Esa misma tarde, Olivia decidió que no podía seguir cargando con la incertidumbre sola.
Necesitaba respuestas. Y solo había una persona que podía dárselas: Henry.
Lo citó en una pequeña cafetería del centro, lejos de sus lugares habituales.
Él llegó puntual, como siempre, impecable, serio. Pero apenas se sentó y vio la expresión de Olivia, supo que algo había cambiado.
—¿Qué ocurre? —preguntó, directo.
Olivia sacó su móvil y le mostró el mensaje, sin decir una palabra.
Henry lo leyó. Una, dos, tres veces.
Su mandíbula se tensó apenas, una sombra cruzó por sus ojos mientras mantenía la mirada fija en de Olivia con una mezcla de ternura y preocupación que resaltaban en marrón de sus ojos de forma especial.
Seguía observando la foto que le tomaron a Olivia mientras el mensaje desaparecía lentamente al apagarse la pantalla del móvil.
—¿Sabes quién pudo haberlo enviado? —preguntó ella.
Él negó con la cabeza, pero ella notó que dudó. Lo conocía bien. Ese segundo de vacilación fue suficiente para despertar nuevas sospechas.
—¿Y si es verdad lo que dice? —insistió ella, bajando la voz—. ¿Y si no puedo confiar ni siquiera en ti?
Henry la miró con intensidad, como si buscara dentro de ella una certeza que él mismo ya no tenía.
Le sostuvo las manos con delicadeza mientras a acariciaba la parte superior de las manos de Olivia con su pulgar.
—No te pediré que confíes ciegamente en mí, Olivia. Pero todo lo que he hecho ha sido para protegerte. Hay cosas que aún no sabes, y tal vez sea momento de contártelas.
El corazón de Olivia se aceleró nuevamente. Ahora no por miedo, sino por la cercanía de algo importante, de una revelación que podría cambiarlo todo.
Henry suspiró y bajó la voz.
—Hace años, antes de que tú y yo nos conociéramos, trabajé en una investigación que terminó muy mal.
Una mujer inocente murió.
Y desde entonces... hay alguien que me vigila. Alguien que cree que no pagué lo suficiente por lo que ocurrió.
—¿Y eso qué tiene que ver conmigo? —preguntó ella, confundida.
—Porque tú... —dijo él, bajando la mirada—. Tú eras la hermana de esa mujer.
El tiempo pareció detenerse. Olivia se quedó en silencio. Sintió como si todo el aire hubiera desaparecido de la habitación. Separaba sus manos de las de Henry mientras los ojos se les llenaban de lágrimas
—¿Qué...qué estás diciendo? —logró murmurar.
—Tu hermana se llamaba Clara. Y trabajaba conmigo encubierta. Murió por una traición. Y he vivido todos estos años tratando de redimirme, sin saber que te encontraría a ti.
Olivia se levantó lentamente. Sus manos temblaban.
Toda su vida, su dolor, sus preguntas sin respuesta...todo se alineaba como un rompecabezas.
Y ahora tenía la pieza que faltaba.
Pero también tenía más preguntas que nunca.
—Necesito estar sola —dijo, y salió sin mirar atrás.
Henry no la detuvo.
El aire desapareció de sus pulmones. El silencio era insoportable. Pero apenas unos segundos después, el cristal de la ventana estalló en mil pedazos.
—¡Al suelo! —gritó Henry, empujando a Olivia contra el suelo. Una bala impactó en la pared, justo donde ella estaba sentada.
Los clientes de la cafetería chillaban, corriendo hacia la salida. Afuera, se escuchó el rugido de un coche que arrancaba a toda velocidad.
Temblando, lo comprendió en un segundo: alguien no quería que esa verdad saliera a la luz.
Sabía que esta vez, solo ella podía decidir qué hacer con la verdad.
Separó su cuerpo del de Olivia mientas rodeaba su cara con la palma de las manos.
— ¿Estas bien? — comentaba con tono de súplica mientras sus ojos recorrían cada facción de la cara de Olivia en busca de algún rasguño.
—Si...— se encontraban ambas miradas conectadas con el suspiro de Henry.
Durante un momento el mundo parecía detenerse. Los gritos, el humo, los pasos apresurados... todo se alejaba hasta desvanecerse.
Henry se levantó lentamente como si cada movimiento estuviese medido con precisión, todo ello, sin apartar la vista de sus ojos. Olivia sintió su aliento temblar sobre su cuerpo, como si todo en él— la adrenalina, el miedo, el amor contenido— se condensara en ese momento.
Sus labios rozaron los de ella con una delicadeza inesperada, más promesa que beso. Y luego, con una súbita determinación, se apartó.
—Tenemos que irnos— dijo ayudándola a levantarse, su mano aún aferrada a la de Olivia, como si dejarla ir fuese más peligroso que las balas.
Ella asintió, sin palabras, con el corazón tan fuerte que parecía gritar por encima del caos.
Y mientras corrían hacia la puerta trasera, sin saber quién los perseguía o qué les esperaba, ambos entendieron algo con brutal claridad:
Esa verdad podía matarlos, pero algo aún más fuerte los mantenía en pie. Es el uno al otro.