El sol comenzaba a caer detrás de los cipreses que custodiaban la residencia Duarte.
La fachada blanca de la mansión, impecable y silenciosa, no dejaba entrever el caos que se escondía tras sus muros.
Era una prisión elegante, una escenografía montada con cuidado para ocultar algo más antiguo, más peligroso que un secuestro.
Olivia caminaba por los pasillos amplios de la casa, sus pasos amortiguados por las alfombras orientales.
A su lado, Henry repasaba los documentos que Esteban Duarte había intentado retener bajo el argumento de "seguridad nacional".
—Lo que no quiere mostrar —murmuró Olivia, mirando el rostro tallado en mármol de una escultura— es probablemente lo que lo va a hundir.
—¿Tú crees que él está implicado? —preguntó Henry.
—No directamente. Pero sabe más de lo que ha dicho. E Isabella también lo sabía.
Se pararon delante de la puerta del cuarto de Isabella. Estaba entreabierta. La empujaron con cuidado y pasaron como si tuviesen miedo de molestar.
La habitación de la chica era un mundo perfectamente ordenado: estanterías llenas de libros, trofeos de debate, cuadernos meticulosamente alineados. Pero algo desentonaba.
—¿No te parece raro? —preguntó Olivia—. Ni teléfono, ni ordenador personal a la vista.
Buscaron en silencio.
En el borde inferior del colchón, Henry halló una pequeña funda magnética adherida al resorte. Dentro: una memoria USB negra sin marca.
La conectaron a su equipo. Archivos cifrados. Carpetas con nombres crípticos: RUIDO, VENTANA, PROFUNDIDAD. Solo una carpeta sin contraseña:
YO TAMBIÉN ESCUCHÉ.
—¿Qué escuchaste, Isabella? —murmuró Henry mientras abría un audio.
Una grabación. Sonido ambiente. Voces amortiguadas. Luego, dos frases claras:
—"No podemos dejar que esto se filtre. La reunión debe mantenerse fuera del registro."
—"Isabella no sabe nada. Y si lo sospecha... podemos contenerla."
Silencio.
Una de las voces era claramente la de Esteban Duarte. La segunda, desconocida.
—Alguien más estaba en esa casa. Alguien que Isabella grabó —dijo Olivia—. Y cuando lo hizo, supo que tenía que esconderlo.
En otra carpeta, cifrada pero parcialmente recuperada, apareció una imagen: un mapa satelital de una propiedad rural marcada con coordenadas. En la esquina, una nota manuscrita:
"Lugar de las reuniones nocturnas. Lo vi desde la ventana del baño."
—¿Qué clase de reuniones? —preguntó Henry.
—Las que no aparecen en informes ni en prensa —dijo Olivia—. Las que definen decisiones que nadie votó.
Había también una última pista. Un PDF con una sola frase:
Si desaparezco, pregunten por la Fundación Daedalus.
Olivia sintió un escalofrío. Henry la miró.
—¿La conoces?
—La Fundación Daedalus es una fachada diplomática. Operan con inmunidad en suelo nacional e internacional. Oficialmente promueven diálogo... extraoficialmente, encubren operaciones no autorizadas.
—¿Crees que Isabella está viva?
—Ella sabía que la única manera de protegerse era dejar migas de pan. Esta USB no es una confesión. Es una declaración de guerra.
Henry cerró el portátil.
—Entonces la pregunta ya no es quién se la llevó.
La pregunta es, ¿qué escuchó Isabella?
y por qué eso fue suficiente para que la hicieran desaparecer.