Susurros de cristal

22. ECOS DE SANGRE Y SILENCIO

La oficina estaba sumida en un silencio que pesaba más que el aire. Las persianas medio cerradas proyectaban sombras cruzadas sobre los rostros cansados del equipo.

Olivia hojeaba informes con el ceño fruncido, Henry pasaba en silencio las imágenes de la escena del último asesinato, y James hablaba por teléfono con tono grave, cortante.

Pero lo que realmente tensaba el ambiente era lo que no sabían.

—Han pasado cuarenta y ocho horas —murmuró Olivia sin levantar la vista—. La hija de un diplomático de alto rango no desaparece sin dejar rastro... a menos que alguien se asegure de borrar cada uno.

—O de que alguien con poder quiera que no la encuentren —añadió Henry, en tono más bajo.

El nombre de Isabella Duarte llevaba sonando sin cesar en su mente. Dieciséis años. Inteligente, discreta, sin conflictos conocidos.

Fue vista por última vez saliendo del colegio, sola. Ni cámaras, ni testigos útiles. Ni una sola huella clara.

Pero el secuestro no era el único enigma.

Esa misma semana, dos asesinatos sacudieron los cimientos del cuerpo diplomático: un asesor de relaciones exteriores, encontrado con la lengua cortada, los ojos vendados y un corte vertical que le remarcaba el Pectus Excavatum que ya padecía desde antes.

Una periodista conocida por su insistencia en denunciar filtraciones internas, muerta por una dosis letal de pentobarbital, donde aparecía con la boca llena de sangre coagulada al sufrir una neumonía por aspiración.

Y entonces apareció la conexión.

—Mirad esto —dijo James, dejando caer un expediente sobre la mesa.

En el interior, fotografías borrosas, documentos filtrados y una lista parcial de nombres. Entre ellos: el asesor asesinado, la periodista... y el nombre de Isabella.

—¿Qué hacía el nombre de una chica de dieciséis años en el correo cifrado de un periodista muerto? —preguntó Olivia en voz alta, rompiendo el silencio como un cristal.

Henry se inclinó hacia las fotos. El rostro de Isabella, aún infantil, sonreía en una imagen de hace apenas dos semanas.

Algo en su mirada parecía saber más de lo que mostraba.

—Tal vez ella sabía algo —susurró él—. Algo que no debía.

Ecos de sangre, pensó Olivia.
Las víctimas anteriores habían sido advertidas. Habían recibido mensajes. Notas, símbolos. Todos ignorados. Y ahora, estaban muertos.

—¿Tenemos algo de la habitación de Isabella? —preguntó Olivia.

James asintió.

—Anoche. Entramos con orden judicial. Lo único extraño fue una libreta escondida detrás de una baldosa suelta. Páginas arrancadas. Y esta frase escrita varias veces:

El silencio no me protegerá esta vez.

Olivia sintió un nudo en el estómago. No solo por la frase, sino porque la escritura...le resultaba familiar. La había visto antes.

En otro caso.
En otro tiempo.

O puede que le recuerde a la nota que encontró el día que se desmayó y acabó en una casa antigua, que nunca había visto, con señales de que estuvieron ahí más de una persona antes que ella.

No puede ser.

Su mente empezó a conectar piezas sueltas. El patrón. Las víctimas. Las frases. Las flores negras dejadas como marca.

Y entonces lo entendió: Isabella no era el primer objetivo joven. Era el primero que importaba lo suficiente como para ser buscado.

—Tenemos que ir al colegio —dijo Olivia, ya de pie—A la biblioteca. A los registros. Hay algo más. Ella dejó algo. No se fue sin pelear.

Henry la siguió de inmediato.

Antes de salir, la miró un segundo. Sabía leer su expresión: rabia contenida. Determinación.

Y miedo.

Porque lo que estaban a punto de descubrir no solo pondría a Isabella en el centro de algo mucho más oscuro...
Sino que podría implicar a alguien dentro del propio sistema que juraban proteger.

Ecos de sangre.
Silencio que no pudo enterrar y que ahora, estaban empezando a gritar.




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