El reloj que estaba colgado en la pared marcaba las una y media de la noche, James se levantó indicando que era hora de irse mientras Amelia le acompañaba en el gesto.
Bajamos todos hasta el hall donde nos devolvían nuestros abrigos.
Quería despejarme un poco, por ello le pedía Amelia que se fuera sin esperarme. La noche había descendido con la suavidad de un suspiro, cubriendo la ciudad con su manto de sombras y estrellas titilantes.
Las luces de las farolas, tenues y doradas, salpicaban el camino mientras los ecos del día se desvanecían en la quietud nocturna, el momento perfecto para adentrarme en mis pensamientos y escuchar a mi corazón.
James también se fue al mismo tiempo que Amelia, me despedí de ellos en la puerta del restaurante, estando también Henry.
—Bueno, creo que es hora de marcharme, un honor estar contigo esta noche. Espero verle otra vez. —le dije mientras me ponía el abrigo.
—Es mío el honor de tener a alguien tan especial. — Me dirigía la frase mientras apreciaba el brillo de sus ojos que las luces que iluminaban la calle le creaban. — No quisiera introducirme de tal manera, pero ¿va a volver casa?
—No te preocupes, no es la primera vez que voy sola a casa caminando, además quiero caminar un poco, me gusta apreciar la belleza de la noche, sobre todo cuando no hay nadie, me hace sentir segura.
—Se nota que eres una persona observadora, yo también suelo serlo, aunque a veces me lleva a otro mundo fuera de lo real, aunque es extraño, me hace sentir bastante tranquilo. Seguro, sin miedo a ningún juicio.
Déjame acompañarte— dijo él, su voz suave como el viento que acariciaba las hojas secas del suelo. Sus ojos, cálidos y sinceros, me observaban con un destello de preocupación leve.
Con una ternura que no podía ocultar, apreciables bajo la luz de la resplandeciente luna llena.
Al principió dudé.
La noche parecía aún más inquieta, como si esperase una respuesta que salga de mis labios sutilmente. Finalmente, asentí con una pequeña sonrisa emergiendo en mis labios, como una flor tímida en primavera.
Caminábamos los dos bajo el techo estrellado de la luna, sin prisa ninguna, a un ritmo lento, agradable. Cada esquina del camino parecía menos fría, cada sombra menos distante.
La oscuridad ya no solo aparentaba una oscuridad ajena, sino a la vez un refugio en el que la paz del corazón descansaba.
Se podía disfrutar de aquel momento sin el brote de unas simples palabras entre esa conexión, conexión apreciablemente invisible, pero muy profunda.
Me giraba a verle, mientras se podía apreciar la felicidad que transmitía, aunque no hubiese una sonrisa que lo muestre.
—El cielo está muy bonito esta noche, ¿te ha gustado la velada? —preguntó, con un tono amable, casi como si temiera romper la magia del momento.
Él sonrió, dejando que la sonrisa iluminara su rostro con una dulzura inesperada.
—Sí, mucho. Nunca pensé que una simple conversación pudiera hacerme sentir tan... tranquila. — giré la cabeza y lo encontré mirando al frente, aunque sus ojos parecían vagar más allá de las calles conocidas, hacia un lugar que solo él entendía.
Lo observaba con una mezcla de curiosidad y ternura.
—Eso es porque hemos hablado de todo, y sin decir nada. — comenté con una risa suave, tratando de no sonar demasiado profunda.
Pero la verdad es que, en ese instante, lo sentía. Había algo en el aire que no necesitaba palabras, y, sin embargo, las que se intercambiaban parecían resonar con una claridad inesperada.
—Es raro, ¿no?, dije, girando ligeramente hacia él. Conocer a alguien y sentir que, aunque no te haya contado toda su vida, aun así, hay una especie de conexión... como si el tiempo no importara.
Él me miró a los ojos, capturando esa sinceridad que tan pocos mostraban.
—Quizás porque a veces, las palabras son solo un medio. Lo que realmente importa es lo que se dice sin hablar, — respondió él, su voz suave y decidida.
Lo observé por un instante, como si lo estuviera viendo por primera vez.
— ¿Sabes? Creo que tienes razón. Pero... ¿por qué me acompañas? No es que no me guste, claro... es solo que me siento como si estuviera metiéndote en una historia que no te corresponde.
Él rio suavemente.
El sonido de su risa como un eco lejano de algo más profundo.
—Quizás porque me gustaría ser parte de tu historia, aunque solo sea un capítulo. O quizá porque, simplemente, no quiero que termine esta noche.
Le miré, y por un momento, un ligero rubor tiñó mis mejillas.
Respondí con una sonrisa que parecía más un suspiro. Él no dijo nada más, simplemente sonrió, permitiendo que el silencio lo envolviera de nuevo, mientras continuaban su paso.
En cada paso, como si fuera una promesa tácita, el destino parecía tomar forma, haciendo que la oscuridad fuera algo más que la ausencia de luz: se convertía en un refugio compartido.
Me detuve enfrente de la puerta y me giré hacia Henry.
—Bueno, creo que ha llegado el fin del trayecto, quisiera agradecerle la invitación. He disfrutado bastante. Muchas gracias, Henry.
—Gracias a ti también por aceptar acompañarte. Tu presencia me ha hecho disfrutar mucho el momento. Nunca había apreciado tanto un simple paseo, hasta que me has hecho sentirlo como si fuera una obra sobre su lienzo, tratada y realizada con mucha cariño y amor.
—Me alegra escuchar esto. — buscaba las llaves del bolso. — si tan solo supiera que encontraría a alguien que apreciara las cosas tan simples de tal manera...
—Preferiría haberte conocido antes — termina mi frase dejándome completamente sorprendida.
Abrí la puerta, aunque sentía el presentimiento de Henry de no querer moverse de ahí.
—Ahora tengo que dejarte. Muchas gracias por todo otra vez.
Pasado un momento, no sé cómo ha acabado tan cerca mía, a una pequeña distancia casi inapreciable— distancia que me permitió darme cuenta de la verdadera belleza de sus ojos— en cambio, no me sentía inquieta.