Susurros de cristal

16. LAS HORAS MÁS LARGAS

Mientras tanto en el hospital se encontraba Amelia, mirando al vacío como si buscara consolación o respuesta a lo que pasaba.

Amelia decidió volver a casa, necesitaba descansar, era difícil todo lo que pasaba y cómo le afectaba. En cada minuto que pasaba, recordaba todo, la imagen de aquella casa esa noche, por qué acabó ahí, sus sentimientos desordenados, secretos que buscaba desvelar hace tiempo, reencuentros sin significado.

Todo ello la hacía hundirse en un mar tranquilo y peligroso de pensamientos, pensamientos redundantes que se convertían en veneno, que se alimentaba de ella siempre.

La casa olía a humedad y recuerdos.

Amelia cerró la puerta con cuidado, como si no quisiera molestar a los fantasmas.

Afuera la lluvia caía sin fuerza, pero sin pausa, como si el cielo también estuviera cansado.

Se quitó los zapatos sin prisa, dejó el bolso junto a la entrada, y caminó hasta la cocina sin encender la luz.

Sabía moverse de memoria. Cada rincón tenía su historia, cada sombra una escena que prefería no revivir.

Puso agua a calentar sin mucha intención de tomar el té. Solo necesitaba escuchar algo más que el silencio. Algo que no fuera su propia respiración rota.

El reloj colgado en la pared marcaba las 21:36 cuando sonó su móvil. La vibración sobre la mesa de madera resonó con una presencia casi violenta. No era un número guardado.

Henry.

Amelia frunció el ceño. No hablaba con él desde el accidente. Ni siquiera recordaba si lo había visto en el hospital. Dudó unos segundos antes de contestar.

—¿Hola?

—Amelia. Hola. Soy Henry. No quería molestarte. Solo... quería saber cómo estás.

Su voz era suave, casi cuidadosa, como si temiera romperla solo con una palabra mal colocada.

—No sé cómo responder a eso. Supongo que sobreviviendo.

—Eso ya es mucho. Sé que no hemos hablado desde lo de Edgar. No sabía si debía llamarte.

—Nadie sabe qué hacer conmigo últimamente. Están todos incómodos. Como si tuviera algo contagioso —dijo, con una risa seca.

Henry no respondió de inmediato. Solo se escuchaba el eco distante de su respiración al otro lado.

—Edgar te quería mucho, Amelia. Lo sabíamos todos. Yo... admiraba eso. La forma en que te miraba, cómo hablaba de ti.

Amelia apretó los ojos, una punzada de dolor golpeándole el pecho. No quería llorar otra vez. Ya había llorado demasiado ese día.

—¿Por qué me llamas, Henry?

El silencio fue breve, pero denso.

—No sé. Tal vez necesitaba escuchar una voz que también estuviera rota. No estamos tan lejos tú y yo.

—¿Tú también perdiste algo?

—Estoy perdiéndolo. Cada día un poco más.

Amelia no supo qué responder. Había algo inquietante en esa frase, algo que se le quedó dando vueltas, pero no lo entendió del todo. Aún no.

—No estoy bien, Henry. Y no sé cuándo volveré a estarlo.

—No tienes que estarlo —dijo él, muy bajo—. Solo tienes que seguir. Yo... si alguna vez necesitas hablar, aunque sea en silencio, llámame. No hace falta que digas nada.

Amelia asintió sin darse cuenta.

—Gracias. Supongo que es raro oír eso de ti.

—Sí, lo sé. Pero es sincero.

La llamada terminó minutos después, sin nada más que palabras medidas y silencios compartidos.

Pero mientras colgaba, Amelia sintió algo distinto: no consuelo, no alivio...sino una sombra ligera, plantada con cuidado. Algo que no sabría nombrar hasta mucho después.

Mientras tanto, la tetera empezó a silbar, y el sonido le pareció lejano. Como si ya no estuviera del todo en casa.




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