Susurros de cristal

24. VERDADES AL DESCUBIERTO

Elena esperaba en la cafetería del hospital desde hacía media hora.

No era una mujer paciente por naturaleza, pero algo en la voz quebrada de Amelia cuando la llamó esa mañana había sido suficiente para que no preguntara nada. Solo dijo: Necesito verte. A solas.

La vio entrar con el abrigo a medio cerrar, la mirada cansada, y una tensión que no se esforzaba en disimular.

—Llegas tarde —dijo Elena con suavidad, sin reproche.

—Llevo meses tarde —respondió Amelia, sentándose frente a ella, sin apartar la vista de sus manos.

Silencio. Solo el ruido de la máquina de café, las tazas al fondo, y el susurro de una radio encendida. Amelia no se creía nada de lo que estaba sucediendo. Luego Amelia habló.

—¿Tú crees que hay gente que nace sabiendo mentir? No por maldad. Por... necesidad. Como si fuera la única manera que conocen de sobrevivir.

Elena asintió despacio.

—No todos mienten con palabras. Algunos lo hacen con silencios. O con sonrisas, incluso con acciones. — decía mientras en sus ojos se veía la furia imperdonable de todo lo que aguardaba.

—Yo aprendí a callar cosas que nadie me pidió que ocultara —dijo Amelia, y por primera vez dejó que su voz se quebrara sin intentar recomponerse al instante—. Por él. Por mi marido. Por su carrera. Por su imagen. Y ahora que todo se vino abajo... no sé quién soy. Solo sé que estoy vacía. Como si me hubiera borrado para protegerlo.

Elena no habló. Solo la miró, dejando que las palabras pesaran donde debían.

—Y ahora —continuó Amelia— está esta chica. Isabella Duarte. Y todo esto que estamos descubriendo. Las grabaciones. La Fundación Daedalus. La corrupción detrás de lo que se supone que protegemos... No puedo dejar de pensar en que ella hizo lo que yo no fui capaz: hablar. Guardar pruebas. Exponerse.

—¿Y qué sientes cuando la escuchas?

—Que la envidio. Que la admiro. Que la temo. Porque yo también vi cosas, Elena. Hace años. Y miré a otro lado. Por miedo. Por amor. No sé. Y ahora siento que, si no ayudo a encontrarla, a traerla de vuelta, nunca voy a poder perdonarme.

Elena entrelazó sus manos con las de ella. Firmes. Cálidas.

—Tienes derecho a reconstruirte, Amelia. No desde el dolor. Desde la verdad. Y si ayudar a Isabella es parte de eso, entonces hazlo. Pero hazlo por ti. No por redención. Por claridad.

Amelia asintió, con lágrimas retenidas que no sabían si salir como rabia o alivio.

Tal vez no sea tarde para ser otra versión de mí.
Una que ya no necesite callarse para sentirse segura.

—¿Qué vas a hacer ahora? —preguntó Elena.

—Voy a volver. Al equipo. Al caso. A Olivia. A Henry. A esa casa donde empezó todo. Porque creo que Isabella dejó más pistas... y creo que alguien en el entorno de Duarte está a punto de cometer un error.

Se levantó. El temblor en sus manos había desaparecido.

—Y esta vez, no pienso mirar a otro lado.

Elena, sé que es un tema delicado, pero, recibí tu noticia de que falleciste hace tiempo, y me sorprende encontrarte ahora.

—Lo sé todo, conozco el suceso de lo que ocurrió aquella noche, pero, no era yo la que estaba en esa casa. Los gritos, los llantos... eran todos de Clara, la hermana de Olivia.

Os fijáis hasta que extremo os ha cegado el egoísmo, vuestra imagen perfecta en la sociedad.

Ella no murió por traición, sois vosotros los que la habéis traicionado.

Nunca habéis intentado salvar a la gente que amáis, solo conseguís destruiros lentamente.

En caso de que haya muerto yo en aquel incidente, ¿en serio te habrías perdonado y merecías seguir así?

Amelia no creía nada de lo que escuchaba, todo se estaba derrumbado ante sus ojos mientras ella ya no podía hacer nada.




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