Capìtulo 2
Esa mañana, Anna escuchó una frase en las noticias que la hizo girar en seco.
“La corporación Villegas podría declararse en quiebra esta misma semana. La presión sobre los hombros del Magnate Juan Andrés Villegas se intensifica.”
La voz del periodista retumbó con fuerza en su cabeza. Cerró los ojos un segundo. Eso fue todo lo que necesitó para sentir cómo se desmoronaba algo dentro de ella.
Juan Andrés... el anuncio de su caída no era solo una noticia de negocios. Era una herida abierta que le atravesaba el pecho.
El hombre que ella amaba en secreto desde hace años no podía desmoronarse frente a sus ojos.
—Doctora Martínez —gritó una enfermera a lo lejos—. Código Ámbar. Sala de Emergencias. El paciente presenta convulsiones. Glioblastoma multiforme de grado cuatro en su expediente clínico.
Anna intentó moverse, pero sus piernas no respondieron.
—¡Doctora! ¡El paciente la necesita!
En ese momento las puertas se abrieron de golpe. Era él...
Juan Andrés cruzó la entrada principal con el rostro distorsionado por la angustia y su corbata deshecha.
Sus ojos recorrían el lugar como si estuviera buscando a alguien.
—¡Necesito un médico ya! Mi padre está… —su voz se quebró por primera vez en años—. Está muriendo.
Anna se quedó perpleja ante su presencia. Ese rostro. Esos ojos... esa desesperación.
Su cuerpo reaccionó por instinto, como si algo en ella hubiera despertado.
—¡Aquí! —gritó corriendo hacia él.
Las enfermeras se apartaron mientras Anna Julia tomaba control con la precisión de quien ha entrenado durante años para ese momento.
—¿Nombre del paciente? —preguntó, ya poniéndose los guantes.
—Guillermo Villegas. 59 años. Estaba bien esta mañana. De pronto… —Juan Andrés tragó saliva—, colapsó.
Anna asintió. Firme. Pero por dentro estaba temblando.
—Llévenlo a la UCI. ¡Ahora! ¡Preparen líquidos intravenosos y morfina por si hay dolor agudo! Quiero exámenes de rutina y una tomografía urgente. ¡Ya!
La camilla desapareció por el pasillo central. Juan Andrés quiso ir detrás, pero Anna lo detuvo con una mano en el pecho.
—Déjeme trabajar —le dijo.
Sus ojos se encontraron por primera vez. Ella sintió que todo a su alrededor desaparecía. Las luces, las voces... el miedo.
Solo estaban ellos dos.
—Confíe en mí —susurró.
Juan Andrés asintió sin decir nada. Por primera vez en mucho tiempo, obedecía órdenes de alguien.
Pasó casi una hora, pero Anna no se detuvo. Controló el dolor de Guillermo, reguló su presión. Descubrió una metástasis no detectada. Lo estabilizó.
Cuando salió al pasillo, buscó a Juan Andrés con la mirada, pero él ya no estaba.
—El familiar de su paciente se fue hace media hora —informó el vigilante—. Dijo que tenía cosas urgentes que atender.
Anna dirigió la mirada hacia la salida y asintió.
—Está bien —murmuró—. Me quedaré con el paciente hasta que despierte.
La habitación de Guillermo era fría. El monitor cardíaco emitía pitidos regulares, como marcando la tregua entre la vida y la muerte.
Anna se sentó al borde de su cama. El rostro de Guillermo estaba pálido, pero tranquilo.
“Villegas”, pensó.
Ese apellido era más que un imperio. Era una tormenta. Y ella estaba justo en el centro, sosteniendo a un hombre que, sin saberlo, podía ser la clave de todo.
Los ojos de Guillermo se movieron débilmente. Anna tomó su mano.
El monitor marcaba una mejoría sutil. El cuerpo frágil del hombre se agitó levemente y, segundos después, sus párpados se abrieron con esfuerzo.
—¿Dónde…? —dijo, en un susurro—. ¿Dónde estoy?
Anna se inclinó, con una sonrisa suave que apenas ocultaba el alivio en sus ojos.
—En la Clínica Santa María —respondió—. Tuvo una recaída esta mañana, pero ya está estable.
Guillermo giró lentamente la cabeza, mirándola con unos ojos cansados, pero llenos de lucidez.
—Usted también va a ocultármelo, ¿cierto? Todos. Juan Andrés, los médicos. Cada día me siento más débil. No puedo ni sostener una taza de té —hizo una pausa larga—. Doctora… creo que merezco morir con dignidad, quiero saber mi diagnóstico, por más devastador que sea.
Las palabras se clavaron como espinas bajo su piel. Anna Julia lo miró fijamente. El hombre frente a ella no era solo un paciente. Era un patriarca, un pilar que había sostenido un imperio por décadas y que ahora le suplicaba la verdad.
Sabía que no había acuerdo firmado. Legalmente, podía decírselo. Pero médicamente, era un riesgo. Saberlo podía destruir su ánimo. Las defensas inmunológicas caerían y el cáncer podría acelerarse.
—Por favor… —suplicó Guillermo, apretando su mano—. Prometo no hacerle saber a nadie lo que hablemos aquí.
—Tiene un glioblastoma de grado cuatro —confesó con voz suave, mientras acariciaba su mano—. He descubierto una metástasis no registrada en sus informes. Pero hay tratamientos. No es una batalla sencilla, pero si decide quedarse aquí, conmigo, me comprometo a que sus días no sean dolorosos.
❤❤❤
¡Gracias por leerme!
Espero te guste la historia.
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Editado: 30.08.2026