Susurros de amor.

Manos que fundan el mundo.

Manos que fundan el mundo.

Yo sí veo unas manos de princesa,
pero no la que duerme en el mármol del deseo ajeno,
sino la que despierta la tierra
con su peso verdadero.
Manos nacidas del polvo y del pulso,
con cicatrices que no piden perdón,
manos que ha amado el cansancio
y lo ha convertido en pan.
No es suave porque sí,
es suave porque ha sido dura,
porque aprendió a no romperse
cuando el mundo apretó demasiado.
En esas manos vive la historia
que nadie quiso escribir por ella,
una historia hecha de sudor,
de noches largas,
de preguntas sin testigos.

No necesita un príncipe,
porque su reino no está en una promesa,
está en la forma en que se sostiene de pie
cuando todo intenta doblarla.
Sus callos son constelaciones secretas,
mapas donde el tiempo dejó su firma,
lugares donde la vida dijo:
“aquí dolió, pero seguimos”.
Y cuando esas manos tocan,
no tocan la piel solamente:
tocan el pasado,
tocan la herida,
tocan el futuro posible.

Las manos más bellas
no son las que nunca sangraron,
son las que aprendieron a sostener el amor
sin soltar su propia alma.
Yo no veo unas manos sin corona.
Yo veo unas manos
que se hicieron reinas
cuando decidieron no rendirse.




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