Capítulo 18
El vehículo se detuvo frente a la residencia Villegas pasada la medianoche y los tres bajaron en absoluto silencio.
Guillermo se despidió con un beso en la mejilla de Anna y una palmada fugaz en el hombro de su hijo, antes de encaminarse hacia su habitación, conteniendo una punzada fuerte que parecía atravesarle la cabeza.
Juan Andrés lo observó alejarse con el ceño ligeramente fruncido, pero no dijo nada. Caminó junto a Anna hasta la escalera que los llevaría al piso superior. Ambos iban con pasos lentos, como si buscaran prolongar el tiempo, como si no supieran cómo dejar atrás todo lo que había pasado en la gala.
—Buenas noches —murmuró Anna Julia cuando llegaron frente a su habitación.
—Descansa —respondió él, un poco más seco de lo que hubiera querido.
Anna cerró la puerta y apoyó la espalda en ella por unos segundos, como si el aire se le escapara del pecho. Se quitó los tacones y caminó descalza hasta la ventana.
Afuera, la noche estaba en calma, pero dentro de ella había un torbellino.
Quería llamarlo. Lo deseaba con una intensidad que le daba miedo. Pero no tenía una excusa válida. No una que no delatara lo mucho que pensaba en él, en sus gestos, en cómo la había defendido, en cómo la había mirado como si fuera lo único real en medio de toda esa gente de porcelana.
Así que se sentó al borde de la cama, abrazó una almohada y esperó que el sueño la venciera. Pero no llegó.
Al otro lado, Juan Andrés se desabrochó el cuello de la camisa, se quitó el reloj y abrió el minibar. Caminaba de un lado al otro de su habitación como si buscara una excusa para salir, para ir a buscarla. Para tocar la puerta y verla una vez más.
Pero no era prudente y lo sabía.
Si cruzaba esa línea, no habría vuelta atrás. No ahora que todo se sentía tan frágil, tan cargado de matices que ni él mismo podía definir. Así que se dejó caer sobre la cama, con el brazo cubriéndole los ojos, reprimiendo el impulso.
El reloj marcó las tres de la mañana cuando ambos, agotados de tanto esperar un gesto que no llegó, terminaron por quedarse dormidos. En habitaciones distintas. A unos pasos de distancia. Divididos por el peso de lo que no se atrevían a decir.
El amanecer llegó, Guillermo, impecable como siempre a pesar de las ojeras y del dolor agudo que le pinchaba la cabeza, los esperaba en la entrada con una sonrisa forzada.
—Que tengan buen viaje —dijo, abrazando primero a su hijo y luego a Anna.
—¿Estás bien? —preguntó ella, notando que su abrazo había sido más débil de lo habitual.
—Claro, hija. Solo dormí mal anoche. Nada que una taza de té no pueda curar —mintió, ocultando el temblor en sus manos.
Juan Andrés lo observó con atención. Sabía cuando su padre mentía. Pero él se le adelantó, dándole una palmadita en el pecho.
—No me mires así. Estoy bien, y no quiero que llegues tarde a tu reunión por mi culpa.
El chofer los esperaba con el equipaje listo. Subieron al vehículo sin más palabras, aunque Anna no pudo evitar mirar hacia atrás. Guillermo los saludaba desde la puerta, con la mano en alto y el rostro pálido. Una figura fuerte que, sin embargo, parecía apagarse de a poco.
El vuelo fue tranquilo. Ambos viajaban en primera clase, con suficiente espacio como para no sentirse incómodos, pero no tanto como para ignorarse. Juan Andrés hojeaba un informe en su tablet, mientras Anna leía un libro que no terminaba de captar su atención.
—¿Te molesta volar? —preguntó él de pronto, rompiendo el silencio.
—No. En realidad me gusta. Me da la sensación de estar suspendida en una especie de limbo.
—Yo odio volar. Pero... supongo que es bueno que ti te guste.
—A veces sí. Depende de lo que quieras dejar abajo —respondió ella, sin mirarlo.
Él la observó de reojo. Estaba seguro de que se refería a más que un paisaje.
—¿Y tú? —preguntó ella entonces—. ¿Porque no te gusta volar?
—Prefiero tener los pies sobre la tierra. Controlar cada movimiento.
—No se puede controlar todo, Juan Andrés.
—Tú lo haces ver muy fácil.
—No lo es. Pero lo intento.
Hubo una pausa. Ambos volvieron a sus respectivas actividades, pero la tensión se había aflojado. Como si, al menos por ese instante, hubieran encontrado un punto común.
Llegaron a su destino cerca de la medianoche. El hotel Polaris, uno de los más lujosos de la ciudad, los recibió con discreción y eficiencia.
—¿Segura de que quieres dormir conmigo esta noche? —preguntó Juan Andrés, mirándola fijamente.
—Es tu habitación. Yo solo estoy de paso —respondió ella, sin intención de discutir—. Pero puedo soportarlo.
La suite era enorme, decorada con tonos marfil, dorado y azul cielo. Tenía una vista panorámica de la ciudad, una sala privada con chimenea, y dos dormitorios separados por un muro de cristal.
—Impresionante —murmuró ella, caminando hasta la terraza.
Juan Andrés la siguió con dos copas de vino que había tomado de la mesa. Le ofreció una sin hablar, y ella la aceptó. La brisa nocturna era fresca y había algo en el ambiente que invitaba a relajarse. O a bajar la guardia.
—¿Te sentiste incómoda en la gala? —preguntó de pronto.
—No. Al contrario. Fue… revelador.
—¿Revelador?
—Ver cómo te comportabas cuando alguien me atacaba. Ver cómo me mirabas. Cómo querías taparme con tu chaqueta.
Juan Andrés se tensó un poco,luego soltó una risa leve.
—No era necesario que todos te vieran así —dijo, sin darse cuenta de lo posesivo que sonaba.
—¿Así cómo?
—Tan… descubierta —respondió, y al darse cuenta de lo que había dicho, desvió la mirada.
Anna lo miró largo rato. Luego rió suave.
—A veces olvidas que no soy tuya, Juan Andrés. Solo estamos casados en papel.
—Lo sé. Pero me da igual. No puedo evitar sentir que me perteneces, Anna. Así sea por ese maldito papel.
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Editado: 30.08.2026