Suplicando tu Perdón

CAPÍTULO 16.

Capítulo 16

En la habitación de Anna Julia, la manilla de la puerta giró sin previo aviso. Un sonido suave rompió el silencio de la madrugada.

Anna se incorporó de golpe, el corazón golpeando con fuerza contra su pecho. La tenue luz del pasillo se filtró por la rendija antes de que la puerta se abriera del todo. Y allí estaba él. Juan Andrés. Descalzo, con el torso desnudo, la mirada fija en ella.

—¿Qué… qué haces aquí? —preguntó, intentando sonar firme, pero su voz tembló, como si su cuerpo aún no se hubiese recuperado del caos que él había provocado horas antes.

Juan Andrés sonrió. Una sonrisa ladeada, cargada de esa arrogancia que a veces la exasperaba y otras veces la desarmaba por completo.

—No hay una sola maldita puerta en esta casa que no pueda abrir con mi huella dactilar —dijo, como si eso explicara todo.

Anna se sentó sobre la cama lentamente. Llevaba puesta una bata corta, apenas sostenida por un nudo flojo en su cintura. El encaje se adhería perfectamente a su piel. No pensaba que nadie irrumpiría en su habitación esa noche. Mucho menos él.

—Deberías irte —dijo, sin demasiada convicción—. Esto no está bien.

Pero Juan Andrés ya estaba caminando hacia la cama. Se tumbó del lado contrario, apoyando la cabeza en una almohada, cruzando los brazos bajo la nuca, mirando al techo.

—No puedo dormir —murmuró—. Alguien llegó con un escándalo a mi habitación. Como un torbellino… Me trastornó el sueño y ahora yo haré lo mismo, pero sin escándalos y sin bofetadas.

Yessica se quedó paralizada, viéndolo, desconcertada. No era el mismo hombre arrogante de siempre. Había algo distinto en su voz. Menos firmeza. Más cansancio. Más... humanidad.

—Eres increíble —masculló, y se acomodó junto a él con cautela, dejando un espacio prudente entre sus cuerpos.

Por un momento, ninguno dijo nada. El techo parecía volverse interesante, como si pudiera absorber todas las preguntas sin respuesta que flotaban entre ellos.

—¿Alguna vez has sentido que nada de lo que haces es suficiente? —preguntó él, de pronto, sin mirarla—. Que cada decisión que tomas es solo para evitar que todo se derrumbe a tu alrededor… pero igual, se va desmoronando.

Anna giró un poco el rostro hacia él. Eso no era una pregunta vacía.

—Todo el tiempo —respondió, con sinceridad—. En mi trabajo… a veces siento que no importa cuánto me esfuerce, el final es el mismo. He visto morir gente entre mis manos. Personas que he intentado salvar con todo… y se me van. Así, de repente. Y no puedes evitar sentirte inútil.

—Debes tener un corazón de piedra para resistir eso.

Ella sonrió apenas.

—No se trata de tener un corazón de piedra. Se trata de aprender a seguir respirando, aunque duela.

El silencio se instaló de nuevo, pero esta vez era distinto. No era incómodo. Era más íntimo. Como si el aire entre ellos se hubiera cargado de electricidad.

—¿Qué pasa con la empresa? —preguntó Anna, después de unos segundos—. ¿Por qué Guillermo insistió tanto en que te casaras tan de prisa?

Juan Andrés desvió la mirada hacia el ventanal.

—Las acciones se desplomarán si no se fortalece la imagen pública. Necesitan ver estabilidad. Un nuevo rostro. Algo que trasmita confianza. Y, aparentemente, una boda millonaria es más convincente que diez años de trayectoria.

—¿Y tú? ¿Estás de acuerdo con todo eso?

—No lo estaba —respondió con franqueza—. Hasta que mi padre me hizo entender que si no hago algo puedo perder todo lo que construyó mi abuelo. La compañía, las fundaciones, los empleados… Podría arrastrar a miles de personas si no actúo rápido.

Anna bajó la mirada, con una expresión pensativa.

—Debe ser agotador cargar con tanto peso sobre tus hombros.

—Lo es.

Se quedaron callados un rato más. Juan Andrés giró un poco, recostándose de lado, observándola. Anna tenía la mirada perdida, con las manos apoyadas sobre el abdomen, como si tratara de calmar algo que se agitaba dentro de ella.

—¿Y tú? —preguntó él con voz baja—. ¿Qué te hizo aceptar este matrimonio?

—Guillermo me lo pidió, supongo que aprovechó unos de mis momentos más vulnerables para convencerme de que esto era lo correcto.

—¿Lo hiciste solo por que te lo pidió?

—En realidad me dijo que era su último deseo, mira Juan Andrés, soy doctora. Estudié su expediente y, honestamente no le daba mucha esperanza de vida, entonces acepté y luego... luego sentí que él recuperó fuerzas. Siguió adelante y aquí estoy, creyendo en los milagros.

Juan Andrés la observó largo rato. No dijo nada. Pero algo en su expresión cambió.

—Nunca pensé que terminaríamos aquí —admitió ella, con una sonrisa cansada.

—Yo tampoco. Y mucho menos… así —dijo él, mirándola de reojo.

—¿Así cómo?

—Hablando. Sin gritarnoz. Sin lanzarnos cosas. Sin… tocarnos.

Anna soltó una risa leve.

—No somos unos cavernícolas, Juan Andrés, por Dios —comentó ella, mirándolo a los ojos.

—Quizás lo somos. Solo que nos cuesta aceptarlo.

El ambiente se volvió más cálido, más ligero. Empezaron a hablar de cosas simples. De lo que les gustaba desayunar, de los lugares donde les gustaría vivir si pudieran desaparecer por un tiempo. De anécdotas de infancia.

Anna habló de que siempre quiso tener un hermano menor, de cómo lo protegería. Juan Andrés le habló de su abuelo. De cómo su muerte lo marcó para siempre. De la presión constante de estar a la altura de un apellido como el suyo.

Las horas pasaron sin que lo notaran.

A veces reían, otras veces guardaban silencios largos, pero nunca incómodos. Había una complicidad creciente entre ellos, un reconocimiento mutuo de heridas que no necesitaban explicaciones.

Cuando la luz del sol empezó a filtrarse por la ventana, Juan Andrés giró el rostro y la miró.

Anna se había quedado dormida. O al menos eso parecía. Tenía los ojos cerrados, la respiración profunda y el rostro relajado.




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