La noche caía mientras Amelia seguía pensando en su marido.
Cómo ella tendrá el valor de contarle todo, sin que una lágrima avance antes que sus palabras. Que sea capaz de mirarle de nuevo tras toda la traición que está sintiendo al saber que fue engañada.
Fue causante de la muerte de una de las personas más queridas de su amiga.
El venir al hospital y ver su cara inundada de lágrimas en el reflejo del cristal que daba a la habitación de Edgar se había convertido en una rutina.
Mientras tanto sabía que, si le pasaba algo a Isabella, no se iba a perdonar.
Amelia se quedó de pie, inmóvil, con los dedos rozando el marco de la ventana que la separaba de Edgar.
Lo miraba dormir sin líneas de preocupación en su rostro.
Cerró los ojos.
Se llevó una mano al pecho. No sabía si su corazón latía de verdad o si simplemente estaba repitiendo el gesto por costumbre. Lo sentía apagado, atrapado en una culpa espesa que la empapaba desde hace días.
Pensaba en Isabella.
Pensaba en su amiga.
En su dolor, en su voz quebrada, en sus ojos descompuestos al ver que aquella persona que estuvo con ella durante años, que compartió risas, secretos, abrazos... había sido parte —directa o indirecta— del derrumbe de su mundo.
Y ahora estaba allí, mirando a Edgar, el mismo hombre que un día le prometió que siempre le diría la verdad. Y ella, la misma mujer que le juró que estaría a su lado, sin importar nada. Ambos rotos. Ambos traicionados por las decisiones que los arrastraron.
Pero había algo que dolía más que todo.
La posibilidad de perder a Isabella.
Ella, que había confiado en Amelia. Que le había contado sus miedos. Que había llorado en su regazo la pérdida de su hermana.
Y ahora... ahora estaba desaparecida. Y cada minuto sin noticias era una herida nueva que se abría sin que nadie pudiera cerrarla.
Amelia apoyó la frente en el cristal. El frío del vidrio no era suficiente para calmar el ardor que sentía dentro.
Si le pasa algo... si no vuelve... no me lo voy a perdonar. Nunca.
Porque ya no quedaban verdades limpias. Ya no quedaba un lugar seguro al cual aferrarse.
Tenía miedo, sí. Pero el miedo no era excusa.
Amelia respiró hondo. Por primera vez en mucho tiempo, sin esconder el temblor.
Y se prometió en silencio:
No me voy a quedar quieta. No esta vez. No si aún hay algo por salvar.
Estaba a punto de dejarse caer en la silla del pasillo, cuando sintió la vibración de su móvil que guardaba en el bolsillo de su abrigo.
No cogió la llamada al instante. Nadie la llamaría a esa hora, solo si es para darle malas noticias.
Miró a la pantalla, donde veía destacar el nombre de Olivia, su corazón dio un vuelco y fue entonces cuando respondió
- ¿Olivia?
Hubo un segundo de silencio al otro lado roto por un ruido metálico al otro lado, como si alguien hubiese golpeado una mesa
—Amelia, tienes que venir. Encontramos algo.
Amelia se incorporó de inmediato, su cuerpo respondió antes que su mente.
—¿Qué pasó? ¿Dónde estás?
—En la oficina de pruebas. Henry está aquí también. Revisamos de nuevo la caja con los objetos personales de Isabella... y apareció algo que no estaba antes.
—¿Cómo que no estaba?
—Una nota. Doblada dentro de la tapa falsa del diario de su hermana. Debió pasar desapercibida las primeras veces. Es pequeña, escrita a mano. Pero hay algo más... —Olivia bajó la voz—. Es para ti.
Amelia sintió que se le helaba la sangre.
—¿Qué dice?
—No lo he abierto. Solo vi tu nombre. Está sellada con cinta. Lo dejé tal cual. Creo que...Isabella quería que lo vieras tú primero.
Amelia tragó saliva. Su mirada volvió a desviarse hacia la figura dormida de Edgar, inmóvil tras el cristal.
Sus manos temblaban, pero no era por culpa. Era otra cosa. Era la sensación de que, por fin, algo —una chispa, un hilo suelto— podía devolverle un poco de sentido a todo.
—Voy para allá —dijo, casi en un susurro.
—Te espero.
Colgó. Se quedó quieta un segundo.
El corazón le latía con fuerza, pero esta vez no era miedo.
Era una mezcla de ansiedad y esperanza. Un sobresalto que no había sentido en días.
Se inclinó hacia el cristal una última vez y miró a Edgar.
—Si ella dejó algo... si lo hizo sabiendo que yo lo encontraría, entonces aún hay algo que puedo hacer bien.
Tomó su abrigo. No se despidió de nadie. Solo caminó hacia el ascensor como si la noche hubiese dejado de pesar.
En cuanto salió del hospital, arrancó el coche sin pensarlo dos veces. La lluvia golpeaba el parabrisas, pero no redujo la velocidad.
Cambiaba de carril, encendía las luces largas, apretaba el volante con fuerza.
Marcó el número de Olivia de nuevo mientras aceleraba. —Estoy en camino —dijo, sin saludar siquiera.
Colgó y adelantó un coche que apenas dejaba espacio. El motor rugía, la aguja del velocímetro subía. No podía permitirse dudar. Cada minuto contaba.
Cuando llegó al edificio donde se encontraba la oficina, Olivia ya la estaba esperando con su rostro sereno. Una única mirada y las manos tensas cruzadas contra el pecho.
Todo indicando una sola cosa, lo que habían encontrado era importante.
-Gracias por venir tan rápido- dijo Olivia en cuanto Amelia bajó de su coche, aun manteniendo la serenidad de su rostro.
- ¿Dónde está? - preguntó sin rodeos, como si solo esperara escuchar lo que ocurría para sentir tranquilidad.
—Ven. Está en el laboratorio, bajo resguardo. Nadie más lo ha tocado.
Caminaron por los pasillos en silencio, con pasos rápidos y pesados.
Todo el edificio parecía haberse enfriado, como si la temperatura hubiera descendido varios grados desde la última vez que Amelia estuvo allí.
Las paredes, blancas y silenciosas, le devolvían la ansiedad amplificada.
Cuando entraron al laboratorio, Henry estaba revisando unos documentos junto a una caja metálica abierta. Saludó con un gesto leve y le indicó la mesa central.