Mientras Amelia conducía yendo rumbo a casa, se cruzó con algo que la vista humana no solía estar acostumbrada a ver.
Pasó por al lado de una casa bastante vieja, inhabitable, casi en ruinas. Todo el mundo sabía que esa en esa casa no entraba nadie desde que hubo una discusión entre hermanos y uno de ellos acabo muerto.
En principio se dice que fue un accidente, pero los vecinos no están de acuerdo de eso. Dicen que en esa noche donde tuvo lugar el asesinato, fue la única noche donde no hubo discusiones.
Realmente era una casa aislada. Desde que quedó restringido el paso a ella, nadie ya vivía al lado suya, ni tampoco nadie pasaba por aquella zona.
Todo por rumores que no se saben si verdaderamente son ciertos o no.
Pero lo que lo que vio Amelia mientras regresaba a casa era demasiado extraño.
Eran las once de la noche. Amelia estaba en coche, regresando a casa. La carretera por la que pasaba siempre estaba cortada, por lo que tuvo que dar la vuelta, pasando así, por otra calle.
Pasando, vio raramente, una luz. Estaba la luz encendida de una de las habitaciones de aquella casa. Era extraño la presencia de algo así en aquel lugar tan aislado.
En cambio, Amelia no creía en los rumores. Se detuvo por un par de minutos, observando aquella escena. Aquel momento inolvidable para su vista.
Una voz muy profunda que le decía de entrar, acabar con todo esto, pero algo, no se sabe bien el qué, la paralizaba. Dejaba perder el control completo sobre su cuerpo de forma que un miedo se desplaza por su cuerpo sin llegar a rozarla, entrometiéndose entre sus dedos sin poder captarlo.
Si pudiera desvelar los secretos que se ocultan tras el velo de todo esto, mis pensamientos ya no abrumarían mi ser, ni nublarían mi mirada, ni me condenarían a una inercia silenciosa ante lo que me rodea.
El miedo, ese temblor ancestral, se disolvería ante la certeza de que todo tiene un sentido oculto. Aun cuando mi alma no logra comprenderlo en su totalidad.
Temor tengo, sí, de permanecer prisionero en un mundo ya consumido por su propio reflejo, más la paciencia. Esa maestra sutil y sabia, me guía, constante, hacia un horizonte donde todo se esclarecerá, donde todo hallará su lugar.
Creo ser algo más que lo que la mirada común puede captar en el vasto tejido de la existencia. Soy un susurro en el viento, una brisa apenas perceptible que acaricia la superficie del océano del cosmos.
Mis acciones, diminutas e invisibles a los ojos de los otros, son hilos que entrelazan destinos en un tapiz cuya forma jamás se revelará por completo. No obstante, en esta danza de lo imperceptible, siento la fuerza de una presencia infinita, un eco que resuena en cada rincón de la creación.
En este vasto universo, donde el tiempo se disuelve y la eternidad se refleja en cada fragmento de realidad, soy apenas una chispa en la penumbra.
Un alma errante, buscando respuestas, luchando por entender la razón de su paso fugaz por este escenario cósmico.
Pero, al final, ¿quién soy en la magnitud de lo eterno? ¿Un sueño fugaz, un destello de conciencia entre la inmensidad de lo que fue, lo que es y lo que será?
La verdadera esencia de mi ser se pierde en la infinitud, y, aun así, mi búsqueda sigue, incansable, imparable, hacia un misterio que tal vez nunca alcance, pero que da sentido a mi existencia en cada latido del corazón.
Soy, al fin y al cabo, solo una pequeña partícula flotante, un suspiro entre los pliegues del infinito.
Pensaba Amelia mientras volvía a casa tras todo lo ocurrido.
Era una persona que sus acciones dependían bastante más de sus pensamientos que de su intuición. Con pensamientos un poco impulsivos. Dependía de ellos en caso de haberle dado las vueltas suficientes al asunto.
Decidió olvidar lo ocurrido, como si simplemente hubiese visto una estrella fugaz pasar, sin importancia ninguna. Ya eran suficientes los problemas que abrumaban su mente como para añadir otro más.
Horas más tarde llegó a casa. Había un ambiente de tensión muy frecuente. De infelicidad.
Amelia no tenía una buena relación con su marido desde hace meses. Desde los problemas del trabajo y el cambio de pensamiento de su marido, ese bonito sentimiento estable entre ellos dos dio finalmente al quiebre.
Hace creer que probable es que la situación nunca se solucione, que acabe, pero de manera desagradable para todos.
Edgar, su marido, estada acostado en la cama, leyendo uno de sus muchos libros. Aunque ocurriera lo que ocurriera era una persona realmente calmada, como si dentro tuviese una falta de sentimientos, de emociones, incluso de corazón y de piedad.
Toda esta calma se fortaleció tras las discusiones que tenía con Amelia.
Era la única vez en la que se le veía expresar sus sentimientos más internos de irritación, a veces acompañados con palabras hiriente, que dejaban en Amelia heridas profundas y posiblemente incurables.
Aun todo ello, ella siempre intentaba hacer que nadie de su entorno se sintiera mal. Cargaba con responsabilidades que no le correspondían solo por ver a los demás mejor.
Decidió no decir nada durante su llegada a su casa, para no arruinar el momento de paz existente en aquel entonces.
Después de estar compartiendo alegría con sus amigos más cercanos, prefería tenerlo todavía como algo existente a que se convierta en uno de los recuerdos más fáciles de olvidar.
Amelia dejó las llaves suavemente sobre la mesa del recibidor. No encendió la luz.
Conocía de memoria cada paso de su casa, cada crujido del suelo, cada sombra proyectada por los pocos objetos que decoraban aquel espacio que, alguna vez, fue un hogar cálido.
Sus pasos eran casi imperceptibles, como si intentara pasar desapercibida hasta para los propios recuerdos que flotaban en el ambiente.
La imagen de la casa iluminada volvía a su mente una y otra vez, como una gota cayendo en un estanque en calma. Aquella luz no era solo una luz. Era una presencia.