Susurros de cristal

8. CICATRICES QUE REGRESAN

(semanas después)

Amelia se despierta por los rayos de luz que atraviesan su ventana hasta rozar su rostro. El reloj que está en su mesita de noche marca las 8:30 a.m. Se despereza con lentitud, como si cada músculo necesitara recordar cómo moverse después del descanso.

El cuarto está silencioso, salvo por el murmullo lejano del tráfico que llega desde la avenida principal. Su marido, Edgar, no estaba ahí.

La brisa de la mañana entra por una rendija de la ventana abierta, cargada con el olor a pan recién horneado de la panadería de la esquina.

Se sienta en el borde de la cama, descalza, con el cabello revuelto cayéndole sobre los hombros. Mira por un momento el suelo, las baldosas frías, el par de zapatos olvidados junto a la silla, y respira hondo.

Tiene el día libre. Eso se dijo a sí misma la noche anterior cuando apagó el móvil y decidió ignorar el mundo por veinticuatro horas.

Pero, aun así, hay algo que no puede evitar sentir. Una punzada de inquietud, como una sombra suave deslizándose por la espalda. No es solo la mañana lo que ha despertado con ella. Es también un recuerdo. Uno que no ha terminado de desaparecer.

Se dirige a la cocina lentamente, como si su cuerpo no estuviese acostumbrado a estar en equilibrio. Va en busca de un desayuno, aunque prioriza siempre su café.

Consigue alcanzar la taza y la llena de café, café caliente sin azúcar, como ella prefería siempre.

La coge y se dirige hasta el salón, donde se detiene frente a la ventana que da lugar al balcón. Contempla todo minuciosamente, como siempre suele hacer.

Observa cómo la gente camina, las flores movidas por la brisa cálida de verano, el ruido vulgar creado por los coches.

Lo sigue notando todo, cuando de repente alguien toca a su puerta. Deja la taza en la mesa y se dirige a la puerta.

Se detuvo delante de la puerta, con miedo a quién sería quién se escondería tras ella.

Nunca pensó de tal manera hasta que la vida empezó a cambiar para ella, aunque todavía no sabe si a mal o si a bien.

Aunque sentía un dolor punzante en su pecho, cercano a la angustia, o al miedo, pero más paralizante. Todo cambió cuando abrió la puerta.

Tras aquella puerta se escondía una de las personas con menos relación amistosa con Amelia.

Ella.

No sabía bien que ocurría y por qué estaba ella en aquel entonces a esas horas de la mañana.

¿Qué es lo que la habrá traído hasta la puerta de Amelia para volver a reencontrarse de manera tan poco sutil?

— Vaya..., que sorpresa verte por aquí, nunca pensé que te volvería a ver más. - expresaba Amelia con dificultad por su asombro.

— Sí... la verdad, yo tampoco sé cómo he acabado aquí. Creí que era el único lugar al que nunca volvería. — decía Ella con una mirada fría.

Amelia no supo qué responder.

Su cuerpo, que momentos antes se deslizaba con la torpeza de un espíritu a medio regresar, ahora estaba completamente inmóvil, presa de una mezcla de emociones que se rehusaban a ordenarse en su mente.

La mujer en el umbral —alta, delgada, con el cabello recogido en un moño descuidado que parecía improvisado y elegante a la vez— sostenía una pequeña bolsa de tela en la mano derecha.

No parecía haber dormido. O quizá sí, pero en otro lugar, en otro tiempo.

—¿Vas a dejarme pasar o prefieres que me quede aquí explicando todo esto a los vecinos? —preguntó con una media sonrisa que Amelia no logró descifrar del todo.

Sin responder, se hizo a un lado.

Ella entró sin pedir permiso, como si nunca se hubiera ido, como si su ausencia no hubiera sido un corte seco que dejó un hueco más grande que el que cualquiera esperaría de una simple amistad rota.

Amelia cerró la puerta en silencio y se giró lentamente.

—¿Qué haces aquí, Ella? — preguntó directamente, con un tono elevado.

Ella se detuvo a medio camino hacia el salón, giró apenas el rostro, sin mirarla del todo.

—No estoy segura...Solo sé que desperté hoy con la necesidad de verte. De saber si estabas viva, si seguías tomando el café amargo sin azúcar y si todavía te quedabas mirando por esa ventana como si el mundo fuera un cuadro esperando a que lo interpretaras.

El corazón de Amelia dio un vuelco.

La taza seguía sobre la mesa, intacta. Un sorbo menos, pero aún humeante.

Ella la vio también y sonrió con una suavidad que dolía más que cualquier reproche.

—No ha pasado tanto tiempo —dijo Amelia, casi como una defensa.

—Sí lo ha pasado. El tiempo se mide distinto cuando no se habla. Cuando algo queda suspendido en el aire, como una palabra no dicha. Como una disculpa que nunca llega.

El silencio entre ambas creció como una sombra. Era denso, casi palpable.

Amelia no sabía si deseaba escuchar lo que Ella tenía para decir o si prefería que simplemente se fuera, dejando las cosas tal y como estaban: rotas, sí, pero tranquilas en su quietud.

Ella caminó hasta el sofá y se sentó sin esperar invitación. Sacó de la bolsa un cuaderno, gastado en los bordes. Lo dejó sobre la mesa, al lado de la taza.

—Es tuyo. Lo encontré entre mis cosas hace una semana. No sé cómo acabó allí. Quizás lo dejaste tú. Quizás lo guardé sin darme cuenta.

Amelia lo reconoció al instante.

Era uno de sus cuadernos de bocetos, los más antiguos, de cuando aún dibujaba compulsivamente para no sentir.

Estaba lleno de sombras, de figuras humanas sin rostro, de habitaciones vacías. De ausencias.

—¿Lo abriste? —preguntó.

—Claro que sí —respondió Ella con una honestidad casi hiriente—. Quería entender. Ver si había algo que me explicara qué pasó realmente entre nosotras.

Amelia se acercó con lentitud, como si temiera que el pasado fuera a levantarse del papel y golpearla en la cara.

Se sentó frente a Ella y tomó el cuaderno en sus manos. Estaba frío, como si hubiese absorbido el invierno de todos esos años de silencio.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.