Suplicando tu Perdón

CAPÍTULO 10.

Capítulo 10

El vapor aún empañaba el vidrio de la ducha cuando Anna abrió la puerta con lentitud. Sus pasos eran suaves, pero firmes, como si la decisión de abandonar ese espacio íntimo también fuera un intento de alejarse de lo que había pasado minutos antes.

Juan Andrés dormía profundamente, envuelto en el mismo desorden de sábanas que delataban la intensidad que tuvo el encuentro.

El silencio reinaba. Solo el sonido tenue del mar, que golpeaba la orilla a lo lejos, se filtraba por el ventanal entreabierto. Anna caminó descalza por la habitación, tomó una bata limpia y cubrió su cuerpo.

Caminó hacia la puerta, abrió y la cerró con suavidad tras de sí.

La brisa nocturna la envolvió apenas sus pies tocaron la arena. Caminó sin rumbo, con el corazón encogido y la mente repitiendo una y otra vez las imágenes de lo que acababa de hacer.

Cada paso la alejaba más de la habitación, de Juan Andrés, de sí misma. El mar parecía calmarla y al mismo tiempo recordarle cuán frágil era.

Se sentó en la orilla, abrazándose las rodillas con fuerza mientras sus pies se hundían en la arena.

Las lágrimas salieron sin aviso.

Mientras tanto, Juan Andrés se removió en la cama, abriendo los ojos. Su cuerpo aún vibraba con el recuerdo reciente, pero algo no encajaba. Al levantarse, sus ojos cayeron de inmediato sobre una pequeña mancha roja en la sábana.

Se quedó inmóvil.

Un pensamiento fugaz lo atravesó como un relámpago. ¿Había sido su primera vez?

La idea lo golpeó con violencia. Se pasó la mano por el rostro. No había sido nada tierno con ella.

Había actuado como un desquiciado impulsado por el deseo, por la lujuria y la rabia contenida. Por esa peligrosa atracción que Anna le generaba desde que la conoció. Pero no con la delicadeza que merecía una mujer en su primera experiencia.

Se levantó de la cama con brusquedad, arrojó las sábanas al cesto y caminó al lavadero, donde las metió a lavar sin pensarlo.

Luego se encerró en el baño, frotándose el cuerpo con intensidad bajo la ducha, como si intentara borrar de su piel eso que aún lo ataba a ella.

Al salir, notó que Anna no estaba.

Un impulso lo obligó a salir. Cruzó la entrada a pasos largos y la vio a lo lejos. Sentada frente al mar, sola entre la inmensidad de la noche.

Su corazón dio un vuelco.

Se acercó con lentitud. No quería invadir su espacio. Cuando estuvo lo suficientemente cerca, la vio secarse disimuladamente las mejillas. Había estado llorando. Eso le dolió más de lo que hubiera querido admitir.

—¿Puedo ayudarte en algo? —preguntó, con voz suave.

Anna negó con la cabeza sin mirarlo.

—Quiero estar sola —susurró, como si le doliera incluso hablar.

Juan Andrés asintió con lentitud. Dio unos pasos hacia atrás, pero no se fue del todo. Se sentó unos metros más atrás, sin decir nada. Respetando el silencio, el dolor que no entendía, pero que sentía como si fuera suyo.

La duda lo carcomía por dentro. Si había sido su primera vez, y él había sido tan torpe… no se lo perdonaría.

Anna, por otra parte, luchaba con sus propios fantasmas.

Se odiaba por haberse rendido tan fácilmente, por haberse entregado a un hombre que no la amaba. Que ni siquiera la quería cerca.

Su respiración se volvió más agitada. Quería gritar. Quería correr. Pero no podía moverse.

Juan Andrés la miraba de lejos. Sabía que si daba un paso en falso, ella se cerraría por completo. Y no quería eso.

No después de lo que había pasado entre ellos.

—No quise hacerte daño —murmuró acercándose a ella de nuevo—. Si fue tu primera vez… y yo…

Anna lo interrumpió sin mirarlo. Alzando una mano, tratando de callarlo con el mero gesto.

—No tienes que decir nada. No me debes explicaciones. Ya pasó.

—Tal vez no… pero yo… —se quedó en silencio—. Quiero que sepas que lo habría hecho distinto si lo hubiera sabido.

—¿Distinto cómo? —se giró hacia él, con los ojos rojos y el rostro empapado de lágrimas—. ¿Habrías sido más amable? ¿Más lento? ¿Más dulce? ¿Y eso qué habría cambiado?

Él no supo qué responder. Se quedó en silencio, mirando la arena.

—No quiero tu lástima. No la necesito —agregó ella con la voz temblorosa—. Lo que pasó esta noche fue mi decisión. Pero no significa que no me duela. No por lo que hicimos, sino por lo que tú eres para mí… y lo que yo no soy para ti.

Juan Andrés sintió que esas palabras lo atravesaron como cuchillas. Quiso acercarse, abrazarla. Pero no se atrevió.

Anna se levantó lentamente y caminó de regreso con la frente en alto.

Él se quedó frente al mar, con la cabeza llena de preguntas. Algo su interior comenzaba a desmoronarse. Algo que había mantenido bajo control por años.

Entró minutos después. La encontró ya acostada, de espaldas, con la sábana hasta el cuello. No dijo nada. No insistió, solo se recostó del otro lado, sin rozarla. Solo con el pensamiento dándole vueltas en su cabeza.

A la mañana siguiente, cuando despertó, ella ya no estaba.

Sobre la mesa de noche, un papel doblado con su nombre.

Lo abrió.

》"Volveré a la hora de tomar el vuelo".




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