Suplicando tu Perdón

CAPÍTULO 14.

Capítulo 14

El coche se detuvo frente a la Villa. Juan Andrés salió del vehículo sin mirar atrás, con la camisa arrugada, colgando por fuera del pantalón, el cabello revuelto y los pasos firmes por el vestíbulo.

Guillermo alzó la vista desde su asiento, siguiendo a su hijo con la mirada mientras subía las escaleras.

Sus ojos se estrecharon al ver los botones mal abrochados, el ceño fruncido, y ese gesto de satisfacción que no lograba esconder.

Entonces apareció Anna. Con la misma elegancia con la que siempre caminaba, aunque su mirada evitaba cualquier punto de contacto visual. Traía la ropa bien colocada, sí. Pero su labial estaba un poco regado y su cabello se veía más desordenado de lo que debía estar.

Y como si eso no fuera suficiente, Guillermo notó algo más. Una pequeña marca rojiza en su cuello.

Guillermo no necesitó confirmación. Se levantó con lentitud. La sonrisa que curvó sus labios no era del todo dulce.

—¿Pasó algo entre ustedes? —preguntó, con esa voz tranquila que solo empleaba cuando ya sabía la respuesta.

Anna se detuvo en seco. El corazón se le aceleró como si acabara de ser descubierta robando. Tragó saliva.

—Una discusión. Nada grave —respondió, más nerviosa de lo que quiso aparentar.

Guillermo asintió con la cabeza y se acercó a ella con esa mirada de lince que podía ver más allá de las palabras.

—Claro, asumo que fue... intensa —dijo con un atisbo de sarcasmo, mientras fijaba su vista en la marca del cuello.

Anna bajó la mirada, llevando una mano al cuello se su camisa, como si pudiera esconder bajo la tela, la evidencia de lo que había pasado. Pero era inútil. El color que subía por sus mejillas la delataba más que cualquier huella.

Guillermo, sin embargo, no dijo nada más. Se giró hacia su taza de té y bebió un sorbo, como si brindara por una victoria silenciosa.

Anna subió las escaleras sin mirar atrás. No hizo ruido al pasar frente a a la habitación de Juan Andrés. Sabía que él estaría ahí, probablemente tan perturbado como ella. O peor: tan indiferente como solía ser.

Entró a su habitación y se quedó apoyada contra la puerta, como si necesitara recuperar el aliento antes de enfrentar su propia soledad.

Se quitó los zapatos y caminó descalza hacia el baño. Cada paso se sentía más pesado que el anterior. Como si en el aire todavía flotaran sus gemidos ahogados, su cuerpo tenso sobre el de Juan Andrés y la intensidad de su entrega.

Abrió la ducha. El agua tibia comenzó a correr, empapando los vidrios con vapor y ese sonido constante que parecía ofrecerle una tregua.

Se desnudó sin mirarse. Como si quitarse la ropa fuera una forma de desprenderse también del recuerdo reciente. Pero no lo logró.

Cuando el agua la cubrió por completo, cerró los ojos y allí estaba él. Juan Andrés, con las manos apretadas como garras en su cintura, su voz grave exigiendo, quemando, poseyendo.

Nada era como ella lo había imaginado.

Durante años había idealizado ese momento. Había soñado con una primera vez colmada de ternura, donde él la acariciara como si cada parte de su cuerpo fuera sagrado, donde el amor se revelara en cada roce de sus dedos. Pero lo que recibió fue otra cosa.

Furia, fuego, dominio... placer.

Y lo peor… lo que más la perturbaba, era que le había gustado más de lo que estaba dispuesta a admitir siquiera ante sí misma.

La forma en que él había invadido su espacio, el modo en que su voz le exigía rendirse sin pedir permiso. El calor de su cuerpo. El peso de su deseo.

Se enjuagó el rostro, como si el agua pudiera lavar también esas imágenes. Pero seguían ahí. Repitiéndose en su memoria.

Salió de la ducha, se envolvió en la toalla y caminó hacia el espejo. Comenzó a peinarse, pero al levantar la vista… la vio. Una marca rojiza justo en su cuello. Oscura, redonda, innegable.

Una prueba ardiente de lo que habían hecho en aquel callejón. Una firma invisible que ahora todos podrían ver.

Se llevó los dedos a la marca, rozándolo apenas.

—¡Esto no puede ser! —exclamó, en un susurro—. ¡Maldito imbécil, lo hizo a propósito!

La ira le hirvió en la sangre. ¿Quién se creía que era? ¿Qué derecho tenía de marcarla como si fuera suya, como si pudiera tomarla cuando se le antojara y luego marcharse como si nada?

Recordó sus ojos al volver a casa. Fríos. Indiferentes. Como si nada hubiera pasado. Como si no hubiera sido su cuerpo temblar dentro de ella, ese que la quemó con cada embestida.

—¡Maldito arrogante! —gritó.

Abrió ió la puerta de un tirón y cruzó el pasillo descalza, con la toalla ajustada a su pecho y el cabello aún húmedo goteando sobre su espalda.

No pensó. Solo caminó, impulsada por una furia más fuerte que la vergüenza.

Cuando estuvo frente a su puerta, golpeó con fuerza. Una vez. Dos. Tres. Y luego más. Sin descanso. Cada golpe era un grito que no se atrevía a pronunciar en voz alta.

—¡Abre, maldito cobarde, abre la puerta!

Los nudillos le dolían, pero no se detuvo. Quería enfrentarlo, demostrarle que no era suya. Que nunca lo sería. Aunque fuera mentira.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.