(Una semana antes)
La mansión Duarte estaba rodeada por una calma artificial. Cámaras de seguridad, guardias privados, muros altos y sensores en cada acceso. Era una fortaleza invisible, no solo construida con ladrillos y sistemas electrónicos, sino con el miedo a los enemigos políticos, a los escándalos, a cualquier cosa que podría poner en peligro la imagen perfecta de la familia más poderosa del país.
Pero esa noche, la seguridad no fue suficiente.
Isabella Duarte, hija del senador Esteban Duarte —considerado el político más influyente del país y potencial próximo presidente—, había regresado de una gala benéfica poco antes de la medianoche.
La cámara captaba como se detiene frente al frontón oficial una limusina negra de vidrios polarizados.
El chófer, Arturo Méndez, bajó como de costumbre, abrió la puerta con una sonrisa rígida, y esperó a que Isabella descendiera. Su vestido azul negro deslumbraba bajo la luz tenue de la calle empedrada.
Ella saludó brevemente a los guardias con un gesto vago y entró. Todo parecía normal.
Una de las empleadas vio como resonaban sus tacones contra el suelo de mármol del pasillo principal cuando cruzó hacia el ala norte. Llevaba el móvil en la mano y según los registros hizo una llamada de 18 segundos que nunca se concretó. Nadie sabe a quién intentó contactar.
A las 00:47, las cámaras de la mansión registraron su figura entrando a su habitación. Fue la última vez que alguien la vio.
A las 01:15, se cortó la señal de las cámaras de seguridad en todo el perímetro norte.
Duró exactamente 11 minutos.
Cuando volvió, Isabella ya no estaba.
Ni rastros. Ni lucha. Ni señales de entrada forzada.
Alguien había burlado toda la seguridad sin dejar rastro.
Y lo más perturbador: no hubo ninguna exigencia de rescate. Ni llamada. Ni nota. Nada.
La cama seguía intacta. Su teléfono móvil quedó sobre la cómoda, aún con batería. Un leve aroma de jazmín, su perfume característico, flotando en el aire.
La ventana que daba al jardín trasero estaba abierta. Pero el sensor de movimientos no se activó. Nadie había visto nada. Nadie había escuchado nada.
(Actualidad – Oficina de Operaciones Especiales)
—Desapareció hace seis días —explicó Amelia mientras señalaba la cronología en una pizarra—. Y oficialmente nadie fuera de la familia lo sabe. Esteban Duarte lo ha mantenido en secreto para evitar el caos mediático y político.
James, sentado junto a Henry, murmuró mientras revisaba los informes:
—Todo esto fue ejecutado con precisión quirúrgica. Cero errores. Cero huellas. Esto fue obra de profesionales... o alguien con acceso interno.
Henry no dijo nada, pero su mandíbula se tensó.
Olivia se cruzó de brazos, enfocando su mirada en la foto de Isabella: cabello castaño, rostro sereno, mirada firme. Tenía esa energía de alguien acostumbrado al mundo público, pero vulnerable por dentro. Le recordó a sí misma.
—¿Cuál es nuestra posición? —preguntó ella finalmente.
Amelia respondió sin dudar:
—Duarte pidió específicamente que ustedes cuatro estén al frente. Confía más en nosotros que en cualquier otra fuerza. Pero nos puso una condición...
Todos la miraron.
—Esto no puede hacerse público. En ninguna circunstancia. Si se filtra, el país entero podría entrar en pánico, y nuestras vidas no valdrán nada.
Olivia asintió lentamente, mientras en su mente recordaba como tardaron tan solamente horas en eliminarse de todos los periódicos del país dicha noticia.
—Entonces lo haremos en silencio. Y empezamos por el punto más débil del sistema: alguien dentro la ayudó a desaparecer...o permitió que ocurriera.
Henry se levantó, con la voz baja pero firme:
—Y esta vez no fallaremos.
Tras horas de investigación el grupo se dividió. Amelia y James se quedaron precisando datos de comunicaciones internas. Olivia y Henry se dirigieron al laboratorio forense donde se analizaban restos mínimos de la escena.
—¿Sabías que Isabella había estado en contacto con una periodista de investigación semanas antes de desaparecer? —preguntó Olivia, revisando una carpeta con transcripciones de llamadas.
—No. ¿Quién? —dijo Henry, frunciendo el ceño.
—Renata Del Valle. Desapareció hace tres meses. Oficialmente se dice que murió en un accidente automovilístico, pero hay cosas raras. Las últimas llamadas de Isabella fueron con ella. Y luego, silencio.
—¿Y Duarte no dijo nada de eso?
—¿Le crees capaz de no eliminar a quien pueda arruinar su campaña?
Henry no respondió. El aire entre ellos se volvió denso.
—¿Y tú? —preguntó Olivia, cruzando la mirada con la suya—. ¿Realmente crees que Isabella fue secuestrada... o que se fugó con ayuda?
Henry tardó en contestar.
—Creo que sabía algo que no debía. Algo que la convirtió en un riesgo, incluso para su propio padre.
Olivia apretó los labios. La misma duda le carcomía la cabeza desde el inicio.