Susurros de cristal

25. LA PUERTA SIN NOMBRE

Amelia regresa oficialmente al equipo, trayendo consigo una nueva pista que encontró mientras trabajaba por su cuenta: un contacto cercano a Isabella, alguien que fue ignorado por la investigación oficial y que podría tener información vital sobre las últimas horas antes del secuestro.

Se dirige a la mesa donde todos estaban reunidos, arrastra la silla y toma asiento.

Se nota que ha cambiado, que es más fuerte ahora, y que está dispuesta a no callar nunca más.

—Amelia, que bien que hayas vuelto, espero que todo haya ido bien. —se dirigía a ella Olivia intentando hacerla sentirse bien entre ellos otra vez más.

Ella no respondió con ninguna palabra, sentía que no podía mirarle a los ojos tras lo que le contó Elena.

Cuando por fin pudo mirar a todos, sonrío levemente por un corto periodo de tiempo, rompiendo el momento de tensión que generaba el ambiente.

Sacó de su bolso una libreta. Fue pasando las hojas. Estaban llenas de anotaciones y frases.

De pronto paró en una donde estaba escrito con tinta de color azul un número de teléfono, acompañado de un nombre, pero ya no era visible porque estaba tachado por ambos lados de la hoja.

Debajo de esta se veía una dirección diferente a la que se marcaba en el mapa de la Fundación Daedalus subrayada varias veces de rojo.

"Calle San Telmo 43B – Sótano. No cámaras. Solo los miércoles."

—Esto me lo dio alguien que conocía a Isabella. Un amigo que confía en que la policía no va a callarlo todo... aún —dijo Amelia—. Ella lo usaba como punto de encuentro. Escribía sobre este lugar como si fuera su santuario. O su trampa.

Henry se inclinó hacia la página.

—San Telmo... Eso está fuera del radio habitual de vigilancia diplomática. ¿Qué hace una chica de 16 años yendo sola a un sótano sin cámaras?

—Tal vez no iba sola —respondió Olivia en voz baja—. Tal vez ahí escuchó algo que no debía.

Amelia señaló otra línea en la página siguiente:

Miércoles – 21:00. Confirmado. Se repite. No hablan en voz alta.

—Esas reuniones que mencionó... probablemente ocurrían ahí —dijo Amelia—. Y parece que mañana es miércoles.

Henry y Olivia se miraron. Ya no era una teoría.

Tenían una dirección, un horario, y una pista concreta. Pero también sabían lo que eso significaba: si alguien descubría que ellos iban a presentarse allí, podía costarles más que una carrera.

Es ahora. El momento en que dejamos de seguir pistas... y empezamos a correr el riesgo de convertirnos en una, pensó Olivia.

—Vamos —dijo ella—. Pero lo haremos con cuidado. Sin avisos. Sin teléfonos oficiales. Si esto es lo que parece, puede ser el primer lugar donde Isabella escuchó la verdad... o el último al que fue por voluntad propia.

Amelia cerró la libreta con firmeza. Ya no era la mujer rota por su pasado.

Ahora era parte del frente.

Llegaron al lugar que indicaba la dirección.

La calle San Telmo no aparecía en los mapas como un lugar notable.

De día, parecía una zona olvidada por el tiempo: edificios antiguos, verjas oxidadas, faroles que apenas alumbraban. Pero de noche, bajo la lluvia fina y constante que caía sobre la ciudad, tenía algo distinto. Un eco sordo. Como si la oscuridad contuviera memoria.

—Ahí está —dijo Henry desde el asiento del coche. Señaló la entrada casi invisible entre dos talleres abandonados.

43B. Una puerta de hierro negro, sin timbre, sin cerradura visible.

Un solo buzón oxidado, con una palabra grabada a mano: SOTÁNO, con tilde mal puesta, como si quien lo escribió tuviera prisa... o miedo.

Amelia se acercó primero.
—No hay cámaras. Tal como decía Isabella.

Olivia revisó el marco de la puerta con guantes.
—Huella electrónica oculta. Anticuada, pero efectiva. Henry, ¿puedes forzarla?

Él asintió y sacó un pequeño lector de datos.

—Esto tomará unos minutos.
James vigilaba desde el otro lado de la calle, en un coche sin distintivos, en caso de que necesitaran una salida rápida.

Amelia observó la puerta como si le hablara.
¿Qué viste aquí, Isabella? ¿Qué escuchaste que te hizo desaparecer?

Un leve pitido.
La puerta se destrabó con un susurro seco.

Descendieron por una escalera estrecha, de concreto, con las paredes descascaradas. A cada paso, el aire se volvía más denso. A cada paso, el silencio pesaba más.

El sótano era amplio, dividido en dos espacios. Oscuro, salvo por una lámpara antigua en la esquina.

Olivia desenfundó la linterna y comenzó a inspeccionar.

Sobre una mesa polvorienta, encontraron lo primero:

Grabaciones en cinta.

Un cuaderno con iniciales codificadas.

Fotografías de figuras políticas en reuniones no oficiales. Algunas claramente tomadas desde el exterior, con un lente de largo alcance.

Pero lo más impactante fue una hoja suelta pegada en la pared, con un solo mensaje escrito:

NO ES UN SECUESTRO. ES UNA NEGOCIACIÓN.

Amelia dio un paso atrás.
—¿Qué...?

Henry leyó en voz baja.

—¿Estás diciendo que la retienen para forzar algo? ¿Un trato? ¿O evitar que hable?

—O todo a la vez —dijo Olivia, seria—. Isabella no fue raptada por error. Fue un movimiento estratégico. Esta chica sabía algo que los exponía a todos. Y alguien, quizás incluso su propio padre, lo está utilizando para comprar silencio o tiempo, de ahí que borró la noticia tan rápido.

En el fondo del sótano, encontraron una cámara montada en una estructura improvisada. No transmitía. Solo grababa en bucle.
El último archivo: una grabación de hace cuatro noches.

Se veía a Isabella, temblorosa, hablando a la cámara:

—Si alguien encuentra esto... y todavía estoy viva... no confíen en los que dicen buscarme.
—No todos quieren encontrarme. Algunos solo quieren que desaparezca bien.

Se cortó ahí.

Olivia contuvo el aliento.
Amelia apretó los puños.
Henry ya pensaba cómo extraer la grabación sin dejar rastro.




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