Suplicando tu Perdón

CAPÍTULO 6.

Capítulo 6

En el pasillo el silencio se volvió denso. Juan Andrés no dijo nada. No necesitaba hacerlo. Las palabras que acababa de oír lo golpearon con la fuerza de un martillo.

Se quedó inmóvil en medio del pasillo, con los músculos tensos y las manos cerradas en puños a ambos lados del cuerpo.

«Su amor imposible», había dicho ella.

La voz de Anna Julia aún resonaba en su cabeza, como una campana insoportable ¿Cómo podía ser posible? ¿Desde cuándo? ¿Por qué?

Sacudió la cabeza, como si el mero gesto pudiera disipar el absurdo que acababa de escuchar.

No podía permitirse caer en esa trampa emocional. No tenía sentido. Ella era una doctora eficiente, meticulosa, fría incluso. Una mujer que lo había enfrentado más de una vez sin parpadear. Y ahora, de pronto, ese tipo de confesiones.

Caminó rumbo a su estudio. Cerró la puerta tras de sí con más fuerza de la necesaria y cruzó directo hacia la ventana. La vista al jardín no lo calmaba. Solo veía el reflejo de su propio rostro en el vidrio, endurecido, cansado.

«¿Cómo se atreve mi padre a jugar así?», pensó.

La idea del matrimonio seguía perturbando su mente, cargada de una expectativa que lo asfixiaba.

¿Casarse? ¿Con ella? ¡Ni soñando!

La sola idea le parecía un disparate. Él no necesitaba compañía. No necesitaba que nadie lo completara, lo abrazara, lo equilibrara.

Había aprendido a sobrevivir solo, a contenerse, a esconder cada herida bajo el manto del control.

Su vida era una estructura construida con precisión. Fría, sí, pero estable.

Y sin embargo, ahí estaba ese recuerdo, esas palabras.

La voz de su padre irrumpió en su cabeza una y otra vez: “que lo mires de nuevo, como lo hiciste la primera vez”.

La primera vez. Dios. Ni siquiera quería pensar en ello.

Caminó hacia el escritorio y dejó caer su cuerpo en la silla. Se frotó el rostro con ambas manos, tratando de recomponerse. Pero no tuvo tiempo de encerrarse del todo en su silencio.

Un leve golpe en la puerta lo sacó de sus pensamientos.

—Pasa —dijo sin mirar.

Guillermo entró despacio, empujando su bastón con elegancia. Traía el rostro sereno, pero en sus ojos había algo más profundo. Una urgencia que Juan Andrés conocía bien.

—Vine a verte —anunció, tomando asiento en una de las sillas frente al escritorio—. No tardaré mucho.

Juan Andrés asintió, aún con el cuerpo tenso.

—¿Te sientes bien?

—No me hagas perder tiempo con cortesías —respondió Guillermo con una leve sonrisa—. Sabes que si he venido aquí, es porque no quiero testigos.

Él lo miró con más atención. Guillermo rara vez se alejaba de su habitación. Esa visita era un mensaje en sí mismo.

—Entonces dilo de una vez —ordenó él, más cansado que molesto.

Guillermo dejó escapar un suspiro largo, pero su tono fue claro como siempre.

—Sé lo de la empresa —Juan Andrés se quedó inmóvil—. No me mires así. No soy tonto. La caída se veía venir. Puede ser dentro de una semana… o dentro de una hora. Y tú lo sabes.

Él apretó los dientes. No había forma de negarlo. Las acciones caían en picada, los inversores dudaban, los rumores crecían. El legado... ese imperio sólido que su abuelo había construido, se desmoronaba.

—Estoy haciendo lo que puedo —dijo él en voz baja—. Estoy buscando salidas.

—No necesitas salidas —replicó Guillermo—. Necesitas decisiones.

El silencio entre ambos fue denso. Guillermo se acomodó en su silla, como si la conversación apenas comenzaba.

—Tu abuelo tenía planes para esto —continuó—. Siempre pensó que el único modo de mantener a salvo lo que construyó era asegurar la continuidad. La familia, Juan Andrés. El apellido. La sangre.

Él desvió la mirada hacia la ventana. El nudo en su garganta empezó a crecer. No quería escuchar lo que venía.

—Él dejó cláusulas. Condiciones. Tu herencia, las acciones principales… todo está listo para pasar a tus manos bajo ese único requerimiento.

Juan Andrés cerró los ojos.

—No empieces con eso —pidió.

—Un matrimonio, hijo. Eso es lo que se exige. Una unión formal. Una familia.

Las palabras cayeron como piedras sobre su pecho. Se sintió atrapado.

—¿Quieres salvar la empresa? —continuó Guillermo—. Entonces ya sabes lo que debes hacer. No se trata solo de un contrato, yo… —hizo una pausa breve—. Yo quiero un nieto antes de morir.

Juan Andrés tragó saliva con dificultad. El nudo ya no estaba solo en su garganta. Se extendía por todo su pecho.

—No pidas algo que no puedo darte —susurró.

—¿No puedes o no quieres? —preguntó Guillermo con calma, sin saber lo cerca que estaba de una verdad devastadora.

Juan Andrés apretó los puños sobre el escritorio. La rabia y el dolor debatían en su pecho. Esa confesión… no era algo que quisiera decir en voz alta.

Porque Juan Andrés guardaba un secreto que lo desangraba en silencio. Un accidente. Un diagnóstico. Una frase que le cayó como un balazo años atrás: infertilidad irreversible. Un golpe a su virilidad, a su futuro... a su linaje.

—Hay cosas que no pueden suceder —dijo finalmente, con voz tensa—. Cosas que no están en mis manos.

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Espero tengan un maravilloso día, les recuerdo que dejaré esta historia GRATIS hasta FINALIZAR. No se olviden de dejar sus opiniones en los comentarios. Los leo con mucho cariño. Y sigan mi perfil para que no se pierda de más contenido.

Les mando un gran abrazo virtual 🤗




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