Suplicando tu Perdón

CAPÍTULO 7.

.Capítulo 7

Juan Andrés no pudo dormir esa noche. Se quedó en la terraza de su habitación con una botella de whisky a medio beber, la camisa arrugada y los ojos enrojecidos.

Se cansó de dar la vueltas y al final se había resignado a permanecer inmóvil, como si su quietud pudiera evitar que el mundo siguiera avanzando hacia ese precipicio inevitable.

La palabra “matrimonio” se repetía una y otra vez en su cabeza. Se sentía atrapado. No por su padre. Era algo más profundo. Más retorcido.

Era esa maldita verdad que llevaba entre pecho y espalda que lo condenaba al silencio.

Pero los números no mentían. La empresa se desplomaba minuto a minuto. La prensa había comenzado a filtrar el desastre. Los bancos hacían llamadas que él ya no contestaba. Y los inversores… algunos ya habían retirado sus fondos.

El legado Villegas se caía a pedazos.

Guillermo tenía razón. No necesitaba salidas, necesitaba decisiones. Y entonces lo repitió en voz baja, como una sentencia.

—Acepto.

La noticia se regó como pólvora. Guillermo no perdió tiempo. Al día siguiente, ya había hecho un par de llamadas. El teléfono de la casa no paraba de sonar, y los correos comenzaban a llegar con propuestas de trajes, flores, fotógrafos.

Pero nada de eso importaba tanto como lo que vendría después: decirle a Anna Julia.

Guillermo se encargó de esa parte. Insistió en que su hijo no debía cargar con eso, que era mejor que él se lo comunicara a ella de forma directa.

Anna se enteró esa mañana en la cocina. Guillermo la abordó con una sonrisa cálida y un tono de voz suave.

—Mi niña —dijo Guillermo, mientras removía lentamente el té en su taza—, necesito hablar contigo unos minutos. ¿Tienes tiempo?

Anna asintió, aunque algo en la mirada de el hombre la inquietó. Se sentó frente a él, con el ceño ligeramente fruncido.

—¿Ha pasado algo, Guillermo?

—Algo importante —dijo él, tomando su mano—. Juan Andrés ha decidido dar el siguiente paso. Va a casarse contigo.

Anna se quedó muda. No hubo reacción inmediata. Solo un parpadeo lento, una mirada que no encontraba un punto fijo.

—¿Qué…? —alcanzó a decir en un susurro.

—La boda será sencilla, por supuesto. Nada incómodo para ti. Solo familia, unos pocos amigos, y socios claves. No queremos escándalos ni titulares. Lo importante es que tú y él comiencen una nueva vida. Como debe ser.

Anna se levantó de golpe.

—¿Él lo decidió?

—Sí —afirmó Guillermo con calma—. Anoche.

Pero algo en su tono no le cuadraba. Había demasiada satisfacción. Anna no era ingenua. Sabía que Guillermo era un estratega, y que Juan Andrés no se dejaba arrastrar por impulsos emocionales.

—¿Por qué lo haría? —preguntó con frialdad—. Hasta ayer apenas podía mirarme sin fruncir el ceño.

—A veces, el deber tiene más peso que el deseo —respondió Guillermo—. Y tú no eres cualquier mujer, Anna. Eres fuerte, valiente, capaz. Mi hijo lo sabe, aunque no lo diga.

Anna no respondió. Salió de la cocina con pasos rápidos y subió las escaleras sin mirar atrás. Necesitaba aire. Necesitaba pensar.

¿Qué demonios estaba pasando?

Juan Andrés la vio venir desde el estudio. Ella no tocó la puerta. Entró sin permiso, sin formalidades.

—¡Dime que no es cierto! —exclamó, sin rodeos.

Él levantó la mirada. Sus ojos estaban apagados, pero no esquivaron los de ella.

—Sí.

Anna dio un paso más. El corazón le martillaba las costillas.

—¿Por qué lo harías? ¡Esto no tiene sentido!

—Porque es lo que se necesita —respondió él, con voz grave—. Porque hay cosas en juego que no entenderías.

Anna soltó una risa amarga, con más incredulidad que burla.

—¿Y yo qué soy en todo esto? ¿Una pieza más de tu estrategia?

—No eres una pieza —dijo él—. Eres parte de una solución. Y eso es lo más cerca que puedo estar de algo real en este momento.

Las palabras le dolieron más de lo que esperaba. Juan Andrés no alzaba la voz, pero cada frase era un muro. Un límite entre ellos. Ese matrimonio para él solo era un trámite.

—¿Y qué carajos esperas de mí? —preguntó al fin, alzando un poco la voz.

—Nada que no quieras dar. Esto es solo un contrato, doctora Martínez. Ponga usted sus condiciones.

Esa frase la dejó sin armas.

Anna salió dando un portazo. Sabía que la batalla estaba perdida antes de empezar.

Por otra parte, Guillermo se encargó de todo. Escogió una propiedad familiar fuera de la ciudad para el evento, envió algunas invitaciones, hizo llamar a un diseñador para el vestido de Anna.

En casa, se respiraba otro aire. Los empleados murmuraban entre sí, las miradas se cruzaban con interés y sospecha, y el apellido Villegas volvía a estar en boca de todos.

Guillermo sonreía más de lo habitual. Caminaba por los pasillos con una energía renovada, dando instrucciones, repasando listas, haciendo llamadas. Era la viva imagen de una victoria silenciosa.

Anna Julia, por su parte, se encerraba más en sí misma, dejándose llevar por los preparativos sin poner resistencia. No lloraba. No gritaba. Solo callaba. Y su silencio era más ensordecedor que cualquier grito.




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