Suplicando tu Perdón

CAPÍTULO 17.

Capítulo 17

Días más tarde, La gala de beneficencia en el hotel Imperial de la ciudad reunía a lo más selecto del mundo empresarial, político y social.

El salón principal, de techos altos y lámparas colgantes, reflejaba el resplandor de los flashes y las risas forzadas de la élite.

Anna llegó acompañada de Juan Andrés y Guillermo. Entró hizo con paso firme, la espalda recta, y un vestido azul pálido que parecía flotar con cada movimiento suyo. De escote profundo en la espalda y corte sirena.

El recogido suave de su cabello dejaba al descubierto su cuello y unos pendientes de zafiro discretos.

Cuando entraron al salón, el murmullo fue inmediato. Todos se giraron hacia ellos. Anna lo notó, pero no se detuvo. Siguió caminando del brazo de Juan Andrés, que, aunque acostumbrado a atraer todas las atenciones, por primera vez sintió que era ella quien se robaba cada foco.

Y no le gustó.

—¿No sientes un poco de frío? —le preguntó, casi en un murmullo, mientras se inclinaba hacia ella.

Anna lo miró de reojo, con una media sonrisa.

—¿Frío? No, para nada.

—Igual deberías cubrirte —insistió él, ya quitándose la chaqueta—. Este lugar siempre tiene el aire muy fuerte.

—¿Me estás dando tu chaqueta porque tengo frío… o porque te molesta cómo me miran los demás?

Juan Andrés se detuvo. La chaqueta aún colgaba de su brazo, pero no la ofreció. La miró fijo. Anna había dado en el clavo.

—No sabía que los médicos también eran clarividentes —murmuró, antes de soltar una pequeña risa incómoda.

Ella no dijo nada. Solo volvió a caminar, dejando claro que no se dejaría cubrir.

Guillermo, que venía detrás, observaba cada interacción con una atención silenciosa. Una sonrisa se dibujó en su rostro. Era como si confirmara lo que ya sospechaba.

Durante el cóctel, Anna Julia conversó con algunos empresarios, médicos y figuras del ámbito de la salud invitados por Guillermo.

Juan Andrés, mientras tanto, fingía mantener la compostura, pero sus ojos no la perdían de vista.

Cada vez que otro hombre se inclinaba demasiado cerca, que una sonrisa duraba más de lo necesario, algo se revolvía dentro de él. Una rabia nueva. Una incomodidad inexplicable que no tenía nombre, pero que se le colaba bajo la piel.

—¿Quieres otra copa? —preguntó al verla sola un instante junto a una columna.

—Estoy bien, gracias.

—¿De verdad estás bien?

Ella lo miró con cierta dulzura. Juan Andrés se había acercado más de lo necesario. Sus ojos parecían buscar algo. Como si en ese ambiente cargado de máscaras, solo ella fuera real.

—Sí. Estoy bien —respondió ella—. Tú deberías relajarte un poco. No eres tú cuando estás así de… tenso.

—¿Así cómo?

—Sobreprotector. Territorial. Celoso.

Juan Andrés se tensó.

—No estoy celoso.

—Claro —replicó ella, tomando su copa—. Y yo vine vestida así porque tenía calor en el alma.

Ambos rieron. Pero en los ojos de Juan Andrés, algo había cambiado. Anna lo notó. Era una mirada nueva. Menos defensa, más entrega. Una grieta apenas visible, pero irreversible.

En ese entonces, tres mujeres vestidas de manera elegante se detuvieron frente a ella.

Una de ellas, de cabello oscuro y mirada afilada, la miró de arriba abajo con desdén.

—Vaya, vaya… Así que tú eres la esposa del gran Juan Andrés Villegas —dijo con un tono burlón—. Hay que reconocer que hiciste una buena inversión. Nada mal para alguien que, según dicen, salió de la nada.

Anna la miró, sin perder la compostura.

—Buenas noches —respondió con firmeza.

—No sabíamos que ahora aceptaban a parásitos en estas galas —añadió otra, sonriendo con los labios apenas curvados—. Supongo que dormir con el CEO adecuado sigue siendo la forma más rápida de ascender.

La tercera soltó una risa nasal.

—Nueva rica, y sin clase. Se nota que no pertenece a este lugar.

Juan Andrés se acercó a pasos firmes. Su rostro era una máscara de hielo. No necesitó levantar la voz.

—¿Algún problema?

Las mujeres lo miraron, un poco desconcertadas.

—No, solo charlábamos…

—No parece una charla. Esto es una agresión. Y aquí, en mi propiedad, no se toleran agresiones.

—Vamos, Juan Andrés, no seas tan susceptible. Solo bromeábos.

—¿Llamar parásito a mi esposa es una broma? —el silencio se hizo denso—. Les exijo que se retiren. Ahora. O llamaré a seguridad.

Las mujeres vacilaron, pero al ver que dos agentes de seguridad se acercaban discretamente, entendieron que Juan Andrés no hablaba con metáforas.

—Esto tendrá consecuencias —amenazó una de ellas.

—Más para ustedes que para mi esposa —sentenció él.

Anna Julia observó todo sin pronunciar una sola palabra. Pero cuando las mujeres se alejaron, sintió una mezcla de alivio, desconcierto… y algo más. Algo que empezaba a crecer en su pecho sin saber qué era.

—Gracias —dijo en voz baja.

Juan Andrés se giró hacia ella.

—No tienes que agradecerme. Nadie tiene derecho a humillarte. Nunca.

Guillermo se acercó poco después. Su mirada viajaba de Juan Andrés a Anna y luego de vuelta.

—¿Todo bien?

—Todo perfecto —respondió Anna con serenidad.

—Te ves hermosa, mi niña —dijo Guillermo, tomando suavemente su mano—. Ese vestido te queda precioso.

Anna Julia asintió con una leve sonrisa. Pero los ojos de Guillermo no se detuvieron en ella. Miraban a Juan Andrés. Observaban esa forma en que la veía. Ese brillo sutil, esa tensión contenida. Y supo, con la certeza que solo tienen los padres, que su hijo se estaba enamorando. Aunque él aún no pudiera admitirlo.

La noche continuó, pero para Juan Andrés y Anna ya no fue la misma. Había una corriente subterránea moviéndose entre ellos, invisible, pero poderosa.

Cuando por fin se despidieron de los asistentes y regresaron al vehículo, él no dijo nada en todo el trayecto. Solo miraba por la ventana, con el ceño apenas fruncido.




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