Susurros de cristal

14. ENTRE AMOR Y AUSENCIA

En plena oficina Amelia recibe una llamada, coge el teléfono. Tras escuchar lo que se esconde, queda en profunda sorpresa, sin capacidad de hablar, reaccionar, o saber que pasará desde ahora.

Olivia se levantó de su sitio, dirigiéndose a ver que le ocurría, arrastró la silla con cuidado para evitar hacer ruido y entonces fue cuando se sentó y tuvo el coraje de preguntarle a pesar de ver su situación.

Las lágrimas recorrían cada parte de su cara, llenando surcos que antes estaban marcados por las intensas sonrisas que desprendía, mientras ahora se transformaban solo en recuerdos.

- ¿Te sientes bien Amelia? No te presionare a que lo cuentes, pero, si en algún momento necesitas contarlo, estaré aquí. - decía con voz floja y leve, sin intentar molestar.

- Edgar..., Edgar ha sufrido un accidente y ahora está en coma. - lo explicaba con dificultad mientras se le hacía un nudo en la garganta.

Olivia la miró con los ojos muy abiertos, como si no pudiera procesar lo que acababa de escuchar.

El silencio que se hizo entre las dos no fue incómodo, sino denso. Un espacio contenido de respeto, como si el mundo se hubiera detenido por un segundo.

—Amelia... —dijo al fin, con voz muy baja, casi un susurro—. Lo siento tanto.

Amelia no respondió.

Miraba un punto invisible más allá de la ventana, como si el paisaje pudiera darle una respuesta, o al menos consuelo.

Sus dedos temblaban ligeramente sobre la taza de té ya frío que sostenía.

—Fue hace tres días —dijo finalmente—. Nadie me avisó de inmediato...su familia siempre ha sido un poco cerrada conmigo. Supongo que no sabían si yo... tenía derecho a saberlo.

La amargura apenas se asomaba en su voz, pero Olivia la notó.

Se inclinó un poco hacia adelante, sus rodillas rozando las de Amelia en el borde de la silla. No quiso tocarla todavía, solo estar cerca.

—Claro que tenías derecho... —dijo con suavidad—. Tú lo querías. Eso es todo lo que importa.

—Lo quiero —corrigió Amelia, casi con rabia—. Todavía lo quiero. No tenía una relación perfecta. Hubo conflictos, pero nos entendíamos.

Las lágrimas no tardaron en aparecer. No eran dramáticas ni ruidosas. Eran sinceras, persistentes, como un llanto que había sido contenido demasiado tiempo.

Amelia se cubrió el rostro con las manos, encogida.

—No sé qué hacer, Olivia. Me siento tan... sola.

Olivia no dudó esta vez. Se acercó y la rodeó con los brazos, despacio, como si temiera romperla.

Amelia se dejó abrazar, con un sollozo ahogado que parecía salir de lo más hondo.

—Estoy aquí —murmuró Olivia contra su cabello—. No tienes que pasar por esto sola.

Amelia asintió, aún sin levantar la cabeza. Por primera vez desde que recibió la noticia, su corazón encontró un lugar seguro para descansar, aunque fuera por unos minutos.




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