Susurros de cristal

18. MENTIRAS QUE QUISIERA CREER

Amelia no había dormido. La visita del hombre misterioso, la voz alarmada de Olivia al teléfono, el eco de las palabras "Henry está en el centro de todo esto".

Todo se arremolinaba en su cabeza como una tormenta imposible de detener.

Pero a pesar de todo, no quería creerlo.

Henry siempre había estado ahí. En los días más oscuros. Cuando nadie más la escuchaba. Cuando las miradas de los demás se volvieron incomodas, vacías, compasivas pero huecas... Henry fue el único que se sentó en silencio a su lado sin decir que "todo iba a estar bien".

Y eso significaba algo.

A las seis de la mañana, antes del amanecer, encendió su portátil.

Conectó un pendrive encriptado que había usado en su antiguo trabajo como investigadora privada. Un software de metadatos, manipulación de logs y recreación de rutas GPS.
Nada que dejara un rastro obvio, pero suficiente para crear una coartada sólida.

Buscó los registros de entrada del día del asesinato. El mismo día en que Henry supuestamente "llegó por cercanía".

Había cámaras, pero el sistema interno del Ministerio podía ser reprogramado desde fuera si alguien sabía cómo.

Ella lo sabía.

Modificó las líneas de tiempo. Añadió un pase de acceso a un edificio secundario en las afueras, con la huella digital de Henry simulada desde una sesión anterior.

Resultado:

Henry Eastman, acceso validado en la Delegación Zona Norte – 17:42 hrs.
Duración de la visita: 1h 12m.
Salida registrada: 18:54 hrs.
Ubicación del asesinato: 18:10 hrs.

Una coartada. Impecable. Inquebrantable a simple vista.

Cerró el portátil y se quedó sentada frente a la ventana, viendo cómo la ciudad despertaba sin saber lo que había hecho.

¿Qué estás haciendo, Amelia?, se preguntó.
Pero no había vuelta atrás.

Esa tarde, recibió un mensaje encriptado.

[H]: Gracias. Lo sé.

Nada más. No una palabra directa. No un elogio. Solo esa frase.

Ella supo que él lo sabía. Y que él lo había esperado.

Horas más tarde, Olivia entró a la sala de archivos con el rostro gris.

Había descubierto otra pista: un archivo vinculado a Isabella Duarte fue manipulado desde una terminal que, según el sistema, solo podía haber sido usada por Amelia.

No dudó en ir en busca de una explicación.

Cogió su abrigo y salió. La puerta resonaba con un portazo a sus espaldas mientras el frío viento del invierno le golpeaba en la cara haciéndola percibir ese característico silbido del viento.

Conducía en dirección al hospital mientras las preguntas le abrumaban la mente. Con cada semáforo que dejaba atrás y cada kilómetro que avanzaba las dudas empeoraban.

Finalmente, su trayecto terminó.

Aparcó el coche, cogió su móvil que estaba tirado en el asiento del copiloto y se quedó mirando fijamente el hospital a través del cristal frontal del coche.

Tenía que entrar, pero tenía miedo de lo que podía encontrarse.

Caminaba en el silencioso pasillo donde se encontraba la habitación de Edgar, que se llenaba con una luz cálida.

Abrió la puerta y se quedó observándola por un instante antes de entrar.

—¿Qué hiciste? —le preguntó en voz baja cuando la encontró sentada junto a Edgar.

Amelia no la miró.

—A veces, Olivia... uno necesita creer que alguien no es un monstruo. Aunque lo sea.

—Lo estás protegiendo —dijo Olivia, con una mezcla de tristeza y furia.

—Estoy protegiéndome a mí misma. Si él cae... entonces yo también me rompí en alguien que ya no quiero ver.

Y Edgar seguía dormido. Silencioso.

Tal vez con las respuestas atrapadas en su mente... o tal vez, como Olivia empezaba a temer, con los últimos rastros de verdad desvaneciéndose en la sombra de las mentiras que otros estaban construyendo.




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