Capítulo 12
En el estacionamiento de la torre Villegas, Juan Andrés se mantenía inmóvil dentro de su coche, apretando las llaves en su mano.
Afuera, Anna hablaba con uno de sus inversionistas principales. Un hombre elegante y de sonrisa fácil se inclinó ligeramente hacia ella mientras le decía algo que la hizo reír.
El hombre le extendió una mano y ella la sostuvo mientras lo veía a los ojos.
—¿Le gustaría almorzar conmigo hoy? Hay un lugar muy bueno cerca de aquí al que me gustaría llevarla.
Juan Andrés esperó que ella rechazara la oferta con la misma frialdad con la que solía responderle a él, pero no lo hizo.
—Claro, vamos —respondió Anna, con una ligera sonrisa.
Su voz era tranquila. No había coquetería, ni doble intención. Pero a Juan Andrés eso no le importaba. Porque la vio aceptar, la vio caminar junto a ese hombre como si no estuviera recién casada con él y eso le bastó para sentir que algo se le desmoronaba por dentro.
Los celos le treparon por el cuerpo como un veneno lento. Le apretaron la garganta, le nublaron la vista. Cerró los puños con fuerza, los nudillos se le pusieron blancos, la mandíbula tensa.
Antes de que Anna pudiera subir al vehículo, Juan Andrés llegó hasta ella y, sin darle tiempo, la sujetó del antebrazo.
—Me parece que debemos hablar —dijo entre dientes, en voz baja pero cargada de una furia difícil de disimular.
Anna lo miró fijamente, sorprendida y desconcertada. Se molestó en un instante.
—Juan Andrés, ¿qué haces?
—Nos vamos —sentenció, sin soltarla.
Anna rodó los ojos, resignada, y permitió que Juan Andrés la guiara —o más bien, la arrastrara— hacia su vehículo.
Mantuvo la frente en alto, aunque por dentro hervía de rabia. Subió al asiento del copiloto sin decir una palabra, cruzando los brazos con rigidez.
En cuanto el vehículo arrancó, el silencio se volvió insoportable.
—¿Qué crees que estás haciendo? —espetó Juan Andrés, rompiendo el silencio.
—¿Yo? ¿Qué estoy haciendo yo? —replicó ella, girándose para enfrentarlo—. Iba a almorzar, con uno de tus aliados estratégicos. No con un desconocido.
—¿Y eso te parece apropiado? —Juan Andrés no la miró, pero su voz era cortante—. ¿Estás consciente de cómo se ve eso para la prensa? ¿Para el personal de la empresa? Estás casada conmigo, ¡Joder! Por si lo has olvidado.
—No, no lo he olvidado. Créeme que es imposible hacerlo. Pero tú tampoco deberías olvidar que este matrimonio no fue idea mía. Yo no lo pedí. Lo acepté porque Guillermo me lo pidió. No por ti.
—¿Y eso te da derecho a hacer lo que te plazca? ¿A exhibirte con otro hombre frente a mí?
—¡No me estaba exhibiendo! —gritó ella por primera vez—. ¡Era un almuerzo! ¡Una conversación profesional! ¿O tengo que pedirte permiso para hablar con alguien?
—Se supone que la gente debe creer que somos felices. Que estamos construyendo algo. ¿Y tú qué haces? ¿Aceptar invitaciones como si fueras soltera?
—¡Porque lo estoy! —espetó sin pensar—. Al menos, emocionalmente lo estoy. Porque tú y yo no tenemos nada real, Juan Andrés... nada.
El coche frenó de golpe frente a un semáforo. Juan Andrés giró lentamente la cabeza. Sus ojos eran una tormenta silenciosa y amenazante.
—¿Nada real? —repitió en voz baja, como si las palabras se le quedaran pegadas en la garganta—. ¿Estás segura?
Anna sintió que algo se le comprimía en el pecho. No podía borrar de su memoria la noche en la playa. Ni cómo la había mirado él antes de quedarse dormido. Pero no iba a darle el poder de jugar con ella.
—Absolutamente segura —respondió, aunque su voz no sonó tan firme como quería.
Juan Andrés soltó una risa seca.
—Entonces no deberías preocuparte si me molesta que otro hombre te invite a salir, ¿verdad? Porque no hay nada real. No hay razones para que te duela lo que te diga.
Ella apretó los labios y no respondió.
Cuando llegaron al restaurante, el ambiente se tensó aún más. Guillermo los esperaba en una de las mesas, con un la sonrisa más neutral que pudo fingir.
—¿Todo bien? —preguntó, aunque conocía la respuesta.
—Perfectamente —respondió Juan Andrés, sin mirarlo.
—Claro, todo bien —repitió Anna, mientras tomaba asiento.
Durante el almuerzo, la conversación fue profesional. Guillermo hablaba de nuevos proyectos, Juan Andrés fingía interés y Anna apenas tocaba la comida en absoluto silencio.
Cuando Guillermo se levantó para atender una llamada, y el Socio se despidió de ellos, el silencio cayó sobre ellos.
Anna se levantó.
—Necesito aire —dijo, alejándose hacia el jardín del restaurante.
Juan Andrés dudó un momento, luego la siguió.
—No tienes derecho a exigirme nada, Juan Andrés. Ni fidelidad, ni cercanía pública, ni lealtad. Porque no me lo has ofrecido tú tampoco.
—¿Crees que no siento nada? —susurró él, dando un paso hacia ella—. ¿Que todo esto es un juego?
—No lo sé —respondió ella, bajando la mirada—. A veces pienso que juegas a ver hasta dónde puedes controlarme. Y otras veces... ni siquiera sé quién eres.
Él alzó una mano y le rozó la mejilla, pero ella se apartó.
—No me toques si no sabes lo que sientes —murmuró con la voz quebrada—. No juegues conmigo, Juan Andrés.
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Editado: 30.08.2026