Suplicando tu Perdón

CAPÍTULO 5.

Capítulo 5

Cuando llegaron a la mansión Villegas, el cielo ya se había teñido de tonos naranja. El camino de piedras crujía bajo las ruedas de la ambulancia, seguida por los vehículos con el equipo médico y suministros.

Anna descendió primero.

Vestía su uniforme blanco impecable. Su cabello recogido en un moño bajo y sus labios con un tono rosa suave. Nada en su apariencia dejaba ver el huracán que le rugía por dentro.

—Esta será su habitación, señora Villegas —informó el ama de llaves con tono bajo, mientras señalaba desde el pasillo.

Anna se quedó paralizada en el sitio.

"Señora Villegas" no estaba ni cerca de serlo.

Guillermo le sonrió desde la camilla con ese aire de quien no pide permiso para hacer su voluntad.

Los enfermeros comenzaron a instalar las máquinas mientras que Anna supervisaba cada detalle.

—Perfecto —murmuró finalmente, tras revisar los niveles de presión, temperatura ambiente y circulación de aire—. Todo está como debe estar.

La habitación era amplia, luminosa, con grandes ventanales que daban al jardín, un sillón de terciopelo y una estantería repleta de libros.

Cuando los enfermeros se retiraron, Guillermo la llamó con un gesto de mano. Su voz, aunque débil, conservaba una claridad que no dejaba espacio para la duda.

—Ven, siéntate conmigo.

Anna obedeció. Se acomodó en el borde de la cama, como tantas veces en la clínica, aunque el entorno fuera distinto.

—¿Sabes cuál es mi último deseo? —preguntó de pronto, con una expresión que oscilaba entre la ternura y la firmeza.

Anna Julia se tensó, pero no respondió de inmediato. Solo lo miró fijo.

—Quiero ver a mi hijo casado con una buena mujer —continuó Guillermo, como si no hubiera notado la rigidez en el cuerpo de Anna—. Alguien que lo acompañe, que lo frene cuando deba hacerlo y lo impulse cuando le falte coraje. Una mujer que lo abrace cuando nadie más lo entienda.

Anna se quedó en silencio. Sabía hacia dónde se dirigía esa conversación, pero no dijo nada. No podía.

—Tú entiendes lo que quiero decir —añadió el hombre, tomando su mano suavemente—. Pero no te afanes, no espero respuestas hoy mismo. Solo quería que lo supieras.

Anna asintió con una leve sonrisa, fingiendo que podía tomárselo como una pequeña broma. Pero dentro de sí, la inquietud era un incendio.

Los días fueron pasando con una aparente normalidad.

Juan Andrés evitaba ir a casa la mayor parte del tiempo. Cuando aparecía, su presencia era fugaz. Saludaba con frialdad, preguntaba por el estado de su padre, y se marchaba sin mirar a Anna Julia a los ojos.

Ella fingía que no le importaba. Que era mejor así. Que no había espacio para nada más que lo estrictamente profesional.

Hasta que una tarde, la tormenta que temía se desató sin previo aviso.

Guillermo la esperaba sentado en el sillón frente a la ventana.

—Cierra la puerta —dijo, apenas Anna Julia entró con la carpeta de registros.

—¿Todo bien con los análisis?

—Todo dentro de lo previsto. Está estable, los niveles son buenos.

—Perfecto —dijo él, tomando un sorbo de su té—. Entonces tenemos tiempo para hablar de lo importante.

Anna frunció el ceño ligeramente. No le gustaban esas frases. Eran preámbulos de conversaciones que no quería enfrentar.

—¿Se ha sentido mal?...

—¡No! —respondió Guillermo—. Solo que hoy no eres mi doctora. Eres la mujer que me devolvió la fe en la humanidad.

Hubo un silencio largo. Luego, Guillermo habló sin rodeos.

—¡Quiero que te cases con mi hijo!

Anna sintió que el mundo se detuvo por un instante. El corazón le dio un vuelco. Dejó la carpeta sobre la mesa con movimientos lentos, cautelosos.

—¡No puede estar hablando en serio! —exclamó ella, intentando sonreír—. Me halaga, pero…

—Estoy hablando totaltamente en serio —interrumpió él, con una firmeza que no admitía réplica—. No estoy pidiendo una locura. Estoy proponiendo algo que sé que ambos necesitan. Tú más de lo que crees. Él más de lo que pudiera aceptar. Tómalo como mi última petición, por favor.

—Guillermo yo... —Anna intentó evadir el tema—. No puedo hacer algo así. No vine aquí a comprometerme con nadie. Él ni siquiera me quiere aquí. Apenas puede soportar mi presencia. Y yo...

—¿Y tú puedes soportar la suya? —preguntó Guillermo, con los ojos fijos en ella.

Anna bajó la mirada. Esa pregunta era una trampa. Una en la que había caído hace ya bastante tiempo.

—Usted no entiende… —susurró—. Él... no es solo el familiar de un paciente. Él fue...

—Tu amor del pasado —completó Guillermo—. Sí eso ya lo sé.

Anna se quedó sin aire. No sabía cómo, ni cuándo, pero lo sabía. Ese hombre lo sabía todo.

Guillermo se inclinó hacia adelante. Tomó sus manos entre las suyas.

—Anna, yo he vivido mucho. He cometido errores, he perdido personas por orgullo, por miedo. No quiero que tú hagas lo mismo. Mi hijo es terco, orgulloso… pero tú lo miras como nadie. Y él… aunque no quiera… también te ve.

—No puedo —susurró Anna—. No podría soportar que me rechace otra vez. No quiero exponerme a eso. Él ya me destruyó la vida una vez y no le daré el gusto de que vuelva a hacerlo.




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