Capítulo 19
Juan Andrés se despertó con los primeros rayos del sol. No había dormido bien en toda la noche. Había soñado con su aroma, con su risa, con la cercanía insoportable de su cuerpo durante la noche anterior.
Se sentó en el borde de la cama y pasó una mano por su rostro, como si quisiera borrar los restos de aquel sueño confuso.
Un movimiento detrás del vidrio esmerilado que separaba su habitación del dormitorio de Anna captó su atención.
Era ella.
Anna se había levantado antes del amanecer. Con el cabello aún desordenado, caminaba por la habitación contigua, ajena a que él estaba despierto, mirándola. La luz suave se filtraba por las cortinas, y su silueta se delineaba con una precisión que le robó el aliento.
Anna se quitó la camiseta con la que había dormido, dejando al descubierto la curva perfecta de su espalda. Juan Andrés tragó saliva con dificultad. No podía verla por completo, pero el vidrio le permitía imaginar más de lo que debía.
Su cuerpo reaccionó de inmediato, como si toda la sangre corriera directo a donde no debía.
La vio inclinarse hacia la maleta, buscando su ropa interior. Sus muslos se movieron con destreza, sus brazos largos alcanzaban con calma cada prenda. Cada gesto parecía deliberadamente provocador, aunque él sabía que no era así.
Juan Andrés apretó los puños y desvió la mirada, pero sus pensamientos ya lo traicionaban. Palabras como deseo, posesión y necesidad lo asaltaban con una violencia primitiva. Cerró los ojos un instante, pero bastó para que la imagen se grabara con más fuerza aún.
Se levantó, caminó al baño y abrió la ducha de agua fría.
El golpe del agua sobre su piel apenas ayudaba. Respiraba profundo, apoyando la frente contra los azulejos fríos.
"Es solo deseo", se repetía.
Pero era una mentira que se volvía más frágil con cada día. La deseaba, sí. Pero también la admiraba. Se sorprendía escuchándola, queriendo verla sonreír, queriendo que estuviera bien.
Y eso… eso era más peligroso que cualquier fantasía.
Anna terminó de arreglarse sin saber que había sido observada. Se puso un vestido entallado en tono gris perla, sobrio pero elegante, con unos pendientes discretos y el cabello recogido en una coleta baja. Se miró al espejo una última vez. Tenía que lucir profesional. Debía parecer que lo tenía todo bajo control.
A las ocho en punto, ambos bajaron juntos al restaurante del hotel. El salón estaba decorado con una elegancia minimalista, y una mesa reservada cerca de la ventana los esperaba con una vista impresionante de la ciudad.
Los clientes ya estaban allí: dos empresarios irlandeses, uno de mediana edad, de acento marcado y modales corteses; y otro más joven, de sonrisa audaz y ojos que no tardaron en posarse sobre Anna con un interés que Juan Andrés detectó de inmediato.
Ella saludó con amabilidad, se presentó y se sentó justo frente a ellos. Juan Andrés se colocó a su lado, marcando territorio con un gesto sutil de autoridad.
El desayuno comenzó con una conversación ligera sobre la ciudad, el clima y el hotel. Luego, uno de los irlandeses quiso saber más sobre el nuevo proyecto de arquitectura sostenible que la empresa planeaba lanzar.
Anna tomó la palabra. Explicó el diseño de los módulos, las opciones de materiales ecológicos, el enfoque funcional que había propuesto para reducir los costos sin sacrificar calidad. Sus manos acompañaban las ideas con movimientos fluidos, y su voz, aunque suave, no dejaba espacio a dudas.
Juan Andrés la observaba de reojo. Al principio con simple atención, pero luego con algo que lo sorprendió aún más. Orgullo.
No era solo una mujer hermosa. Era inteligente, práctica, tenía visión.
El irlandés más joven, sin disimulo alguno, la miraba de una forma que hizo que Juan Andrés apretara la servilleta entre los dedos.
—Demasiado impresionante, señora Villegas —dijo el hombre con una sonrisa cargada de segundas intenciones—. Debo decir que me resulta placentero escuchar a una mujer tan bien preparada.
—El placer es mío, señor Kearney. Aunque prefiero que se impresione por mis ideas, no por mi género —respondió ella con naturalidad, sin perder la sonrisa.
Juan Andrés esbozó una pequeña risa. Así era ella. Directa. Firme. Y, sin embargo, sutil.
La reunión terminó con un brindis por el futuro del proyecto, y ambos socios se retiraron, satisfechos. Mientras que Juan Andrés firmaba unos documentos, Anna aprovechó para levantarse y caminar hacia el ventanal, mirando la ciudad en silencio. Él la siguió con la mirada.
¿Qué estaba pasando con él?
Había comenzado todo como una estrategia. Una obligación. Una manera de cumplir con su padre y resolver su problema financiero. Pero ahora, verla en acción, verla brillar, lo descolocaba.
Estaba enamorándose. Y lo peor era que no sabía cómo detenerlo.
La tarde transcurría con calma en la suite. Juan Andrés revisaba unos contratos en la sala mientras Anna hablaba por videollamada. Todo parecía estar en equilibrio hasta que su celular comenzó a vibrar con insistencia.
Era la línea directa de la casa.
—¿Sí? —respondió Juan Andrés.
La voz al otro lado de la línea sonó urgente. El tono de la enfermera que cuidaba a Guillermo no dejaba lugar a dudas.
—Señor Villegas. El señor Guillermo tuvo una recaída. Está inconsciente. El médico ya viene en camino, pero…
No terminó de hablar.
Juan Andrés ya se había puesto de pie.
—Anna —llamó desde la sala—. Es mi padre... Está mal.
Ella se quedó en silencio un segundo. Luego corrió hacia la habitación, tomó su bolso, su abrigo, su maleta y salió sin decir una palabra.
Juan Andrés la siguió. Bajaron por el ascensor sin decir una palabra, pero el aire estaba cargado de urgencia, de temor.
En el estacionamiento, el chofer apenas alcanzó a abrir la puerta cuando Anna subió al vehículo. Tenía las manos temblorosas y los ojos empañados, pero hablaba por celular, dando indicaciones precisas a la enfermera, preguntando por el pulso, la presión, las últimas medicaciones.
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Editado: 30.08.2026