Capítulo 13
Cuando Guillermo se despidió de ellos, Anna regresó al vehículo sin mirar a Juan Andrés. Él tampoco dijo nada. El chofer los esperaba afuera, pero él tomó las llaves con gesto brusco.
—Yo conduzco —anunció.
El trayecto comenzó en absoluto silencio. Solo el ruido del motor llenaba el espacio entre ellos. Anna apoyó la frente contra el vidrio, sintiendo que la rabia y el cansancio se le acumulaban en sus ojos.
Entonces, sin previo aviso, un recuerdo le llegó como un flechazo.
Una sala iluminada con lámparas colgantes. Mesas repletas de copas, trajes de diseñador y risas falsas que llenaban el aire. Ella intentaba mantener la compostura frente a sus tías: mujeres crueles, de lenguas afiladas que la miraban con desprecio.
—¿Tú qué vienes a hacer aquí? —espetó una de ellas, con el labio pintado de rojo chillón—. Este lugar no es para cualquiera. No eres más que una mocosa impertinente que debió morir junto a Adelaida.
—¡Cuida tus palabras! —la interrumpió otra, aún más venenosa—. No vaya a ser que te espante el fantasma de Adelaida.
Anna no las miró a los ojos. Pero mantenía los hombros rectos, aunque por dentro temblaba.
—No permitiré que hablen mal de mi madre —espetó ella.
—Miren esto... pero si es que tú hablas. Tal vez deberíamos enseñarte un poco de modales —dijo la mayor, alzando la mano, dispuesta a abofetearla frente a todos.
Pero el golpe nunca la alcanzó.
El heredero Villegas apareció de la nada. Sujetó la muñeca de la mujer, deteniéndola a centímetros de su rostro.
—Ni se le ocurra tocarla —dijo con una calma exasperante que heló a todos los presentes—. Una palabra más y las saco a todas. Esta es mi casa, mi empresa, mi fiesta. Y ella está bajo mi protección.
Anna sintió que el suelo se abría bajo sus pies. Que todo su mundo comenzaba a girar en torno a ese hombre.
Fue la primera vez que lo vio con algo más que respeto. Y la primera vez que sintió ese ardor en el pecho que con los años se convirtió en un amor silencioso, inconfesable e imposible.
De vuelta en el vehículo, cerró los ojos y apretó los labios.
Ese hombre que la defendió aquella noche, no era el mismo que ahora conducía a su lado sin atreverse a mirarla.
—¡Ese hombre ya no existe! —susurró para sí, pero Juan Andrés alcanzó a escucharla.
—¿Qué dijiste?
—Nada —respondió, sin abrir los ojos.
—Eso no fue "nada" —insistió él—. ¿Te refieres a mí?
—¿Y si lo hiciera? ¿Te importaría?
Juan Andrés soltó el volante por un segundo, apretó los puños contra sus muslos y volvió a sujetarlo.
—Me importa todo lo que tenga que ver contigo, Anna —gruñó con voz áspera—. Maldita sea, eso es lo que no entiendes.
—Entonces dímelo ¡Joder! Dímelo como hombre, no como un dictador que solo da órdenes. Dime que me deseas, que te importa lo que haga, que no soportas verme con otro.
Él giró bruscamente el volante, se desvió por una calle secundaria, luego otra más estrecha, hasta llegar a un callejón desolado.
—¿Qué carajos haces? —preguntó Anna.
Juan Andrés se quitó el cinturón, se inclinó hacia ella y la besó.
No fue un beso tierno. Fue hambriento, furioso. Un latigazo de deseo que le abrió los labios a la fuerza de la necesidad.
Anna lo empujó al principio, pero su cuerpo ya no obedecía a su juicio. Lo deseaba. Lo había deseado por años.
Lo odiaba y lo necesitaba con la misma intensidad.
—Eres un idiota —jadeó ella cuando él bajó a besarle el cuello, mordiendo con rabia ese punto detrás de su oreja que la hacía estremecer.
—Y tú una provocadora —susurró él, bajando las manos hasta su muslo, subiéndole la falda.
—No vamos a hacer esto aquí... —intentó decir, pero su voz ya era temblor y fuego.
—Cállate, Anna —dijo él y la besó, con los dientes atrapando su labio inferior como castigo y recompensa.
Ella se subió a horcajadas sobre él, con la falda a la cintura. Juan Andrés bajó el respaldo del asiento y la atrajo con desesperación. Sus manos desabrocharon los botones de su camisa, dejando al descubierto el encaje negro de su brasier.
—Eres mía, ¡Joder! —le dijo en voz baja.
—Entonces hazme tuya como si de verdad lo fuera —soltó ella, aferrándose a su cuello.
Sus labios se deslizaron por su pecho, por su vientre, por cada rincón que encontraba en su descenso. Cuando se introdujo en ella, lo hizo como si conociera de memoria sus puntos de quiebre.
Anna se arqueó contra él, las uñas marcándole la espalda. Era furia, deseo, rencor, amor no dicho. Era todo lo que no se habían permitido expresar.
Se movieron al unísono, con un ritmo que no conocía límites ni vergüenza. Sudor, gemidos, respiraciones entrecortadas llenaban el interior del vehículo.
Cuando el clímax llegó, el cuerpo de Anna seguía temblando. Juan Andrés no tardó en seguirla, con un rugido ahogado que se le escapó desde lo más profundo del pecho, como si acabara de romper cadenas invisibles.
Permanecieron en silencio, respirando con dificultad. Ella aún sobre él. Y él con los ojos cerrados.
—Esto no cambia nada —murmuró Anna, tratando de convencerse más a sí misma.
—No —admitió él—. Pero tampoco podrás decidir que no significó nada.
Pero en el fondo, ambos sabían que ese encuentro marcaría un antes y un después. Porque el deseo podía disfrazarse de odio, pero nunca de indiferencia.
Y el cuerpo... el cuerpo jamás mentía.
#78 en Detective
#77 en Novela negra
amor y odio, deseo pasion desacuerdos mentiras, matrimonio por acuerdo
Editado: 30.08.2026