Se encontraban todos en la oficina, estudiando las pistas del caso a excepción de Amelia.
Hace tiempo que no aparecía por ahí, desde el incidente de su marido, para ella todo cambió.
Henry miraba con cierta ternura y dulzura a Olivia mientras trabajaba, recordando lo que vivió ayer.
Pensaba en como de frágil era ella, aunque se intentaba proteger. Como quería imponer su presencia y carácter para evitar recordar sus heridas, sobre todo, su dolor.
Era digna de merecer amor como todo el mundo quisiera, que tuviese a alguien que la escuchase, que la aprecie, que compartiese los mejores momentos con ella.
Él quería ser quien la hiciera volver a ser ella misma, a aprender a sacar su mejor lado sin temor a lo que pueda ocurrir, a dejar de ocultar su miedo y dolor con una sonrisa.
Para él, ella era única. Era especial.
Le encantaba ver cómo le brillaban los ojos cuando sabía que podía ayudar a los demás, le gustaba ver como hablaba con pasión de lo que le gusta, lo que ama, y lo que prefiere no hacer.
Apreciaba ver cómo se detenía por un segundo cuando algo la emocionaba, cómo fruncía el ceño cuando se concentraba demasiado y luego se reía de sí misma como si quisiera disculparse por ser tan intensa.
Le gustaba incluso cuando se mostraba distante, porque sabía que era una forma de protegerse. Había aprendido a leer sus silencios, a entender que su aparente frialdad no era desinterés, sino un escudo forjado a base de decepciones.
Es fuerte... pero no por no sentir, sino por sentir demasiado. Por no rendirse incluso cuando todo dentro de ella quiere desaparecer.
Henry suspiró suavemente, sin apartar la mirada de Olivia.
La veía teclear con ritmo constante, revisar papeles, morderse el labio cuando algo no encajaba. Y en medio de todo eso, estaba ella. Vulnerable. Hermosa. Auténtica.
No sé en qué momento empecé a mirarla así.
Solo sé que ahora no puedo no hacerlo.
Desde que la conocía, había algo en Olivia que lo desafiaba. No como una competencia, sino como una invitación a ser mejor.
Ella no sabía cuánto lo ayudaba simplemente existiendo cerca, sin pedirlo, sin prometer nada.
Pensaba que ella merecía sentirse libre, ligera. Que alguien la mirara sin expectativas ni juicios. Que pudiera llorar si lo necesitaba, sin sentirse débil.
Y en su mente, una y otra vez, se repetía:
Quiero ser eso para ella. Quiero que un día se mire como yo la miro. Que se descubra entera, sin miedo.
—¿Estás bien? —preguntó Olivia de repente, alzando la vista hacia él, con una pequeña sonrisa curiosa.
Henry parpadeó, sorprendido. Se había quedado mirándola demasiado tiempo.
—Sí —respondió, con una sonrisa cálida, algo tímida.
— Solo... pensando.
—¿En el caso?
—Algo así.
Ella lo observó unos segundos más, ladeando la cabeza con esa expresión que a él le parecía casi imposible de ignorar. Como si pudiera verlo más de lo que él mismo se atrevía a mostrar.
Luego, volvió a su trabajo. Pero algo en su mirada quedó en él, flotando.
Y en ese momento, Henry entendió algo: no necesitaba que Olivia se fijara en él como alguien perfecto, fuerte o necesario. Solo quería estar lo suficientemente cerca como para sostenerla cuando decidiera dejar de fingir que no necesitaba ser sostenida.
Y si algún día llega a elegir a alguien para amar...
Espero que, sin saber cómo ni por qué, me elija a mí.