—¿Estás segura de que Edgar no estaba investigando esto por su cuenta? —preguntó Olivia mientras hojeaba el contenido digital del pendrive que encontraron en la mochila.
—No hay nada con su estilo —respondió James, cruzado de brazos en la esquina del despacho—. Ni la redacción, ni la estructura. Edgar era meticuloso, esto parece más bien... copiado de otra fuente.
—¿Una fuente interna? —Olivia lo miró, afilada.
James se mantuvo impasible, pero no respondió enseguida.
—No soy el único con acceso, Olivia. Sabes que Henry también lo tenía.
—Pero fue tu firma la que apareció en el archivo quemado —insistió ella, levantando una hoja—. ¿Quieres explicarme eso?
James la miró, dolido. No por la acusación, sino por el hecho de que viniera de ella.
—Esa firma puede haber sido copiada o escaneada. Yo no escribí eso. Jamás firmaría un informe de esa naturaleza sin informarte.
Olivia cerró los ojos un segundo. Había demasiadas piezas sueltas, y su corazón, confundido, no ayudaba.
No confiaba del todo en James...pero tampoco podía negar que algo en todo esto parecía demasiado conveniente.
Esa noche, sola en su departamento, repasó los correos recuperados del pendrive. Uno en particular llamó su atención:
De:
Para:
«Necesito que dejes de husmear. Si sigues insistiendo en este asunto, habrá consecuencias. No quiero que esto acabe mal para ti.»
—J.
—James... —susurró, leyendo la firma. Era incriminatorio. Demasiado claro. Demasiado limpio.
Pero algo no encajaba.
Al día siguiente, Henry la esperaba en el archivo subterráneo del edificio central. Le había dicho que tenía algo que no podía enviar por correo.
—¿Qué es esto? —preguntó Olivia, cuando Henry le tendió un pequeño cuaderno desgastado.
—Lo encontré en el escritorio de Edgar. Estaba pegado bajo uno de los cajones. Llámame paranoico, pero algo me dice que no quería que esto lo encontraran.
Olivia hojeó las páginas rápidamente. Había dibujos, nombres... referencias al caso. Pero todo estaba codificado.
—¿Lo has leído?
Henry negó.
—No entiendo su clave, pero...el hecho de que lo escondiera dice mucho.
Y lo hacía. Pero lo que Henry no dijo, lo que ocultó con habilidad tras su gesto cansado y su cercanía protectora, era que ese cuaderno no lo había encontrado bajo el escritorio de Edgar. Lo había tomado de su propio bolso, días antes del accidente.
Él lo había puesto allí.
Y aunque Olivia aún no lo sabía, Henry estaba dos pasos por delante, alimentando la historia de James como sospechoso y ganándose, poco a poco, su confianza... y algo más.
Tras todo, Amelia seguía en el hospital día y noche. Una semana que había pasado, parecía un mes para Olivia al no verla, y un año de dolor y tristeza para Amelia.
Olivia quiso ir a verla, pero algo en su mente e instinto le decía que estaría mejor sola. Necesitaba un tiempo para ella y para que exprese lo que siente, para sentirse mejor, sobre todo para encontrarse.