Suplicando tu Perdón

CAPÍTULO 9.

Capítulo 9

Anna Julia recostada en la cama con el cuerpo aún envuelto en la bata blanca, deslizaba el dedo por la pantalla de su celular.

Levantó la vista justo cuando Juan Andrés salió del baño con su cabello húmedo y una toalla ajustada alrededor de su cintura.

Su ceño se frunció de inmediato.

—¿Qué diablos crees que estás haciendo? —soltó Anna, con voz firme y molesta.

Juan Andrés se detuvo en seco, arqueando una ceja con desconcierto.

—¿Perdón?

—Esa toalla es mía —dijo, señalando con el dedo—. Por si no aprendiste a leer, tiene mis iniciales y además, la usé para secar mi cabello, estaba justo del lado de mi lavamanos. Si no puedes respetar las reglas básicas, esto no funcionará.

Juan Andrés bajó la mirada hacia su cintura, como si apenas notara el objeto del conflicto.

—¿Tanto escándalo por una toalla? —soltó una risita arrogante.

—No es una simple toalla. Es mi toalla —espetó con rabia—. La tomaste como si nada, quizás a propósito, como si todo en este lugar te perteneciera.

La sonrisa que se dibujó en el rostro de Juan Andrés fue lenta, provocadora. Su mirada no era burlona, era peligrosa, como quien disfruta de jugar con fuego.

—¿Y qué piensas hacer para evitarlo? —preguntó, desafiante.

Anna sintió la ira quemar sus venas. Se levantó de un salto y, sin pensarlo demasiado, le arrancó la toalla de un tirón.

El cuerpo desnudo de Juan Andrés y toda su gloria quedó al descubierto. Por un segundo eterno, el mundo se detuvo para los dos.

Anna bajó la mirada como si no pudiera evitarlo, recorriendo con descaro cada centímetro de su piel. Su respiración se cortó, y sin pensarlo, mordió ligeramente su labio inferior.

Juan Andrés lo notó y sonrió para sus adentros. Pero esa sonrisa fue una declaración de guerra.

En un solo movimiento, se lanzó hacia ella como un depredador acorralando a su presa. Anna retrocedió un paso, luego otro, hasta que cayó de espalda en la cama.

Pero él no se detuvo. Sujetó sus muñecas sobre su cabeza con una mano, con la autoridad de quien no piensa negociar.

—¿Quieres reglas? Está bien. Pero no me provoques si no estás dispuesta a aceptar el resultado —murmuró contra su oído. Mordiéndole un poco el lóbulo.

—Suéltame —exigió ella, aunque sin convicción.

Sus ojos se cerraron cuando los labios de él encontraron su cuello, se le escapó un jadeo bajito. Su cuerpo reaccionaba antes que su mente.

Se arqueó ligeramente, como si cada caricia de él encendiera un punto de su cuerpo que permanecía dormido.

—Dices que no con la boca, pero tu cuerpo está rogando otra cosa —susurró él, deslizando su lengua por su clavícula y bajando hacia su pecho.

—¡Detente! —exclamó Anna con su voz entrecortada—. Esto no significa nada —dijo, apenas en un hilo de voz.

—Entonces si no significa nada no te afectará en absoluto que lo siga haciendo —replicó él, mientras que con su otra mano desanudaba lentamente la bata.

Sus músculos se tensaron, su piel se erizó al momento en que Juan Andrés se llevó uno de sus pezones a la boca.

—Sueltame —gritó ella, aunque él no se equivocaba, su cuerpo pedía a gritos ese encuentro.

La bata cayó al suelo, y con ella, las barreras que ambos habían levantado en medio de los dos durante semanas. El orgullo, la rabia, la desconfianza… todo se hizo a un lado en ese instante de pasión.

Los besos se tornaron más urgentes, más demandantes. Juan Andrés la levantó con facilidad y la depositó con cuidado en el medio de la cama, colocándose sobre ella con movimientos suaves sobre su pelvis.

Sus labios exploraron su piel con una mezcla de deseo y lujuria, como si tratara de memorizarla con cada caricia.

—Después de esto nada cambia, Anna. Si quieres que me detenga... Dilo ahora.

Ella no lo dejó terminar de hablar. Colocó una mano en su pecho y lo apartó, se sentó a horcajadas sobre sus piernas y con movimientos lentos comenzó a frotarse en él buscando su propia satisfacción.

—¡No digas que no te lo advertí! —aclaró él, antes de colocarse sobre ella y comenzar a moverse sobre su entrepierna aun sin introducirse en ella.

Su dedo rozó su intimidad, disfrutando de la humedad y la tibieza de su cuerpo, que, por un momento, le hizo sentir que lo estaba enloqueciendo.

Anna jadeaba, temblando por dentro. No era debilidad. Era deseo puro. Un deseo que no sabía reconocer y que la enfrentaba a sí misma.

Se aferró a su espalda, y cuando Juan Andrés la penetró con un movimiento lento y profundo, un jadeo escapó de sus labios.

Su cuerpo se arqueó. Su mente aún trataba de luchar contra lo inevitable.

El ritmo aumentó, como si cada embestida buscara romper el muro que ella se empeñaba en sostener.

Sus cuerpos se fundieron Había sudor, jadeos, miradas cruzadas, rabia, deseo contenido. Pero también había algo más peligroso. Algo que ninguno de los dos podía descifrar.

Llegaron juntos al clímax. Un grito ahogado de Anna se perdió en la habitación, mientras Juan Andrés apretaba la mandíbula con fuerza, conteniéndose para no decir algo de lo que pudiera arrepentirse.

❤️❤️❤️

Saludos cordiales... espero les esté gustando la trama. No olviden apoyarme dejando sus comentarios y corazoncitos. Y, por supuesto, siganme para que no se pierdan de más contenido.

Les mando un beso enorme y un abrazo virtual 🤗




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