Capítulo 4
Los días siguientes pasaron sin novedad, como si al fin el tiempo hubiera decidido conspirar a favor de la vida.
No había rincón de la habitación 315 que no llevara el sello personal de Anna Julia, la temperatura controlada con exactitud, los controles médicos revisados cada hora, la infusión con la dosis precisa y una presencia que iba más allá de lo laboral. Era algo más que compañía. Era entrega total.
Guillermo se negaba a ser atendido por cualquier otra persona. Solo podía poner su vida en manos de Anna Julia.
—Me recuerdas a mí cuando era joven —le dijo mientras la doctora le acomodaba las almohadas—. Pero con una ventaja: tú no necesitas demostrarle nada a nadie.
—Yo no tengo un imperio que defender —respondió Anna Julia, sonriendo.
—¿Y eso te parece una desventaja?
—No. Es una bendición.
Guillermo soltó una risa escandalosa.
El médico jefe interrumpió para informar que el paciente ya podía ser dado de alta y Anna Julia redactó el informe final.
Explicó los pasos a seguir en el proceso de recuperación y sugirió algunas enfermeras especializadas en cuidados intensivos a domicilio.
—Con gusto puedo coordinar con ellas para los turnos rotativos —le dijo a Guillermo, pero él la detuvo.
—No —dijo Guillermo, con su voz firme—. No quiero a nadie más. Te quiero a ti.
La doctora se quedó en silencio, como si no hubiera entendido del todo.
—Señor Villegas, yo...
—Guillermo —corrigió él, con voz firme—. Solo tú en este lugar puede llamarme por mi nombre. Ademas... No quiero a ninguna enfermera en mi casa. Te quiero a ti. ¿Cuánto ganas aquí? ¿Cuánto te pagan por cada guardia?
—No se trata de eso. No es el dinero lo que me mueve, Guillermo, yo...
—Claro que se trata de eso —dijo él—. Porque si no es por dinero, entonces no hay razón alguna para que te niegues. Yo te ofrezco el doble. No, el triple. No habrá horario estricto. Tendrás libertad de hacer lo que quieras y las condiciones necesarias para que hagas bien tu trabajo. Tú eres mi doctora.
Anna bajó la mirada, incómoda. No por la oferta. Sino por lo que había detrás de ella. Guillermo ya lo sabía todo. Su historial académico, su desempeño impecable, sus méritos. Incluso su origen. Su legado oculto detras de esa sonrisa honesta.
—No necesito su dinero—murmuró.
—Entonces acepta por mí —dijo Guillermo, casi suplicando—. Porque no me siento seguro con nadie más.
Hubo un silencio largo entre ellos.
Anna en el fondo ya sabía la respuesta. No podía decirle que no. Y no por dinero, sino por esa conexión inexplicable que los unió desde el primer día.
—Está bien —dijo al fin—. Pero solo por dos semanas. Lo necesario para estabilizarlo, y nada de pagos especiales. Soy su doctora, no su explotadora financiera.
Guillermo sonrió. Sabía que era una victoria más grande de lo que aparentaba.
Anna, sin embargo, salió de la habitación con un nudo en el estómago. No podía ignorar la realidad que la esperaba al otro lado de esa decisión. Juan Andrés.
En su mente, la idea de convivir bajo el mismo techo con él por catorce días era una mezcla de bendición y tortura garantizada.
“Esto es por trabajo”, se dijo a sí misma. “Soy una profesional. Puedo con esto.”
Pero sus certezas se desmoronaron minutos después cuando lo encontró en la entrada de la habitación, con el móvil en una mano y su porte implacable eclipsando la luz del pasillo.
Juan Andrés apenas la miró, sin siquiera apartar la espalda de la pared.
—Me informaron que aceptaste cuidar de mi padre en casa.
Su voz era baja, afilada. Como si cada palabra llevara una dosis exacta de desprecio envuelto en cortesía.
—Sí. Fue su decisión —respondió Anna, sin bajar la mirada.
Juan Andrés caminó hacia ella con pasos firmes. Se detuvo a menos de un metro. Su cercanía, como siempre, la desarmó.
—No te quiero en mi casa.
Anna sintió el golpe seco de esa frase. Pero no se permitió reaccionar.
—No necesita aprobarlo, señor Villegas. Es su padre quien lo decide.
—Tú no entiendes —continuó él—. No quiero que estés ahí. No necesito tus cuidados. Puedo contratar a alguien más.
Anna sintió cómo su pecho se contraía, pero no dio ni un paso atrás.
—No estoy aquí por usted, señor Villegas. Estoy por él. Por la decisión de Guillermo, si usted no lo aprueba entonces dígaselo a su padre.
Anna no esperó respuesta. Abandonó el pasillo con pasos rápidos. Cada zancada era un grito ahogado. Un impulso por llorar que reprimía a fuerza.
Llegó al otro extremo del pasillo. Se apoyó en la pared y cerró los ojos.
Era como si esa frialdad hubiera roto algo que ella había logrado mantener entero durante demasiado tiempo.
—Solo serán dos semanas —se dijo—. Solo dos semanas...
Pero no sabía si eso sería su redención o su condena. Porque a veces, el corazón no sangra cuando lo hieren. Sino cuando lo ignoran.
Y lo peor estaba por llegar. Porque lo que Anna no sabía… era que Juan Andrés ya había había recordado quien era ella y, pese a su indiferencia, no había dormido una sola noche desde que supo la verdad.
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Editado: 30.08.2026