Susurros de cristal

7. EL ROSTRO BAJO LA MÁSCARA

Henry acababa de llegar a casa. Seguía pensando en el paseo que había realizado. Podía seguir presenciando esos sentimientos todavía.

Por otra parte, agotado.

Era una persona tímida, reservada y algo introvertido.

Siempre hacía de sí la versión que todos conocían. Solía sentir ese vacío, ese peso. Ese agotamiento, cuando no estaba rodeado de nadie, o cuando estaba con las personas adecuadas, que lo entendían y lo escuchaban.

Dejó las llaves en la mesa del salón y se dirigió directamente a la ducha. Un baño caliente le servirá de terapia para olvidar y deshacerse de lo que le pesaba.

Mientas dejaba el reloj y la cartera en el cajón de su habitación, mantenía la vista en la foto de su madre. Una de las mejores personas para él, en cambio, la relación que lo unía con su padre era un poco más tensa, incluso problemática.

No hacía falta palabras para presentirlo ni miradas, el silencio redundante entre ellos era una melodía apreciable, dolorosa, y preocupante. Siempre armonizada por la llegada de la madre de Henry. Todo esto para él solo es, nada más que recuerdos, tras dejarlos cuatro años atrás en Italia.

Se escuchaba el sonido del agua recayendo sobre su cuerpo, como si cada gota lavara no solo la piel, sino también una capa del cansancio que arrastraba desde hacía tanto tiempo.

Cerró los ojos y dejó que el vapor lo envolviera, recordando con nitidez aquel último día en Italia: la despedida en la estación, el abrazo largo de su madre, las palabras mudas de su padre, esa mirada que parecía esconder todo lo que nunca se habían dicho.

Mientras el agua seguía cayendo, Henry pensaba en lo fácil que era ponerse la máscara cada día: la sonrisa cortés, los gestos medidos, la conversación superficial.

En la calle, en el trabajo, incluso con los amigos, todos conocían a "ese" Henry: correcto, amable, tranquilo.

Nadie sospechaba cuánto le pesaba a veces mantenerse entero, cuánto le costaba no mostrar la grieta interna.

Cerró el grifo lentamente, como si al hacerlo también apagara los pensamientos que lo sobrecargaban, dejando que cada gota que cae se lleve con ella las preocupaciones

Tomó la toalla y se miró un instante en el espejo empañado. Su reflejo, desdibujado, le devolvía una imagen casi ajena.

Dibujó con el dedo una línea sobre el vidrio y vio sus propios ojos con claridad: había cansancio, sí, pero también algo más. Tal vez una pregunta que no quería responderse.

Se vistió sin prisa, como si al hacerlo también se construyera de nuevo.

La casa estaba en silencio.

En la cocina, puso agua a hervir para prepararse un té. El aroma del jazmín llenó el aire, suave y reconfortante.

Se sentó en el sofá, sin encender la televisión, sin mirar el teléfono. Dejó que el silencio le hiciera compañía, ese mismo que había aprendido a temer, pero que también, en cierta forma, era parte de él.

Mientras el silencio le acompañaba en su modesta presencia, seguía pensando en Olivia.

Parecía haber encontrado aquella parte de su vacío, como si se llenase al estar con ella sin importar la existencia de una conversación por medio. Sentía que había encontrado el refugio que tanto esperaba recuperar.

Pero no era lo único que ocupaba su pensamiento.

Había una niña desaparecida, cobrando por los pecados de su propio padre sin tener culpa ninguna. Puede que el dolor que sufre el padre sea parte del castigo que lo espera.

No se desea así por su oficio, sino por la persona que es. Sus actos que lo dejan reconocido como persona poco piadosa, con un corazón frío y congelado, del mismo modo que su mirada lo hace a través de esos intensos ojos fríos.

Era agosto. El señor Duarte, aún no prescindía de su alta posición jerárquica respecto a la sociedad, a una gran escala, que le hacía ver su entorno inferior. Vivía en Chelmsford en aquel entonces.

Su casa, de ladrillos oscuros y ventanas altas, dominaba discretamente una colina que ofrecía una vista parcial del río Can.

Desde allí, solía observar el ir y venir de los transeúntes con una mezcla de curiosidad y desapego, como si el bullicio cotidiano no le incumbiera del todo.

Algunos decían que hablaba poco, otros que hablaba demasiado, pero todos coincidían en que su figura imponía respeto, si no por su trato, al menos por su reputación.

Sin embargo, esa reputación no era del todo limpia. Años atrás, cuando aún tenía influencia sobre ciertos nombramientos públicos, se supo —aunque nunca se probó legalmente— que fue él quien ordenó el cierre arbitrario del asilo de St. Ethelburga, dejando a más de cuarenta ancianos sin hogar de la noche a la mañana.

Las razones nunca se hicieron públicas, pero se rumoreaba que el terreno sobre el que se levantaba el asilo había sido vendido a una empresa constructora, de la cual el propio Esteban Duarte era accionista silencioso.

Desde entonces, en el mercado y en las calles, su nombre se pronunciaba en voz baja, con una mezcla de miedo, desprecio y rencor.

Aunque nadie se atrevía a enfrentarlo directamente, era evidente que la comunidad no lo había perdonado. Los hijos de los afectados cruzaban de acera al verlo, y las ancianas del pueblo dejaban de hablar al pasar frente a su casa.

En las tardes cálidas, se sentaba en la galería con una copa de jerez, y desde allí escribía cartas que nadie sabía a quién iban dirigidas.

Decían que esperaba una asignación, un destino más alto, más digno de su carácter. Pero el destino, como suele hacer, no siempre sigue los planes de los hombres, y Duarte, sin saberlo, ya vivía sus últimos años en aquella colina, sin perder jamás esa mirada altiva que tanto lo distinguía.

Y así, en Chelmsford, quedó su memoria: tan intacta como su silencio, tan fría como el rencor que nunca se extinguió.

Pero el rencor no fue solo enfocado a su cuidad de origen, sino que le acompañó en todo su trayecto, en su vida y en cada respiración de aquellos que le rodeaban.




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