Capítulo 8
El cielo amaneció nublado, como si la mañana se hubiera vestido de gris para honrar lo que estaba a punto de suceder.
En el jardín se alzaba un altar sencillo y cubierto de flores blancas. Guillermo caminaba hacia él con pasos firmes, sus ojos brillaban con satisfacción mientras observaba a su alrededor.
Era la primera vez en mucho tiempo que sonreía de verdad. Después de años de desgaste, su apellido volvía a tener futuro.
No era amor. Era una unión estratégica, emocional en apariencia, funcional en esencia. Y eso bastaba.
La prensa mantenía distancia, solo unas pocas cámaras captaban la ceremonia. Los titulares ya estaban escritos de antemano: “El heredero Villegas se casa en una ceremonia íntima con una reconocida doctora”.
No era un evento social, era una noticia empresarial disfrazada de romance.
Anna Julia apareció al final del sendero con un vestido blanco ceñido al cuerpo sin adornos innecesarios. Su cabello recogido con delicadeza dejaba ver un rostro sereno, pero opaco. No había emoción en sus ojos, solo la determinación de quien acepta su destino sin ilusiones.
Juan Andrés la esperaba junto al oficiante, con su mirada fija en la nada. Cuando la vio acercarse, no sonrió. Solo la observó en silencio mientras ella se detenía a su lado, sin decir una sola palabra.
Guillermo entregó a la novia a los brazos de su hijo.
El oficiante fue breve. No hubo discursos emocionales, ni promesas románticas. Solo las fórmulas legales.
Cuando llegó el momento de firmar el acta, ambos tomaron el bolígrafo y dejaron su firma en el papel con la eficiencia de un acuerdo comercial.
Y entonces, el momento del beso llegó.
Fue breve. Casi inexistente. Sus labios apenas se rozaron. Y sin embargo, en ese contacto fugaz ocurrió algo extraño. Algo que ninguno de los dos supo nombrar.
Una descarga de electricidad que recorrió sus venas.
Juan Andrés sintió que, por un instante, el mundo se detenía. Anna Julia apartó la mirada con un leve temblor en las manos.
Los invitados aplaudieron. Guillermo cerró los ojos por un segundo y respiró hondo. Para él, ese momento era la culminación de años de trabajo, de estrategias ocultas, de sacrificios necesarios. El apellido Villegas estaba a salvo, aunque fuera por un tiempo.
Tras la ceremonia, se ofreció una recepción sencilla en la terraza. Un exquisito banquete, copas de champán, música, conversaciones moderadas. Todo cuidadosamente medido.
Anna Julia no comió nada. Juan Andrés apenas habló.
Pero cuando la prensa se retiró y la casa volvió al silencio, supieron que todo había cambiado. Eran marido y mujer. Por contrato, por estrategia, por supervivencia.
Después del brindis, Guillermo apareció con una sonrisa leve y un sobre en mano. Juan Andrés lo observó con el ceño fruncido, anticipando lo que estaba por hacer.
—He arreglado un pequeño viaje —anunció—. No podemos tener una boda sin luna de miel, aunque sea simbólica. Hay un chalet privado esperándolos en la isla Minoa. Un entorno tranquilo. Sin periodistas molestos. Solo ustedes dos.
Juan Andrés frunció aún más el entrecejo.
—¿Estás hablando en serio?
—Por supuesto —respondió Guillermo—. No lo tomes como una provocación, hijo. Tómalo como una cortesía. Al menos aparenten normalidad unos días. Será beneficioso para todos.
Él soltó una risa seca, sin rastro de humor.
—¿Una luna de miel sin amor? ¿De verdad crees que eso va a convencer a alguien?
Guillermo no respondió. Solo dejó los boletos sobre la mesa y se marchó.
Anna aceptó el viaje sin reproche. Necesitaba salir de esa casa. Respirar aire fresco aunque sea por unos días.
Dos horas después, aterrizaron en la isla.
El aire era cálido, salado, cargado del murmullo constante del mar. Un coche privado los llevó hasta un chalet con vista al océano. El lugar era hermoso. Ventanales amplios, pisos de madera, paredes en tonos claros.
Anna llevaba su bolso en la mano y el cansancio pegado al cuerpo.
Entró al baño sin decir una palabra. Se quitó el vestido y dejó correr el agua tibia sobre su cuerpo.
El vapor llenó el baño y por un instante se permitió cerrar los ojos.
Cuando salió, una bata de baño la esperaba sobre el toallero, leyó el bordado sobre la tela blanca: “Señora Villegas”. Rodó los ojos con fastidio y envolvió su cuerpo en la bata con movimientos mecánicos.
Después de un rato, salió del baño peinando su cabello oscuro con los dedos.
Juan Andrés se dirigía al baño, pero antes de que cruzara el umbral, la voz de Anna lo detuvo.
—Yo tomaré la cama. Tú dormirás en el sofá.
Él se giró lentamente, con una chispa de irritación.
—¿En serio?
—La cama es suficientemente grande, sí. Pero no te confundas. No dormiré al lado de un desconocido ni siquiera por obligación.
Juan Andrés caminó hasta la pequeña nevera. Sacó una botella de vino y se la empinó.
—Como digas —respondió al fin.
—Debemos establecer límites —dijo ella—. No busques en mí a una esposa sumisa. Nunca lo seré. Si esto es una farsa, vivamos la farsa con puntos claros.
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Editado: 30.08.2026