Suplicando tu Perdón

CAPÍTULO 3.

Capítulo 3

Las puertas de la habitación 315 se abrieron sin aviso previo. Anna levantó la vista por un instante… y maldijo haberlo hecho.

Juan Andrés entró con un vaso en la mano y esa expresión sombría que mezclaba arrogancia, agotamiento y algo que no se podía descifrar tan fácilmente, pero que se sentía.

—Buenos días, papá —murmuró acercándose a la cama—. Te traje tu té de Jamaica. El que te gusta.

Guillermo asintió y esbozó una sonrisa cansada.

—Gracias, hijo… —respondió, extendiendo una mano débil para tomar el envase—. Me puede faltar lo que sea, menos mi té de Jamaica por la mañana.

Juan Andrés no respondió. Se acercó a la mesita de noche y dejó su abrigo.

Mientras tanto, Anna se mantenía en silencio junto al perchero con los sueros y monitores, fingiendo leer el informe una y otra vez.

No podía mirarlo a los ojos de nuevo. No debía hacerlo.

Pero lo sentía. Cada centímetro de su piel lo sentía. La atmósfera cambió desde el segundo en que él cruzó esa puerta. Como si el aire se hubiera vuelto más denso, más eléctrico.

—¿Cómo está él? —preguntó Juan Andrés sin mirarla.

Su voz la obligó a levantar la vista, por un segundo. Esa mirada gélida, inquisitiva y penetrante la dejó sin aliento.

—S… sigue en recuperación —respondió ella, y se maldijo por haber tartamudeado—. Pero aún es pronto para dar un diagnóstico completo. Necesitamos realizar más estudios. Imágenes, biopsias... evolución clínica.

—¿Y cuándo podré llevarlo a casa?

Esa forma de hablar. Como si el mundo obedeciera a su voluntad. Como si la muerte misma pudiera retrasarse con una orden suya.

Anna desvió la mirada al informe. Sus dedos tensos lo sostenían como un escudo.

—No... no puede irse aún. Su condición es delicada. Y aunque esté estable ahora, no podemos arriesgarnos a una recaída fuera de un entorno controlado.

Juan Andrés alzó una ceja. Dio un paso hacia ella. Tan cerca que percibió el leve temblor de sus manos.

Anna sintió un escalofrío intenso que le recorrió la espalda. No por miedo. Sino por algo peor: deseo.

—Gracias, doctora… —leyó su apellido en su bata— Martínez.

La forma en que lo dijo sonaba a juicio, no a gratitud.

Anna Julia revisó la vía intravenosa de Guillermo una vez más y se dirigió a la puerta.

—Volveré más tarde.

Pero antes de salir sintió su mirada fuerte, invasiva, casi cruel. Como si intentara atravesarla solo con los ojos.

Salió casi huyendo de la habitación, de su mirada, de sí misma. De ese golpeteo insoportable en el pecho que ya no podía disimular ante ese hombre.

Dentro de la habitación, Juan Andrés se quedó en silencio unos segundos mirando la puerta.

Guillermo lo observó con serenidad y una sonrisa apenas marcada en sus labios.

—Te ha descolocado —murmuró.

Juan Andrés giró el rostro hacia su padre, como despertando de un trance.

—¿Que cosa?

—La doctora. No disimules. Tienes la mandíbula tensa todavía.

Él no respondió. Solo se sentó junto a la cama, mirando la puerta por donde se había ido ella.

—No sé quién es. Pero… se me hace que la he visto antes.

—A veces el alma reconoce antes que la mente.

Él negó con suavidad, como quien reniega de una tontería. Pero lo cierto era que no podía sacarse esa imagen de la cabeza. El rostro de la doctora. Su voz. Su presencia. Algo en ella lo había sacado foco. Y odiaba no poder controlarlo.

Dos días después. La tensión se había instalado en los hombros de Juan Andrés. Dormía mal, comía poco y pasaba horas encerrado en llamadas con inversores que cada vez se volvían más hostiles. Pero cada tarde, sin falta, volvía a la clínica.

Guillermo, por otro lado, parecía mejorar. Su voz ganaba fuerza. Sus gestos recuperaban su habitual autoridad.

—Gracias —le dijo a Anna, mientras ella revisaba su tensión—. No solo por los cuidados. Sino por tratarme como persona. Por no mentirme como los demás.

Anna sonrió.

—Solo hago mi trabajo —respondió ella con una ligera sonrisa.

Guillermo sabía que algo muy profundo se estaba gestando. No solo en su cuerpo enfermo… sino en la vida de aquella joven doctora y en la de su hijo que ya no la miraba igual.

Porque todo imperio —pensó— empieza a tambalear cuando el corazón se ve obligado a latir por algo más que el poder.

—Se ve mucho mejor hoy —dijo Anna, con una sonrisa.

Guillermo asintió, y sus dedos, aún frágiles, tomaron los de Anna con firmeza.

—Todo es gracias a ti, Anna.

—Solo intento hacer mi trabajo bien, señor Villegas.

—Guillermo, solo dime Guillermo —corrigió el hombre, con una sonrisa—. ¿Tienes a alguien? No he visto un anillo en tu dedo… y me parece imposible que una mujer tan hermosa como tú esté sola por elección propia.

Anna soltó una risa suave, tímida.

—No nací para amar —susurró—. Amo la medicina. A mis pacientes. Pero si te refieres al amor de pareja, estoy enamorada de alguien que jamás me verá como yo lo veo a él. Es un amor... imposible.

Guillermo ladeó la cabeza. Sorprendido.

—¿A caso él es ciego o estúpido?

—Es poderoso, altivo, elegante —respondió ella—. Es superior a mi.




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