Susurros de cristal

1. UN VERANO SIN SOL

Todo sucedió hace tiempo. Al principio creí que era un sueño, pero pronto entendí que no era fruto de mi imaginación... ni de la de nadie más.
Me vi obligada a exiliarme al extranjero, temiendo acabar como tantos de mis conocidos: estrangulados, quemados en la hoguera o lapidados. Finalmente llegué a Colchester, en Essex.

Me instalé en una modesta casa en el centro de la ciudad. Vivía sola, sí, pero en paz.

Durante un tiempo, pensé que aquel lugar sería un refugio seguro. Empecé a conocer a gente, que se podían denominar gente muy agradable, podría arriesgarme a decir que es uno de los lugares más felices en las que he vivido.

Todo estaba yendo como era de esperar, hasta aquel día. Era el 21 de junio, un verano por la mañana.

Recuerdo perfectamente del ambiente que hacía, y de la sensación que daba ese primer día de verano. Pero, era diferente a los demás veranos.

El sol no resplandecía como lo hacía habitualmente, las calles vacías, no había niños jugando en los parques, los mercados completamente cerrados...

Yo tenía la creencia de que hubiese algún festivo, aunque de los tres años que llevo viviendo en esa pequeña cuidad, nunca recuerdo que haya pasado algo así.

Me topé con un hombre de avanzada edad, al cual decidí preguntar:

—Buenos días, señor — me dirigía a él con cierta inseguridad.

—Buenas joven— respondió amablemente.

— ¿Sabes que ocurre hoy? Todo se ve muy... extraño.

Él señaló con el dedo hacia un quiosco. Me acerqué y leí el titular que sobresalía en primera plana: DESAPARECE LA HIJA DEL DIPLOMÁTICO MÁS IMPORTANTE DEL PAÍS.

El estómago se me encogió. Intenté leer más, pero no había pistas. Solo se mencionaba que la joven tenía dieciséis años.

Y yo como mi trabajo de investigadora, resaltó en mí el deber de recurrir a dicho suceso que cambió el mundo en poco tiempo.

Cogí inmediatamente el teléfono para llamar a mi compañera de trabajo, Amelia.

Una gran chica.

Talentosa, ambiciosa y, sobre todo, digna de confianza. Su porte elegante, acompañado con sus ojos verdes esmeralda que hechizaban.

Me cogió el teléfono al momento.

— Hola, ¿qué tal estas, espero que bien? — dije con una pequeña sonrisa en la boca.

— Olivia, ¡cuánto tiempo! Estoy muy bien gracias por preguntar — dijo amablemente.

—Amelia, te necesito para un caso. Creo que ya sabes lo que ha ocurrido recientemente, por lo que te necesito como compañera en esta misión.

—Si, la verdad es que es una pena, aunque no se si nombrarlo pena o tragedia. Estaré encantada de acompañarte en el caso, aunque espero no tener que enfrentarnos a un posible asesino solas.

—Nadie ha dicho que tengamos que enfrentarnos a él, bueno si es la única opción que nos queda, ¿por qué no?

Su risa ligera alivió la tensión.

—Quedamos esta tarde en la cafetería.

Colgué y regresé a casa, decidida a investigar más. En el camino, me ocurrió algo inquietante: al otro lado de la calle, había un coche negro detenido, con los cristales tintados.

El motor estaba apagado, pero el calor del tubo de escape me indicó que acababa de llegar.

Me quedé mirando, incómoda.

En ese instante, el interior se iluminó un segundo: alguien encendió un cigarrillo. Alcancé a distinguir una barbilla, una silueta, unos ojos que brillaron en la oscuridad.

Di un paso hacia atrás. Entonces, el motor rugió de pronto y el coche se alejó con brusquedad, perdiéndose al doblar la esquina.

Me quedé helada, con la sensación de que esa mirada había sido únicamente para mí.
Clavé los dedos en el periódico que aún sostenía. Algo me decía que ese caso no era un simple secuestro.

Ese día, el verano comenzó con sombras. Y yo estaba a punto de entrar en ellas.

En casa, me preparé algo ligero y seguí revisando notas. Entonces sonó el teléfono.

Número desconocido.

Dudé en contestar, pero lo hice. Al otro lado, solo escuché respiraciones fuertes.

— ¿Hola?, nadie respondía, pero las respiraciones eran cada vez más fuertes.

— ¿HOLAA? — repetí más de una vez sin respuesta clara, por lo que decidí terminar la llamada.

Tras varios minutos, elevé la vista hacia el reloj de color marrón de madera que me regaló mi madre tras comprar mi pequeña casa.

Faltaba media ahora para encontrarme con Amelia. Recogí todos los papeles que había en mi oficina de trabajo y bajé para salir.




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