Suplicando tu Perdón

CAPÍTULO 20.

Capítulo 20

El vuelo de regreso se sintió eterno. A pesar de que la distancia entre la ciudad y la clínica donde estaba internado Guillermo no superaba los cuarenta minutos en el jet privado.

El silencio que habitaba dentro de la cabina lo volvía todo más denso, más prolongado. Cada segundo se estiraba como si el tiempo mismo se negara a avanzar.

Anna estaba sentada junto a la ventanilla, con las manos entrelazadas sobre el regazo, los ojos clavados en el vacío del cielo gris. No decía nada. Pero su pecho subía y bajaba con una inquietud que Juan Andrés podía sentir incluso a la distancia.

La respiración contenida. La angustia en los labios apretados. El temblor sutil de sus manos.

Juan Andrés, al otro lado, la observaba con una mezcla de impotencia y respeto. Quería acercarse, decirle algo, abrazarla… pero no sabía cómo. No después de lo que había sentido esa mañana.

No después de haberse dado cuenta de que ya no podía mirarla sin desear protegerla con cada fibra de su cuerpo.

Al aterrizar, no esperaron al chofer. Tomaron el primer vehículo disponible en la pista, y diez minutos después ya estaban atravesando el vestíbulo principal de la clínica.

—Villegas. Guillermo Villegas —decía Juan Andrés con firmeza en recepción, mostrándole su documento al administrativo—. Quiero saber dónde está. Soy su hijo.

Mientras tanto, Anna Julia se adelantó, atravesando los pasillos que ya conocía a la perfección. Su bata blanca flotaba tras ella como un eco de autoridad que, sin embargo, en ese momento, no le servía de escudo.

Al llegar al ala de cuidados intensivos, la recibió el doctor Mauricio Peralta, un hombre de poco más de cuarenta años, tez morena, mirada cálida y trato sutil. Apenas la vio, no dudó en acercarse con los brazos abiertos.

—July… —murmuró al verla tan pálida, tan vulnerable.

Ella se dejó abrazar, apoyando la frente contra su pecho. No lloró, pero se aferró a él con la fuerza de quien se está rompiendo por dentro.

—No está en coma —dijo él, en voz baja, acariciándole la espalda—. Pero está débil. Lo estabilizamos, pero… hay daño cerebral, Anna. Y su corazón está fallando más rápido de lo esperado.

Ella levantó el rostro, y él la sujetó por los hombros, mirándola con dulzura.

—No puedes entrar —añadió con delicadeza—. El vínculo que tienes con el paciente te impide intervenir. Es política de la clínica.

—Pero yo… puedo al menos estar en la sala, puedo… —empezó ella.

—No —la interrumpió él, esta vez con firmeza—. Ya hay un equipo asignado. Tú no puedes ser parte, July. No cuando él te considera una hija más. Sabes lo que dice el reglamento.

Mauricio alzó la mano, y con el dorso le acarició la mejilla. Un gesto breve, pero cargado de una familiaridad que no pasó desapercibida.

Justo en ese momento, Juan Andrés apareció al final del pasillo. Se detuvo al ver la escena. Los ojos se le endurecieron, y el gesto en su rostro mutó a un enojo que le subía por la garganta como una ola incontenible.

Caminó con pasos firmes hasta ellos.

—¿Todo bien aquí? —preguntó, mirando fijamente a Mauricio.

El médico bajó la mano, sin perder la compostura.

—Todo bajo control. Solo hablaba con la doctora—respondió, girándose hacia Juan Andrés.

—La doctora Anna Villegas —añadió Juan Andrés, remarcando el apellido—. Mi esposa.

El énfasis no fue casual. Ni tampoco la manera en que tomó la mano de Anna Julia, enlazándola con la suya como si necesitara marcar territorio.

—Te agradecería que no vuelvas a tocarla así —añadió en voz baja, casi en un murmullo cargado de tensión—. Ni aunque sea con buenas intenciones.

Mauricio arqueó apenas una ceja, luego dio un paso atrás.

—Lo lamento. Fue un gesto profesional —respondió, con calma.

—A mí no me pareció tan profesional —replicó Juan Andrés sin soltar la mano de su esposa.

—Basta —intervino Anna, sacudiéndose suavemente—. Juan Andrés, él es solo un colega. Mauricio me formó durante mi internado en esta clínica. Lo conozco desde hace años. No hay nada más que eso.

Pero Juan Andrés no la miró a ella. Mantenía la vista fija en el médico, como si sus palabras no bastaran para borrar la incomodidad que se le había incrustado en el pecho.

—Está bien —dijo finalmente—. Pero quiero dejar claro algo: soy su esposo. Y no me agrada ver cómo otro hombre se acerca a ella con esa… confianza.

Mauricio alzó las manos en señal de paz.

—Lo comprendo, señor Villegas. No volverá a suceder.

Anna desvió la mirada, sintiéndose atrapada entre dos mundos. Su vida profesional y su vida conyugal chocaban de frente, y ella estaba justo en el medio.

Minutos después, tras cambiarse y seguir el protocolo de seguridad, Anna logró ingresar a la UCI como visitante. Entró en la habitación donde Guillermo yacía conectado a diversos monitores, su respiración sostenida por una cánula nasal, y la palidez de su rostro haciéndolo parecer más frágil de lo que jamás lo había visto.

Al verlo, los ojos de Guillermo se abrieron lentamente.

—Mi niña… —susurró con voz rasposa, apenas audible.

Anna Julia se acercó a él, tomando su mano con cuidado.

—Estoy aquí. Todo va a estar bien —dijo, luchando por no romperse.

Guillermo esbozó una sonrisa débil.

—No digas eso… Yo ya lo sé. Sé que el final se acerca. No quiero más intervenciones… solo quería despedirme a mi manera.

Anna negó con la cabeza, tragando el nudo que se le formaba en la garganta.

—No. No digas eso.

—Escúchame, por favor —insistió Guillermo, su mirada aún fuerte, lúcida—. Solo me queda una cosa por ver antes de irme… Y es a ustedes… juntos. Formando una familia. Con un hijo. Ese sería mi mayor deseo.

Anna sonrió, pero no pudo responder. Porque el mero pensamiento le revolvió el estómago.

Un hijo. ¿Cómo decirle que no estaba lista? ¿Que ni siquiera sabía si alguna vez lo estaría?




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