Suplicando tu Perdón

CAPÍTULO 15.

Capítulo 15

La puerta se abrió con un chirrido seco. Juan Andrés apareció en el umbral, con el torso desnudo, el cabello todavía húmedo, y un short de pijama oscuro que apenas le llegaba a la mitad del muslo.

No esperaba verla ahí, de pie, mojada, con una pequeña toalla ajustada al cuerpo, la respiración agitada y la furia prendida como una bengala en sus pupilas.

Juan Andrés la veía demasiado tentadora con sus muslos al descubierto.

Antes de pronunciar palabra, una bofetada le estalló en la mejilla.

Juan Andrés cerró los ojos. El deseo que le había atravesado el cuerpo al verla casi desnuda, se disipó de inmediato.

—¿Qué carajos te pasa? —preguntó, con la voz tensa, llevándose los dedos a la barbilla donde ardía la marca del golpe.

—¡No vuelvas a tratarme así! —espetó ella, con el pecho subiendo y bajando por la rabia—. ¡No soy tuya! ¡No tienes ningún derecho!

Él alzó una ceja, y por un instante, una chispa de diversión brilló en sus ojos.

—¿A qué coño te refieres ahora?

Anna se inclinó hacia él, dejando su cuello al descubierto. Allí estaba la marca oscura, rojiza y redonda, como una firma grabada en su piel.

—¡Mira esto! —gritó—. ¡Me dejaste una maldita marca como si fuera tu ganado!

Juan Andrés sonrió. Una sonrisa maliciosa, arrogante.

—Eso es para que el imbécil de Francisco Ferrara recuerde que eres una mujer casada y no se le ocurra volver a invitarte a almorzar —dijo, con una calma venenosa.

—¡Eres un imbécil! —exclamó ella, temblando de rabia—. ¡Un controlador! Te odio, Juan Andrés. Eres un idiota.

Se abalanzó sobre él, levantando los brazos con intención de golpearlo, pero él fue más rápido. La sujetó por la cintura, con una fuerza implacable y la atrajo hacia adentro. Cerró la puerta con una patada firme, giró el seguro y la acorraló contra la puerta, respirando hondo.

—¿Estás loca? —murmuró contra su rostro, pero sus ojos no tenían reproche. Tenían deseo, lujuria.

La toalla cayó al suelo, Anna quedó desnuda ante él. Juan Andrés la miró sin apartar la vista. No dijo nada. Solo la besó.

Fue un beso salvaje, crudo, rabioso. No había ternura en sus labios, solo necesidad. La alzó acomodándola sobre su cintura, sintiendo el roce de su piel ardiendo contra la suya.

Ella lo sujetó de los hombros, clavando las uñas, dejándose llevar por ese torbellino de emociones que no podía controlar.

Frotó su cuerpo contra el de ella, sintiendo el temblor en sus muslos y como su aliento se entrecortaba cada vez que sus caderas se encontraban. Era un juego peligroso. Y ambos lo sabían.

La llevó a la cama entre besos. Ella lo agarró del cuello con ambas manos. Se subió a horcajadas en él, dominando el momento completamente.

—No se te ocurra volver a marcar mi cuerpo como un animal —susurró, con la voz rasgada—. Yo no soy una más de tu maldita colección.

Él la miró desde abajo, con los labios entreabiertos, respirando agitado. Y sonrió.

Anna lo empujó y se levantó de golpe. Recogió la toalla y la envolvió nuevamente en su cuerpo.

Caminó hacia la puerta y salió sin mirar atrás, dejando el eco de sus pasos en el pasillo.

Juan Andrés no se movió. No dijo nada. Seguía en la cama con el pulso desbocado y el deseo aferrado a cada fibra de su cuerpo. La adrenalina aún corría por sus venas y el sabor de su piel seguía en su boca.

Anna entró a su habitación cerrando la puerta con fuerza. Se apoyó contra ella sintiendo una tensión que no se lograba disolver.

Se dejó caer en la silla frente al tocador y se llevó las manos al rostro.

—No voy a enamorarme —dijo, secando sus lágrimas—. No le daré ese poder.

Pero su cuerpo no la obedecía. Su piel lo recordaba. Su cuello lo llevaba marcado.

En su habitación, Juan Andrés estuvo un largo rato tumbado en la cama con los brazos extendidos y la mirada fija en el techo. La habitación entera parecía retener el olor de ella, la humedad de su piel, la furia de su boca.

Cerró los ojos, intentando regular su respiración, pero no podía. Su cuerpo seguía encendido como si aún la tuviera encima, dominándolo con ese coraje orgulloso que lo volvía loco.

Se levantó lentamente, apoyando los codos sobre las rodillas, y se frotó el rostro con ambas manos.

Sonrió. Anna Julia no era como las demás. Esa mujer tenía un fuego que lo consumía y lo desarmaba a partes iguales, una forma salvaje de imponer sus límites incluso cuando cedía.

La marca en su cuello había sido una reacción instintiva, sí, pero también fue una clara advertencia, ella era suya. Y ahora, después de verla salir así, después de besarla, sentirla, rozarla sin terminar de tenerla… el deseo no había disminuido. Había mutado en algo mas grande.

Golpeó el cristal del ventanal con el puño cerrado, el impacto lo sacudió hasta los huesos. Su reflejo en el vidrio lo observó con ojos vacíos.

—Maldita sea… —susurró, con la voz rota—. ¿Qué carajo estás haciéndome, Anna? ¿Por qué no dejo de pensarte?

❤️❤️❤️

Mis amores, agradezco el apoyo que me han brindado hasta ahora. Quiero que sepan que leo cada uno de sus comentarios con mucho cariño.

¡Disfruten la lectura! Que lo que viene, va a estar mejor...👌🏻




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