerme para preguntarme si estoy bien.

Y, si se puede elegir, también de la muerte acechando.

Voy al acantilado.

Es lo más lejos que puedo estar de este pueblucho sin marcharme de él; y, después de la guerra que me ha dado estos últimos días, no veo razón alguna para concederle esta noche también.

Camino.

Y nada ocurre.

Eso empieza a inquietarme más de lo que debería.

Las flores siguen oliendo bien.

Las calles son las mismas.

La gente continúa andando, hablando, entrando y saliendo de sus casas como si el universo no hubiese cometido hace apenas unas horas una irregularidad de dimensiones bastante considerables.

Los miro.

Nadie corre.

Nadie grita.

Nadie parece haber visto a ningún dios.

Me detengo un instante.

¿Será que todo está en mi cabeza?

La pregunta me acompaña durante unos cuantos pasos.

Pienso en Alonso Quijano.

No sé si me daría un cocotazo por idiota o me bendeciría por haber empezado, por fin, a ver gigantes.

Quizá las dos cosas.

Cuanto más me acerco al acantilado, más se calma mi cabeza.

También mis oídos.

Esa capacidad que hace unas horas parecía querer abrirme el cráneo desde dentro empieza, por fin, a obedecerme. Los motores vuelven a ser motores. Los pasos, pasos. Las voces dejan de atravesar paredes.

Silencio.

O algo suficientemente parecido.

Respiro.

Y entonces—

¿Qué es eso?

No llego a comprenderlo.

Primero lo siento.

Después duele.

¡Agh!

Las piernas dejan de responderme durante un instante. El cuerpo entero se me endurece y algo me atraviesa desde dentro, sin herida, sin golpe, sin mano alguna que pueda apartar.

¿Qué cojones estoy sintiendo?

Me llevo una mano a la cabeza.

No sirve.

Noto las venas.

No como quien siente un latido en la sien.

Las noto dentro.

El pulso avanzando.

La presión.

Los ojos moviéndose en sus órbitas aunque intento mantenerlos quietos.

Aprieto los dientes.

Entonces llegan los gritos.

No sé de dónde.

No sé si los estoy oyendo o recordando.

Dolor.

Gritos.

Crujir de dientes.

Una multitud que no veo y que, sin embargo, parece haber encontrado sitio dentro de mí.

Quiero taparme los oídos, pero sé que no serviría de nada.

Esto no viene de fuera.

Hay algo en ello que conozco sin haberlo vivido; algo viejo, demasiado viejo, como si aquel sonido hubiese acompañado al ser humano desde que aprendió a temer lo que aguardaba al otro lado de la oscuridad.

Algo de ultratumba.

Intento mantenerme en pie.

No puedo.

El suelo viene hacia mí.

O yo hacia él.

Después, nada.

Abro los ojos.

Tierra.

Estoy tirado.

Parpadeo varias veces sin incorporarme.

¿Cuánto tiempo llevo aquí?

¿Cuánto tiempo llevo tirado en el suelo?

¿Qué está pasando aquí?

—Hey, estás despierto…

Escuché una voz femenina, de acento extranjero, provenir de detrás de mí.

Exaltado, me giré y vi a una hermosa mujer de cabellos rubios y lisos, ojos verdes y una mirada de esas que se te quedan en la cabeza.

No era una mirada de aprecio, sino todo lo contrario. Y quizá por eso se te quedaba: porque, por un momento, lo único que querías era conseguir que dejase de mirarte así.

—¿Qué miras? ¿Tengo un moco o algo? Deja tu mirada estúpida…

—¿Quién eres? ¿Y por qué me trajiste aquí?

—Soy la que te ha salvado. Te traje aquí porque quería alejarte de la ciudad… Suponía que de algo huías. Tus gritos retumbaban en mi cabeza y me llamaste la atención. Creo que eres capaz de llamarla demasiado bien, ¿sabes…?

—Sí. Huía de mis problemas cual cobarde, aunque salí por valentía. Pensé en dejarlos atrás.

—¿Por qué me das explicaciones? No te las he pedido. Solo veo a un tío fuerte que dice ser un cobarde. Contradictorio, ¿no crees?

—No me has dicho tu nombre, guapa.

—Mi nombre es Mitra, guapo.

—Mi nuevo nombre favorito.

—Das vergüenza. ¿Qué te hace pensar que me sentiría atraída por semejante acabado?

—Qué graciosa eres. ¿De dónde eres?

—Soy de aquí.

—Qué seca eres. Me salvas y ahora no quieres saber nada de mí. Entonces, ¿por qué no te vas? Estás perdiendo el tiempo.

—Porque me das pena.

—Tú no me engañas, Mitra. Tu nombre es persa, sabes hablar español y estás aquí, de noche, con un desconocido, aguantando sus piropos. Hay algo más.

Por primera vez dejó de mirarme como si fuese únicamente una molestia.




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