El caso no daba respiro. La investigación avanzaba en espiral, como si cada respuesta revelara una capa más profunda del mismo laberinto.
Aun así, aquella tarde fue extrañamente tranquila. El cielo parecía arrastrar una calma pesada, esa que antecede a la tormenta.
Amelia caminaba sola por el pasillo del segundo piso del cuartel, con un café frío en la mano y mil pensamientos golpeándole las sienes.
Se detuvo al ver una silueta apoyada en el marco de la ventana: James.
Siempre observador. Siempre en silencio. Con el ceño fruncido, como si cargara algo que no sabía cómo soltar.
—¿Te escondes o meditas? —preguntó ella, con una media sonrisa.
James se giró despacio. La miró unos segundos antes de hablar.
—A veces hago las dos cosas al mismo tiempo.
Amelia se acercó y se sentó frente a él, en una banca de madera vieja.
—Estás distinto.
—Lo estamos todos —respondió, mirando hacia afuera—. Pero sí. Yo también lo siento. Estoy distinto.
Amelia entrecerró los ojos.
—¿Por qué tengo la sensación de que quieres decir algo y no sabes cómo?
James inspiró hondo. Su tono cambió. Ya no era el del compañero firme. Era más bajo, casi vulnerable.
—¿Te ha pasado alguna vez... tener que contener lo que sientes porque sabes que decirlo sería como abrir una grieta irreversible?
Ella lo miró con atención.
—Sí. Muchas veces. Y me arrepiento de cada una de esas veces en las que no hablé.
James asintió. Se tomó unos segundos. Luego lo dijo:
—Siento algo por Olivia.
Amelia no pareció sorprendida. Pero no dijo nada. Lo dejó continuar.
—No sé cuándo empezó exactamente. Quizá fue cuando vi cómo se enfrentaba a todo con esa fuerza... y aun así se rompía en silencio. O cuando, incluso rota, seguía adelante como si no tuviera derecho a caer.
—¿Y lo sabe? —preguntó Amelia.
James negó lentamente.
—No. Y no sé si debería saberlo. No ahora. No mientras el caso está abierto, mientras ella carga tanto encima. Siento que si lo digo... la empujo a elegir. Y no quiero que tenga que elegir entre el deber y alguien como yo.
Amelia lo miró con algo parecido a ternura.
—¿Y si no se trata de elegir? ¿Y si solo necesita saber que alguien la ve... realmente la ve?
James bajó la vista, apretando la mandíbula.
—Tengo miedo de romper algo en ella. De agregarle peso en vez de alivio.
—A veces —dijo Amelia, casi en un susurro—, cuando alguien está al borde de romperse, lo único que necesita es que alguien le diga que no está sola. No para cargarla, sino para recordarle que aún hay luz. Aunque sea una chispa. Aunque sea inestable.
James la miró por fin. Sus ojos, por una vez, sin esa coraza.
—¿Y tú crees que ella me vea así?
Amelia sonrió.
—Creo que Olivia ve más de lo que deja ver. Pero también ha aprendido a protegerse tanto, que no sabe qué hacer con alguien que se queda cerca sin pedir nada a cambio.
James bajó la cabeza, como si esas palabras lo tocaran en un lugar que había enterrado.
—Entonces quizás eso es lo que debo hacer. No correr hacia ella. Solo... quedarme. Esperar. Ser lo que ella necesite sin que tenga que pedirlo.
Porque hay un tipo de amor que no se impone, ni se proclama.
Solo permanece. Y al hacerlo, transforma.
Amelia se puso de pie.
—Díselo cuando estés listo. No cuando creas que debes. Ella sabrá la diferencia.
James se quedó solo después.
Pero algo en su expresión ya no era peso. Era determinación.
Silenciosa, sí.
Pero firme.