Susurros de cristal

3 UN BRINDIS EN LA PENUMBRIA

Al abrir el sobre me encontré una invitación a una cena, a las nueve, en el restaurante Pavilion.

Me sorprendió encontrármela encima de la mesa, sabiendo que mi casa estaba completamente cerrada, hasta las ventanas.

Aquello significaba que alguien había entrado sin dejar rastro. El misterio estaba yendo demasiado lejos. Sospeché de Amelia, era la única que aún tenía copia de las llaves. Decidí llamarla.

La historia de todo esto proviene de mi primer año al llegar a Colchester.

No tenía a nadie, venía nada más que con el dinero escaso y justo para sobrevivir.

Me llevó días buscar dónde vivir y un trabajar. Eso no implica que no tenía estudios, el problema era la experiencia y el idioma requerido para comunicarse.

Pasando por al lado de una oficina, estaba saliendo Amelia. La verdad fue la única persona que tuve el valor de dirigirme a ella desde que puse un pie en Colchester.

Me permitió vivir en la casa que tengo actualmente. Al principio ella era inquilina, me ayudó a alojarme con ella y conseguirme un puesto de trabajo.

En la casa no solo estaba ella, también había varias chicas conviviendo, pero no se quedaron ahí por mucho tiempo. Finalmente quedamos solo Amelia y yo, que cuando se casó con su pareja, Edgar, se mudó.

Después de unos meses e incluso años he conseguido comparar la casa. Vivía en ella feliz y tranquilamente, pero ahora, tras la aparición de este caso, está cambiando todo.

De todo esto viene la idea de que Amelia tenga todavía las llaves de la casa y me haya dejado la invitación sobre la mesa.

Procedí a la llamarla, aunque tardó un poco en responder.

— Olivia, ¡qué alegría escucharte! Pensé que te había pasado algo, fui a tu casa y no estabas. Tampoco respondías al teléfono. ¿Qué ocurre? — dijo con voz preocupada.

— Nada grave. He estado muy ocupada, siento haberte preocupado. Encontré una invitación en mi mesa. ¿La dejaste tú?

—Sí, pase por allí. Me la entregaron en la oficina; me dijeron que alguien la dejó en la secretaría para nosotras. Preferí dejarla a dentro, no quería que el viento se la llevara.

Suspiré aliviada, aunque la inquietud seguía dentro de mí.

— ¿Y sabes quién nos invita?

—No. Solo dijeron que era importante y que fuéramos. Si quieres, paso por ti a las ocho y media. Así me quedo tranquila.

—Gracias, Amelia. Te lo agradezco.

Al terminar mi conversación por teléfono me quede más tranquila, pero la duda persistía. ¿Quién estaría detrás de todo esto?

De paso al baño para ducharme, y así despejar mi mente. La camiseta manchada de sangre llevaba horas esperándome en el baño. No sabía cómo llevar adelante ese tema. ¿Cómo había terminado así, sin heridas propias?

La guardé, como pista, única pista que tenía.

Intenté arreglarme y ponerme mis pertenencias más lujosas para la ocasión. No sabía qué esperar de aquella cena, pero intuía que sería decisiva.

Había llegado la hora de bajar y ya me estaba esperando Amelia.

Alcé la vista en el gran espejo que tenía al lado del armario, podía apreciarse como el vestido rojo de terciopelo se ajustaba a mi cuerpo con delicadeza y un trazado suave y elegante.

Mi peinado de moño ligeramente despeinado concierta ondas sueltas que me caían cerca de los ojos hacían destacar el corte del vestido sin hombros acompañado por un leve collar de rubí rojo.

Desvié la mirada enfocando a vista a lo que tenía atrás, en mi mesita de noche estaba mi bolso junto a lo que me gusta llamar mis amuletos.

Me acerque a la mesita con lentitud, cada paso acompañado por el taconeo que se producía por la punta de aguja del par de tacones negros contra el suelo de parqué de la habitación me hacía recordar con más vividez cada sentimiento y recuerdo.

Tomé lo único que me sigue recordando a mi familia: los pendientes de mi madre y la chapa de policía que mi padre me regaló de pequeña. Siempre confío en mí, aunque no siempre llegó a mostrarlo con palabras, pero sus pequeños gestos hacían saber lo mucho que me apreciaba.

Sabía que nunca iba a perderlos, eran los objetos que me acompañaban en los momentos difíciles, que me hacen sentir que siguen ahí.

Siempre me han dicho que mi padre había muerto, pero yo nunca me he creído eso. Sabía que algún día volvería a verlo. Estaba convencida de que la tumba en la que todo el mundo dice que descansa su cuerpo, estaba vacía.

Amelia se encontraba en su coche, esperando atentamente a mi salida. Estaba radiante, aunque no era la primera vez que iba a presenciar su belleza.

Su vestido verde destacaba el color de sus ojos aún la falta de luz del momento, cómo su pelo caía sobre sus hombros y sus pendientes parecían ocultarse entre él.

Subí al coche y me saludó con una leve sonrisa que le iluminaba la cara.

En todo el trayecto, estaba planteándome la idea de contarle lo que me ha pasado. No quería preocuparla más, y sabiendo como es, va a rechazar seguir con el caso por miedo a sus seres queridos.

—Te noto rara, Olivia, ¿Seguro que estás bien?

—Sí, solo cansada. Ha sido un día largo.

—Con este caso, todo parece complicarse, pero tengo fe en que lograremos resolverlo- dijo con una confianza que se percibía a través del brillo de sus ojos.

Tras el largo trayecto, lleguemos delante del restaurante. Desde fuera no parecía nada especial, pero al entrar comprendí su elegancia discreta.

Allí estaba James, esperándonos en la puerta del restaurante. Nos saludó con afecto y nos guio hasta la mesa, donde se encontraba un joven.

Su belleza, perceptible desde lejos, se volvía cada vez más deslumbrante a medida que nos acercábamos. Vestía un impecable traje negro, bajo el cual asomaba una camisa blanca, nítida como la primera nevada del invierno. Sus ojos marrones, a simple vista humildes, sugerían la existencia de secretos cálidos, destacaban con ese cabello negro levemente ondulado.

Su rostro, pequeño, pero perfectamente delineado, destacaba por una mandíbula firme y elegante. Y aquella sonrisa... perfecta, desprendía una amabilidad sincera, un cariño palpable que acariciaba el ambiente.




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