Amelia sentía una presión. Cree que su egoísmo y la protección de su imagen y de la de sus seres queridos, la impulsan a actos fríos y manipuladores.
Duda si es Henry el que tiene el don de manipular sus sentimientos, o si ella, es la que afronta la verdad de tal manera.
Ya no sabe que decirle a Olivia.
No sabe si todavía puede mirarle a los ojos o si tiene el valor de preguntarle qué es lo que le inquieta del tema.
Se miró en el reflejo del cristal por el que vigilaba a Edgar mientras veía cuanto a cambiado.
¿Dónde y cuándo enterró a su versión antigua?
Tras largos momentos de incertidumbre, necesita estar sola, pero esta vez sin nadie alrededor. Necesita encontrar su lugar de paz.
Caminaba en dirección al casillero para recoger sus pertenencias y marcharse.
Giró la llave y tiró de la puerta, pero algo la trababa. Tuvo que forzarla, y el chirrido metálico resonó en todo el pasillo vacío.
Por un instante pensó que había alguien más abriendo otro casillero, pero no: el eco provenía solo del suyo, como si se resistiera a mostrarme lo que escondía.
Cuando al fin cedió, el sonido fue tan violento que sobresaltó. Y allí estaba: la Dalila negra, la nota, la amenaza.
En ella estaba escrito lo siguiente:
No fue el fuego lo que me destruyó.
Fuiste tú, eligiendo salvar tu nombre antes que mi vida.
Guardaste silencio cuando mi voz gritaba por ti.
Ahora florezco donde juraste que nada volvería a crecer.
Y cada pétalo negro es una parte de lo que callaste.
Nos veremos pronto.
Esta vez, tú arderás con la verdad.
Cogía la carta mientras cerraba el casillero, sonando más fuerte de lo normal, como si se burlara de su temblor interno.
Sostenía la nota mientras sus dedos temblaban, reconocía la letra. Característica de Elena. Precisa, elegante, y profundamente humana.
La tinta aún fresca, y la flor con un negro intenso, negro de amenaza, de los secretos que se escondería tras todo ello.
Ella sabía que quien haya sido el que haya escrita aquella nota, sabía demasiado.
Amelia sintió una traición fría y calculada. Demasiado peligrosa.
Sintió que las palabras se le clavaban bajo la piel como agujas heladas. Porque sabía que todo era cierto.
No fue solo miedo. Fue envidia. Fue esa decisión cobarde de no hundirse con ella.
Amelia había callado. Había mirado a otro lado cuando Elena la necesitaba.
Y cuando todo estalló —cuando todos creyeron que Elena había muerto en el incendio—, Amelia dejó que la culpa se convirtiera en recuerdo.
Un recuerdo que ahora volvía a cobrar lo que era suyo.
La verdad que ella descubrió sobre su familia, sobre ella misma, sobre lo que ocurrió aquella noche en la vieja casa del lago, amenazaba con quebrarlo todo.
Pero no fue el fuego el que la consumió. Fue la verdad.
Y ella la dejó arder.
Ahora, años después, algo en su mente crujía. Las imágenes volvían como ecos de una pesadilla interrumpida:
—Las manos de Elena arañando la puerta.
—Sus ojos llorando sangre de traición.
—Su última palabra: "Elegiste el silencio."
Y ahora, el silencio hablaba de nuevo.
La flor negra no era un símbolo. Era una llave.
Y la puerta que abría no estaba en el mundo.
Estaba en su conciencia.
Amelia miraba a su entorno.
Analizaba cada rincón como si nunca hubiese estado ahí, buscando respuesta.
Todo parecía igual, pero no lo era.
El gris del pasillo, las taquillas cerradas, las sombras en las esquinas... todo tenía ahora una vibración distinta, como si el tiempo hubiese retenido el aire en un instante eterno.
Sentía los latidos de su corazón rebotar en su pecho como golpes sordos. Su respiración agitada. La mirada borrosa por un mar que no se atrevía a soltar.
No sabía qué hacer.
No sabía quién era.
Solo recordaba el momento exacto en que cruzó la línea, la línea que cambió todo su presente.
Había sido una noche. Llena de voces apagadas, una verdad dicha a media voz, y una elección que aún hoy la seguía desangrando por dentro.
Elena le había confiado todo. Y ella, cegada por la necesidad de proteger a alguien que no lo merecía, eligió el silencio.
Y ahora, la nota.
La flor negra.
El mensaje que no hablaba de venganza, sino de justicia.
Amelia se apoyó contra el casillero, cerró los ojos y trató de ordenar los fragmentos que latían en su mente.
No era solo miedo lo que sentía. Era la certeza de que el pasado no había muerto. Había estado esperando. Respirando. Observando.
Y ahora caminaba hacia ella.
Entonces, una nueva sensación se instaló en su espalda.
No era un recuerdo. Era presencia.
Alguien la estaba observando.
Giró lentamente.
Y a lo lejos, al final del pasillo vacío, alguien estaba de pie.
Una silueta estática.
Demasiado familiar.
Y aunque no podía ver su rostro, Amelia supo, sin margen de duda, quién era.
Elena había vuelto.