Susurros de cristal

28. EL SUSURRO DE NO ALCANZAR

James seguía sumidos en sus pensamientos frente a la ventana— como si estuviese esperando encontrar algo por medio del silencio— mientras seguía inhalando todo el humo posible del cigarro que sostenía entre los dedos índice y corazón. Manía que no solía mostrar siempre.

Se acercó más a la ventana, el vidrio frío empañando su respiración.
Durante un instante, vio su propio reflejo mirándolo de vuelta. Como sus ojos se marcaban en el cristal entre el humo y como el tatuaje que empezaba en su cuello parecía asomarse entre la ropa de otoño.
Pero cuando parpadeó entre la bocada de humo que soltó, el reflejo ya no era suyo.
Eran unos ojos que no conocía. Verdes, fijos en él desde dentro.
Parpadeó de nuevo, y desaparecieron.

Fue ahí, cuando a través de toda esa armonía de paz, encontró el dolor.

Vio a Henry y a Olivia caminando juntos, hablando y sonriendo, como si el tiempo fluyera a su favor.

Siente que su corazón se estremece, como si algo dentro de él si quebrara sin hacer ruido.

Se apreciaba como Henry le tendía un vaso, pero al hacerlo sus dedos rozaron los de Olivia.

Ella lo retiró demasiado rápido, como si el contacto quemara. Ninguno de los dos dijo nada.
Ese silencio pesó más que cualquier palabra romántica o reproche.

No fue una sorpresa verlos juntos, aunque la imagen le dolía más de lo que nunca se hubiese imaginado.

Henry, con esa manera despreocupada de reír, y Olivia, inclinando la cabeza con dulzura, como si estuviera completamente absorta en ese momento.

Inclinó la cabeza hacia ella, tan cerca que cualquier palabra se hubiera convertido en un beso.
Olivia no retrocedió.
James apretó el marco de la ventana con tanta fuerza que sintió la madera astillarse bajo sus dedos.

Era una escena tan sencilla, tan cotidiana, pero para James representaba todo lo que había perdido... o quizás, todo lo que nunca tuvo.

Apartó la mirada, no por cobardía, sino por instinto. Como si al no verlos, el vacío en su pecho pudiera remitir, aunque solo fuera un poco.

Cerró los ojos. El silencio volvió, pero ya no era pacífico.

Y en medio de ese silencio, James comprendió algo: a veces, el dolor no llega con gritos, ni con despedidas. A veces, llega con una sonrisa ajena vista desde la distancia, y una ventana que se convierte en espejo.

Esta vez volvió a alzar la vista, pero para ver su reflejo, sentir las lágrimas de dolor que sentía que inundaban su corazón sin que fuesen capaces de expresarse.

Valdrá la pena seguir esforzándome si veo que es feliz con alguien que no soy yo, si realmente la quiero, me encantaría verla feliz, pero sin tener que arriesgar mi alma para destrozarla. Lucharé por ella si hace falta.

La imagen de Olivia no se desvanecía; por el contrario, parecía tatuarse más profundamente en su mente.

Cada sonrisa lo empujaba hacia un abismo interno del que no sabía cómo salir.

James apretó los puños, sintiendo esa mezcla dolorosa de amor y resignación.

Comprendió que no era el protagonista de su historia... que él era solo un capítulo silencioso entre las páginas de otra vida.

Se enjugó el rostro con la palma temblorosa. Su reflejo seguía ahí, vulnerable, pero ahora con una mirada más firme. La tristeza no se había ido, pero había aprendido a respirar dentro de ella.

—Lucharé por ella si hace falta —repitió en voz baja, como un pacto con el espejo, consigo mismo—, pero sin olvidarme de mí.

Ya no se veía simplemente como un joven enamorado. Veía a un alma cansada de fingir que todo estaba bien. Alguien que había amado en silencio, aunque sabía que no le pertenecía.

Las lágrimas finalmente encontraron salida, pero no eran solo lágrimas de tristeza, sino de rendición. De aceptación. De amor, de verdad.

Se levantó con lentitud, como quien se despide de algo sagrado. Puso la mano sobre el cristal frío, como si pudiera tocar ese otro mundo al que nunca pertenecería.

Dio un paso atrás, incapaz de seguir mirando.
Y entonces lo sintió: no estaba solo en el jardín.
Entre los arbustos, alguien lo observaba. Una sombra quieta, demasiado inmóvil para ser casual.
James tragó saliva, pero no se movió.

Entendió que aquella noche no solo había perdido a Olivia...
También se había convertido en parte de un juego que alguien más estaba disfrutando en silencio.




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