La lluvia caía sobre el parabrisas con suavidad, mientras Olivia observaba cada luz que inundaba a la ciudad de vida, con suma tranquilidad.
Estaba en silencio, con la cabeza apoyada en la ventanilla, mientras Henry conducía.
Ella escuchaba su voz que hablaba con dulzura. Debatía de películas, libros, de cualquiera otra cosa, pero para Olivia parecía una voz que llegaba desde una habitación lejana.
Ella asentía, sonreía a ratos, pero por dentro estaba en otro sitio. En otra escena.
No sabía exactamente cuándo había empezado a sentirse así.
Con Henry todo parecía correcto. Cómodo. Seguro. Como si estuviera siguiendo el guion esperado.
Pero en los últimos días... algo se había desviado.
Había algo no dicho que la inquietaba. No entre ella y Henry, sino en otro lugar. Una ausencia. Un peso:
James.
Ese nombre volvía a su mente en forma de sorpresa inesperada.
No porque él la interrumpiera, sino porque lo sentía, porque su presencia —incluso en la distancia— había empezado a crecer en su interior sin pedir permiso.
Lo había visto hoy. Solo, de pie junto a la ventana. Y aunque no cruzaron palabras, su mirada decía más de lo que él jamás se atrevió a pronunciar. Había algo en sus ojos que la había perseguido todo el día: una tristeza tan contenida que dolía solo con verla.
Parecía querer hablar, gritar incluso, pero no tuviera derecho a hacerlo.
Y ella... no había hecho nada.
¿Era crueldad o cobardía?
—¿Estás bien? —preguntó Henry, mirándola de reojo.
—Sí, solo estoy cansada —respondió con una sonrisa que no les llegaba a los ojos.
Henry era bueno, atento. Era todo lo que debería bastar.
Pero entonces, ¿por qué sentía que algo en su pecho se encogía cada vez que veía a James? ¿Por qué recordaba las veces que él la miró como si entendiera todo de ella, incluso lo que ella misma no quería aceptar?
Afuera, el mundo seguía. Dentro del coche, el silencio creció.
Recordó aquella vez que James le sostuvo la puerta, como siempre hacía, pero sus dedos rozaron los de ella con una torpeza que no parecía accidental.
Ella no dijo nada. Solo bajó la mirada.
Fingió no notar cómo le temblaban las manos. Y sin embargo... esa sensación no se le había ido.
Lo que James sentía por ella ya no era un secreto. No hacía falta decirlo para saberlo.
Y en el fondo... no le era indiferente.
A veces pensaba qué habría pasado si las cosas hubieran sido distintas. Si tuviera el valor de mirar más allá de lo evidente y no se hubiera dejado llevar por lo fácil, por lo seguro. Por Henry.
—¿Qué estoy haciendo...? —susurró apenas, para sí misma.
No era una pregunta para ser respondida. Era un suspiro entre la confusión y la culpa.
Llegaron a casa. Henry aparcó, bajó primero, y le abrió la puerta.
Olivia salió con una sonrisa automática. Agradeció en silencio el gesto, y caminó junto a él bajo la lluvia suave.
Pero antes de entrar, se detuvo.
Miró hacia el cielo.
Y pensó en James.
En lo que sentía.
En lo que ella no se atrevía a sentir. Aunque su corazón solía elegir a Henry.
— Te noto rara Olivia— se dirigía Henry a Olivia buscando respuesta que le aliviase.
— Estoy bien, no te preocupes— soltó un largo suspiro— solamente necesito tomar un descanso y que termine el caso ya.
Olivia volvía a reconectar con la mirada de Henry sintiendo como su corazón se iba tranquilizando cada vez un poco más durante un corte periodo de tiempo, volviendo así a mirar a un punto en el vacío.
Henry sacó su mano derecha del bolsillo de su abrigo negro de piel y la dirigió hacia el mentón de Olivia haciendo girar su cara a su dirección.
La miró durante un par de segundos, que parecían reveladores de secretos y sin saber cómo, se encontró acariciándole la cara con una delicadeza como si fuera tan frágil como un copo de nieve.
— Henry
— Te escucho— respondía Henry sin dejar de rodear su cara con la palma de su mano.
— ¿Puedo darte un abrazo? — intentaba decir sin que se le adelanten las lágrimas que llevaban días conteniéndose.
Henry respondió abriendo los brazos.
Olivia se acercó con delicadeza, haciendo desaparecer la fragilidad por un momento. Soltó un suspiro a medida que el abrazo se alargaba, sintiendo así, como las manos de Henry rodeaban su cintura y apoyaba su cabeza en el brazo de ella. Parecía que la diferencia de altura estaba medida con precisión para encontrar armonía en esa unión. Como parecía que el sonido de la lluvia los acompañaba transmitiendo paz y refugiándoles del mundo exterior.
Minutos después, Olivia se separó de Henry lentamente dejando sus brazos caer desde el cuello de éste hasta su pecho, creando una especie de distancia.
No hubo más palabras que sirvieran de medio de comprensión, solo hubo una mirada sincera que sirvió tanto como gracias como un adiós.
Cuando cruzó el umbral de su casa, Olivia sintió cómo el murmullo de la ciudad se quedaba atrapado tras la puerta al cerrarse.
Afuera, la lluvia persistía como un susurro constante, y dentro, solo el silencio.
Se quitó los zapatos con un movimiento lento, casi ausente.
La casa estaba en penumbra, apenas iluminada por la luz tenue que venía del farol de la calle. No encendió nada. No lo necesitaba.
Sus ojos estaban clavados en nada y su cabeza, llena de todo.
Apoyó la espalda contra la puerta y dejó que su bolso resbalara hasta el suelo.
¿Qué me pasa?
La pregunta flotó, sin palabras, dentro de ella.
Una incomodidad sutil, como una astilla en el pecho que no podía arrancarse.
Henry caminaba junto a ella unas horas antes, hablaba como siempre, con esa seguridad suya que a veces la hacía sentir protegida, y otras, simplemente agotada.
Era buen tipo. Profesional. Leal. Incluso dulce, en su manera discreta de cuidar a los demás.
Pero Henry era Henry.
Y James era otra cosa.