Capítulo 11
El trayecto de regreso a la ciudad transcurrió en un silencio tenso que lo decía todo.
Anna miraba por la ventanilla, con los ojos perdidos en el paisaje. No pensaba en lo que había pasado, o al menos intentaba no hacerlo. Pero el nudo en su garganta no desaparecía.
Tenía los dedos entrelazados sobre las piernas, como si el mero gesto le impidiera quebrarse otra vez.
Juan Andrés, en cambio, permanecía con la vista fija al frente, las manos tensas en el volante y la mandíbula apretada. No era rabia. Era algo más profundo. Algo que se le instaló en el pecho con una mezcla incómoda de culpa, duda y una sensación absurda de pérdida.
No cruzaron ni una palabra en todo el camino al aeropuerto, y en el avión, el silencio fue aun peor.
Cuando llegaron a casa, Guillermo ya los esperaba en la puerta, vestido con un traje en tonos claros que contrastaban con la expresión preocupada que se le dibujó en el rostro apenas los vio bajar del vehículo.
Anna caminó unos pasos por delante, con el bolso colgado del hombro y el rostro inexpresivo. Juan Andrés venía detrás, como si no supiera exactamente qué hacer con su presencia.
Guillermo no dijo nada. Solo los observó. Y fue suficiente. La forma en que evitaban cruzarse la mirada, el peso que se respiraba entre ellos, el modo en que el silencio parecía pegarse a sus cuerpos como una segunda piel… algo había pasado. Algo importante.
Pero no preguntó. Sabía que, con el tiempo, todo terminaba saliendo a la luz.
A la mañana siguiente, Guillermo entró a la sala de reuniones con paso firme y una mirada afilada. El salón de juntas de la empresa era amplio, con ventanales que daban a la ciudad y una mesa ovalada rodeada de directores, ejecutivos y aliados estratégicos.
Juan Andrés ya se encontraba en su asiento, con el móvil en la mano, revisando cifras en la pantalla como si el mundo dependiera de ellas. Apenas levantó la vista cuando su padre entró.
Lo que sí le sorprendió fue ver a Anna Julia a su lado.
Vestía un conjunto sobrio en tonos tierra, el cabello recogido en una coleta alta y un portafolio en la mano.
Se movía con seguridad, como si el mundo empresarial no la intimidara.
Saludó con un leve gesto de cabeza a los presentes, se sentó en la esquina designada para invitados y sacó una libreta, como si de verdad tuviera algo que aportar.
Guillermo sonrió en silencio. Fue idea suya llevarla. Y aunque no lo había discutido con su hijo, tampoco pensaba hacerlo. Era momento de que su entorno conociera a Anna Julia desde otro ángulo, no como la esposa inesperada de su hijo, sino como una mujer capaz de sostenerse por sí misma.
—Bien, comencemos —anunció Guillermo—. Hoy revisaremos los avances del último trimestre, pero también discutiremos las propuestas de impacto social que estaban en análisis desde hace meses.
La reunión avanzó entre cifras, estadísticas y presentaciones que parecían demasiado técnicas para alguien ajeno al mundo empresarial. Pero Anna Julia no se perdió. Escuchaba con atención, tomaba notas en silencio hasta que llegó su momento.
—Quisiera intervenir —dijo, con voz clara pero sin arrogancia—. He leído los informes sobre la Fundación Villegas, y me parece que hay una desconexión entre lo que se promueve externamente y lo que realmente llega a las comunidades.
Un murmullo cruzó la sala. Juan Andrés levantó la cabeza, clavando los ojos en ella. Guillermo sonrió abiertamente.
—Continúa, por favor —invitó con elegancia.
Anna Julia abrió su carpeta y extrajo un pliego de documentos.
—Propongo redirigir parte del presupuesto de relaciones públicas a un programa que promueva la formación técnica de mujeres en zonas rurales. No solo generaría un impacto social tangible, sino que posicionaría a la empresa como líder en responsabilidad con enfoque de género. La imagen corporativa no se construye solo con campañas, sino con acciones concretas.
Los miembros de la junta intercambiaron miradas. Algunos asintieron en silencio. Uno de los directores, un hombre canoso de voz grave, tomó la palabra:
—¿Tienes estudios que respalden esa propuesta?
—Sí —respondió Anna, entregándole una copia—. Incluyen análisis de viabilidad, proyección de impacto y alianzas posibles con entidades educativas ya establecidas.
Juan Andrés seguía en silencio, pero su mirada había cambiado. Ya no era fría ni indiferente. Era una mezcla peligrosa de sorpresa, interés y algo más… algo que no quería nombrar.
Le molestaba.
Porque durante años había lidiado con mujeres que querían brillar a través de él. Y ahora tenía frente a él a una que lo hacía por su cuenta. Con argumentos sólidos y determinación.
Cuando la reunión finalizó, varios de los ejecutivos se acercaron a felicitarla. Algunos incluso le entregaron sus tarjetas personales.
Anna los recibió con cortesía. Juan Andrés observaba todo desde la distancia. Sintiendo celos de verla sonriéndole a otro hombre.
No se acercó a ella. No dijo nada. Pero en su interior una grieta peligrosa comenzaba a abrirse paso.
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Editado: 30.08.2026