Susurros de cristal

4. SOMBRAS ENTRE PAREDES

El ambiente en aquella sala privada era suave y envolvente. A pesar de su decoración sencilla, todo tenía un aire especial, como si ese lugar tuviera la capacidad de guardar secretos sin juzgarlos, de escuchar sin delatar.

Nos sentamos en el sofá en forma de "L", dejando a Amelia y James frente a frente, mientras Henry se sentó a mi lado, a una distancia respetuosa, pero no indiferente. La iluminación era tenue, como si el lugar mismo nos invitara a hablar en voz baja, a confesar verdades que ni siquiera sabíamos que teníamos dentro.

—Henry... ¿por qué ahora? —pregunté, sin mirar directamente, observando uno de los libros en la estantería, uno sin título visible, con la encuadernación desgastada.

—¿A qué te refieres? —dijo con calma, girando ligeramente hacia mí.

—No sé... simplemente, tengo la sensación de que esto no es solo una cena. Es como si tú supieras más de lo que aparentas. Como si todo estuviera cuidadosamente planeado —respondí, ahora sí, cruzando mi mirada con la suya.

Su expresión cambió levemente. Una sombra cruzó sus ojos, pero fue tan fugaz que casi me convenzo de haberla imaginado.

—No estás equivocada. Pero no puedo contarte todo ahora. Solo te diré esto: lo que está pasando no empezó contigo, Olivia. Empezó mucho antes... y tú solo acabas de entrar al tablero.

—¿Y quién mueve las piezas? —pregunté, en un susurro.

Henry me miró en silencio, como si estuviera valorando cuánto decir. Finalmente habló, con voz baja:

—Quien menos te lo esperas.

Henry me entregó una copa de vino. Brindamos, y el sonido del cristal aún vibraba en mi cabeza cuando mis ojos se desviaron hacia la estantería.
Había un libro sin título, con el lomo gastado. Algo en él me atraía, como si me llamara.

Me levanté y lo tomé entre las manos. El polvo cubría la portada, pero en cuanto lo abrí, una hoja doblada cayó al suelo. La recogí con cuidado.

Era un recorte de periódico. El titular me hizo contener el aliento:

"Hija de diplomático desaparecida. Se sospecha de un círculo cerrado."

Lo inquietante no era el titular, sino lo escrito a mano en el borde del papel, con tinta roja, casi desvanecida:

"Ella no fue la primera."

Un escalofrío me recorrió. En ese mismo instante escuché algo, un susurro breve y apenas audible, como si viniera del propio libro:

—Olivia...

Me giré bruscamente. Amelia y James hablaban animadamente, ajenos a todo.

Henry me observaba desde el sofá, con una leve sonrisa.

Guardé el recorte en mi bolsillo y devolví el libro a la estantería, como si nada hubiese pasado.
Pero dentro de mí supe que esa noche acababa de cambiar.

Antes de que pudiera responder, Amelia interrumpió con un comentario amable sobre la decoración del lugar, rompiendo el momento. James se levantó, tomó un libro de la estantería y comenzó a leer su título en voz alta con tono de broma.

—¿"Sombras entre las paredes"? Vaya título más melodramático —dijo, riendo.

Yo, sin embargo, sentí un escalofrío.

—Por esta noche —dijo, brindando—. Por lo que vendrá. Por los secretos que están por salir a la luz.

Brindamos, y en ese tintinear de cristales sentí algo que no supe nombrar.

Era una mezcla entre advertencia y promesa.

Al rato, James y Amelia hablaron de aspectos técnicos del caso, de pistas confusas, de personas desaparecidas. Pero yo apenas escuchaba.

Solo podía pensar en la frase de Henry: "Quien menos te lo esperas."

¿Acaso ya lo conocía? ¿De dónde? ¿Y por qué su mirada me resultaba tan familiar... como si ya la hubiera visto antes de abrir los ojos?

La velada terminó entre risas suaves y agradecimientos.

Al salir de la sala, al sentir el aire fresco del restaurante, supe que algo en mí había cambiado. No por lo que se había dicho, sino por lo que no se había dicho.

Y cuando Henry me ofreció acompañarme de regreso, entendí que esa noche aún no había terminado.

Estaba a punto de comenzar el verdadero capítulo.




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