En el silencio donde el corazón respira,
nace tu nombre…
como un rayo tierno que rompe la sombra.
No sé si fue destino, fe
o un soplo divino,
pero hay miradas que llegan
para quedarse en la piel del tiempo.
Tú fuiste eso.
Un susurro suave,
un refugio inesperado,
una luz que tocó mi pecho
y dijo: “Aquí también puedes sanar.”
Y desde entonces,
cada latido lleva un rastro tuyo,
como si el universo supiera
que algunos encuentros
no son casualidad,
son rescates.
Y sí…
cuando cierro los ojos,
aún escucho tu voz hecha brisa,
recordándome que el amor verdadero
no hace ruido:
susurra, abraza,
y transforma.