Desde la cima vertiginosa del rascacielos, el mundo se extendía como un mapa mudo, un tapiz de luces y cabezas hormigueantes. Mi mirada, sin embargo,se clavó en un punto concreto, en la base misma de esa vorágine humana. Dos figuras, vestidas con el uniforme autoritario de la Guardia Metropolitana,
arremetían con brutalidad contra un joven.Sus gemidos, débiles y desgarrados por el esfuerzo, lograban ascender hasta mi altura, perforando el rumor de la ciudad. Los guardias lo sometían a rastras, una imagen de poder impune."Debería salvarlo," la voz de la conciencia era un susurro urgente. Las soluciones fáciles, como una llamada a la Guardia, eran una burla. El tiempo se consumiría en burocracia, y en esa marea de gente, el rescate sería imposible. Si no actuaba, esa inacción se convertiría en una cicatriz imborrable en mi espíritu.
La decisión fue un fogonazo: saltar. Intervenir de inmediato, antes de que ese chico fuera engullido por la oscuridad. Estaba al borde del abismo, listo para entregarme a la caída, cuando una punzada gélida me perforó la sien. La jaqueca, esa vieja conocida, anunció su llegada. Cerré los ojos.
Entonces, ella. Su recuerdo. La imagen de la mujer, su rostro sabio, sus palabras: "Siempre hay que saber la raíz de todo para encontrar la respuesta." Esa frase. Un clic ensordecedor en mi mente. ¡Una desperticia! Saltar a ciegas era un acto heroico, sí, pero también suicida. No. Primero la raíz. Activé mi ruta, trazando el camino a través de los techos fríos de la ciudad. Saltando entre cornisas y parapetos, seguí a mis presas mientras se dirigían hacia el laberinto de los barrios bajos. Ya están lo suficientemente lejos como para perderse entre la multitud, calculé. Los vi desaparecer en un bar abandonado y destartalado.
¿Qué estarán tramando? ¿Actuar o esperar? La respuesta fue un eco frío y familiar en mi pecho. No. Si esperaba, él moriría.
Me lancé, aterrizando con la suavidad de un fantasma sobre el tejado desmoronado del bar. Busqué grietas, agujeros. La estructura era un esqueleto ruinoso
Perfecto para la observación pensó: Un estudiante recién salido de la academia, secuestrado y llevado a un lugar así. No parece un "plebeyo". Es probable que la familia sea rica. Tienen
Me pegué a un tragaluz roto, agudizando el oído En el interior, las voces eran ásperas.
—Oye, ¿estás seguro? —preguntó Jonh, su tono rezumando ansiedad.
—Sí, pero... —comenzó Miguel. Jonh lo interrumpió, la preocupación palpable: —Amigo, no es por sonar mal, pero la Hechicera Suprema acaba de llegar a la capital y encima con esta maldita fiesta ya lo que estamos haciendo es un peligro
—y encima las pilares — añadió otro
Miguel les cortó con un tono más duro, teñido de miedo: —Escúchenme bien. Estamos haciendo esto porque no queremos que nuestra cabeza termine en una estaca. Y ya llegamos. Delante de ellos, el bar fantasma. Y en la entrada, como buitres, los esperaba un pequeño grupo. ¿Una banda? ¿Y son tan idiotas para actuar en este día, con toda la seguridad que hay
Mis pensamientos fueron interrumpidos. El estudiante fue empujado sin piedad hacia el interior. Ah, demonios. Al asomarme por un agujero más grande, sentí un escalofrío. La atmósfera se había vuelto pesada, densa, como si el aire mismo se hubiera estancado. Entonces, de una habitación trasera, emergieron dos figuras. Una era alta, con una musculatura que parecía la de una nevera
industrial —el puro músculo—. El otro, de aspecto más común, más escurridizo.
—Señor Miguel —habló el hombre normal, con una falsa educación. —Aquí está. El pobre estudiante fue lanzado contra el suelo duro.
—¿Hubo problemas? —preguntó el musculoso, tomando la palabra.
—no —respondio Jonh
—¿Testigos?
—Sí, pero tomamos "prestado" un uniforme de la guardia y lo trajimos aquí. Un tercero, visiblemente molesto, preguntó: —¿Los siguieron?
—No, nos aseguramos, Señor Alpha —respondió Miguel con sumisión.
{¿Alpha? Qué nombre más estúpido.} El pensamiento me hizo sonreír bajo la máscara, pero el alivio duró un instante. Un ataque rápido, certero, vino desde una posición que no había detectado. El hombre escurridizo habló.
—Pues... ¿qué es esa rata que trajeron aquí?
Me erguí, dejando caer trozos de escombros. La burla era mi escudo.
—¿Tu nombre es Alpha, verdad? Sin ofender, pero qué nombre tan estúpido —me burlé, sintiendo su rabia.
Alpha respondió, con un tono dangerously tranquilo: —¿Te burlas de mi nombre y no supiste esconder bien tu presencia?
—Sí, mala mía, pero tu nombre, por favor. ¿Y qué? ¿Dónde está tu Omega, jaja?
—Atrás de ti.
Un golpe demoledor. Un dolor cegador. Atravesé la pared endeble del bar como un proyectil.
—¡Mierda! —Escupí el polvo. Alpha continuó, imperturbable: —Habla demasiado. —Y el grandulón, el Omega no oficial, se preparó para avanzar.
—Puff, imbécil, tragué polvo... —Me sacudí los escombros
—Ah, el estúpido ese es fuerte. Me lanzó al noveno carajo. Me recuerda a mi madre, bueno, ya qué. Me levanté, recomponiendo mi postura y mi tono.
—No me presenté como es debido —dije, quitándome el polvo. —Mi nombre es Nadie.
Alpha frunció el ceño. —¿Nadie? No jodas con esa...
—Sí, me llamo así. Mis padres, cuando decidieron mi nombre, debieron estar viendo el paraíso. Pero, como siento las ganas que hay... ¿vamos con la acción, sí?
—Al fin dices algo bueno. Y con la furia contenida de un depredador, Alpha se lanzó contra Nadie. La pelea había comenzado.
Editado: 18.06.2026